Mil grullas de papel 11
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Mirra tenía que tomar somníferos para poder dormir después de cada quimioterapia; a pesar de que eso, despertó varias veces durante la madrugada.

En cada ocasión, con un único pensamiento en la cabeza; que en pocas horas, Amanda iría a su casa para acompañarla.

Desde que la conoció, algo en ella la reconfortó, fue como si hubiese tocado una fibra en su ser.

Por eso la emoción que albergó en su pecho desde el instante que le ofreció ir a su casa para que no estuviera sola, fue intensa. Mucho, de hecho.

Incluso cuando despertó, su emoción parecía desbordarse por cada poro de su piel, hasta el punto de que se sintió energizada; todas las fuerzas regresaron a ella como por arte de magia.

Previo a levantarse de la cama, se puso la pañoleta, luego salió del dormitorio; antes de llegar al baño, se detuvo al oír un estruendo que le pareció provenir de la cocina.

Se detuvo a un paso de entrar al baño.

—¡Papá, ¿estás bien?! —alzó la voz para hacerse escuchar.

—¡Sí, todo está controlado! —respondió Iván.

—¡¿Una taza menos?! —preguntó, sonriendo.

—¡Quedan tres!

Mirra rio.

—¡Tendrás que comprar un nuevo juego!

—¡Cuando queden dos!

Ella negó con la cabeza riendo, antes de cruzar la puerta del baño.

—¡Buenos días! —saludó la ojinegra, entrando a la cocina, minutos después.

Iván volteó a verla, extrañado por su cantarina su voz. La escudriñó con la mirada mientras ella se sentaba alrededor de la diminuta isla.

—¿Qué sucede? —indagó, entornando aún más los ojos al advertir su sonrisa.

Mirra se encogió de hombros.

—Nada —respondió con un tono inocente.

Iván se giró por completo; entornó los ojos más todavía hasta hacerlos unas rendijas.

—Mirra… —pronunció su nombre con un tono de advertencia.

Ella rio.

—No pasa nada, papá —aseguró—. Es solo que Amanda vendrá a hacerme compañía mientras vas a trabajar.

Su padre decidió apagar el fuego de la estufa para prestarle total atención ante la inesperada noticia.

—¿Cómo es eso? —se interesó, acercándose a la isla, frente a ella.

Su hija volvió a encogerse de hombros.

—Como todas las noches, Amanda me escribió —explicó—. Nos saludamos y salió el tema de que hoy volvías a trabajar. No le gustó la idea de que me quedara sola, así que se ofreció a acompañarme todo el rato.

Iván escuchó su explicación, prestando atención a cada uno de sus gestos. Notó su sonrisa, su ligero nerviosismo y, por supuesto, el brillo en sus ojos.

—Qué amable.

—No te molesta que venga, ¿cierto? —preguntó ella al notar su seriedad.

—Por supuesto que no. Es tu amiga —respondió, luego se dio la vuelta y regresó a su tarea de hacer el desayuno. Encendió la estufa y removió el revoltillo de huevo y tocineta que preparaba para él.

—Pues no pareces muy contento —comentó.

Iván no dijo nada, solo se ocupó de sacar el revoltillo de la sartén y servirlo en un plato. Fue después de cascar otros tres huevos en la sartén que volvió a hablar.

—Me preocupa que te ilusiones con esa mujer.

—Papá, te dije que es mi amiga.

Él volvió a mirarla.

—¿Y por eso es que tienes esa sonrisa de adolescente? —le preguntó, señalándola con la cuchara de madera que tenía en la mano.

Los ojos de Mirra se ampliaron por la sorpresa; apretó los labios porque no supo qué otra cosa hacer. Iván le sostuvo la mirada hasta que devolvió su atención a la sartén.

—Solo la veo como a una amiga —insistió la ojinegra, tras verse liberada del acecho de la mirada de su padre—. Mi sonrisa es porque no estaré sola —alegó.

Iván la miró.

—¿Te preocupaba quedarte sola?

—No, papá. No se trata de eso —respondió—. Antes de hablar con Amanda mi perspectiva era que estaría sola toda la mañana. Sabes que me aburro rápido. Ahora no será así —explicó.

Su padre volvió a escudriñarla con la mirada, luego la apuntó por segunda vez con la cuchara.

—Igual tienes esa sonrisa de cuando te gustaba tu profesora de economía.

Mirra sitió un intenso calor subir por su cuello en dirección a sus mejillas. Tomó aire, procurando apaciguar el calor.

Estaba en esa lucha cuando su padre puso ante ella un plato con tostadas integrales y un revoltillo; luego fue al refrigerador y le sirvió un vaso con un licuado de proteínas.

—Gracias, papá.

Iván llenó un vaso con jugo de naranja para él, luego buscó su plato también servido, y se sentó frente a ella.

— Priyát-na-va a-pye-ti-ta —le deseó buen provecho en ruso antes de comenzar a comer.

—Ella no me gusta —declaró Mirra—. Solo estoy contenta porque tendré compañía.

—No tengo problemas con que te guste, hija.

—¿Entonces?

—Veo ilusión en tus ojos —reveló con la honestidad con la que siempre hablaban—. Me preocupa que no te centres en tu recuperación.

—Papá, mi recuperación lo es todo para mí, a pesar de que existe la posibilidad de que la remisión del cáncer no suceda.

Al instante, su padre estiró un brazo hasta que su mano alcanzó la suya.

—Te curarás, hija, no lo dudes.

—Lo sé, papá. Es lo que espero.

Iván le sonrió.

—Lo siento, cariño. Es que me preocupo por ti.

—Eso también lo sé —dijo ella, devolviéndole la sonrisa—. Ahora termina de comer, que se te hará tarde.

Los dos terminaron de desayunar casi al mismo tiempo; Iván se levantó tan solo un par de minutos antes que lo hiciera Mirra.

—Yo me ocuparé de esto —aseveró su padre cuando ella se dispuso a lavar el plato—. Ve a prepararte para recibir a tu amiga.

La ojinegra le plantó un beso en el hombro derecho como agradecimiento, antes de dirigirse al dormitorio.

Fue directo al closet; ahí empezó a buscar qué ponerse.

De pronto, nada le parecía adecuado. No quería parecer tan enferma ante Amanda.

Tras sacar varias prendas e intentar combinarlas, la frustración se apoderó de su ser.

—Mirra, no es una cita —se recordó, mirándose al espejo mientras mantenía un suéter pegado a su cuerpo para visualizar cómo se vería con la prenda. Frunció los labios porque no le convencía el todo—. No es una cita —repitió.