Mil grullas de papel 10
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A Amanda le gustaban los retos; tomar el mando del proyecto del complejo comercial, “Ola Azul”, era el mayor desafío que había tenido en sus manos. Bill Harper le dio libre albedrío para tomar todas las decisiones, pero ella sabía que vigilaba cada uno de sus pasos.

Durante las siguientes tres semanas apenas tuvo tiempo para respirar.

Las primeras dos fases del proyecto ya estaban completas.

En la tercera fase, ella se encargó de gestionar los permisos que demandaba ese tipo de proyectos, en conjunto con los abogados de la firma.

Lo que más trabajo le estaba costando era establecer el presupuesto; tenía que apegarse a un cronograma de obra y las opciones que le presentó el equipo de ingenieros, le parecían demasiado cortos.

Tuvo que reunirse varias veces con ellos durante horas para poder comprobar de primera mano la factibilidad de que los tiempos se cumplieran.

Fueron horas en los que las discusiones estaban a la orden del día; era todo un revoltillo de ingenieros, técnicos y diseñadores, en los que cada uno quería tener la última palabra.

A pesar del escaso tiempo, durante la primera semana, cada día, Amanda se tomó unos segundos para saludar a Mirra.

Ella se había quedado en su mente, ocupando un lugar que no sabía que estaba vacío; o no se trataba de que estuviera vacío, pensó en algún momento, sino que no sabía que existía.

A veces, cuando las horas del día se le escurrían entre las manos como el agua, en la noche, cuando se tendía en la cama, por completo agotada, alcanzaba a darle las buenas noches antes de que los ojos se le cerraran.

En la mañana, al despertar, encontraba la respuesta de la joven mujer.

Le alegró saber que Mirra ya se sentía un poco más fuerte tras su última quimioterapia.

Una semana antes, esta tuvo una consulta con el oncólogo para la obligatoria revisión general de su estado físico; por suerte, su cuerpo se recuperaba adecuadamente.

En su interior, a Amanda le carcomía el hecho de tener que esperar tres meses para que evaluaran con mayor certeza su salud; para saber si el cáncer había remitido. Ella ansiaba saberlo ya.

En ese momento, Amanda se encontraba en su apartamento; salió del baño tras ducharse.

Estaba agotada, lo único que quería era dormir.

Por fortuna, era viernes, así que no tenía que levantarse temprano al día siguiente.

Se puso un pijama de seda, de pantalón corto, de color granate.

Agarró su teléfono antes de sentarse en la cama; ese día no había saludado a Mirra, por lo que accedió al chat con ella y se dispuso a escribirle.

“Hoy tampoco he tenido un respiro. Por suerte, es viernes. ¿Qué tal tu día? Espero que mejor que el mío. Estoy a punto de caer rendida, así que te doy las buenas noches por si acaso Morfeo me atrapa”.

Amanda envió el mensaje. Antes de salir del chat, Mirra entró en línea y leyó su mensaje. Al instante, empezó a escribir.

“Necesito que sepas que comienzo a sentir antipatía por tu trabajo. Añadió a sus palabras un emoticono rodando los ojos. Mi día fue entretenido. Me visitaron unas viejas amigas y vi un par de películas con papá. Ojalá Morfeo te permita leer mis buenas noches. Espero que descanses para que renueves tus energías. Hasta mañana”.

Amanda sonrió al leer lo de la antipatía por su trabajo.

“Mi trabajo es lo que me permite tener donde vivir y comer”.

“¡Bah!”

La arquitecta rio. Pudo ver en su mente a Mirra cruzándose de brazos como una niña malcriada.

“Tu padre no debió malcriarte tanto”.

“Mañana me dejará sola, así que tan malcriada no me tiene”.

Amanda frunció el entrecejo; la idea de que Mirra estuviera sola tan pronto, no le gustó ni una pizca. Dejándose llevar por una inusitada preocupación, en lugar de escribir una respuesta, la llamó.

—¿Cómo es eso de que tu padre te dejará sola? —preguntó en cuanto advirtió que ella contestó.

— Emmm… Ya debe trabajar —respondió la ojinegra, con un tono de voz que no escondía su diversión.

—Pero es muy pronto —alegó, notando que había extrañado la voz de Mirra. Una dulce calidez se instaló en su pecho en el instante que la escuchó.

— No lo es —dijo—. Sospecho que algo le pateó el trasero a Morfeo —bromeó.

Amanda rio.

—Sí. Es que me parece muy rápido para que estés sola en casa.

— Ya tengo algo de fuerza —alegó—. Papá me dejará comida hecha, así que estaré bien.

—Sigue sin gustarme la idea. ¿No pueden contratar una enfermera?

— No. Ya hay muchos gastos con los medicamentos —explicó Mirra. La arquitecta frunció los labios—. Además, solo se irá cinco horas. No habrá ningún problema, te lo aseguro.

Amanda se mordió el labio inferior cuando una idea se instaló en su cabeza. Cinco horas. Consideró el tiempo que Iván estaría ausente.

—¿Mirra?

— ¿Sí?

Ella se humedeció los labios con nerviosismo antes de hablar.

—¿Me permitirías acompañarte esas cinco horas?

La línea se quedó en silencio durante unos segundos. Amanda pudo visualizar a la ojinegra con el entrecejo fruncido.

— ¿Hablas en serio? Es tu día de descanso —le recordó.

—Es muy pronto para que te quedes sola tantas horas, Mirra —alegó con firmeza.

— Amanda, te lo agradezco, pero eso es algo que no tendría caso. Perderías parte de tu día de descanso conmigo y, de igual manera, al día siguiente me quedaré sola. Y al siguiente. Y al siguiente.

—Pero no mañana —alegó.

— Amanda…

—Mirra, por favor —la interrumpió—. ¿O quieres que te suplique?

La otra mujer rio.

— Por supuesto que no.

—Entonces envíame tu dirección —le pidió. Otra vez se imaginó a Mirra rodando los ojos.

Por segunda vez, el silencio llenó la línea.

— Está bien —cedió la ojinegra.

Amanda sonrió, complacida.

—Perfecto. Quiero esa dirección en mi teléfono antes de que despierte mañana. Ahora me despediré, Morfeo me tiene contra la pared.

Mirra rio.

— De acuerdo. Buenas noches, Amanda.

—Buenas noches, Mirra.

Ninguna de las dos cortó la llamada de inmediato, como si todavía quedara algo por decir. Amanda fue quien, tras unos instantes, pulsó el botón rojo en la pantalla de su teléfono.

Era cierto, Morfeo la tenía por completo arropada, así que dejó el teléfono sobre la mesa de noche y se metió a la cama.