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—Me gusta esa sonrisa.
Sorprendida, Mirra miró a su padre, que había entrado a la habitación sin que ella se percatara; chatear con Amanda hizo que se olvidara del resto del mundo que la rodeaba por un largo rato.
—Hola, papá —lo saludó con una sonrisa.
Iván tomó asiento en la silla que había junto a la cama. Escrutó a su hija; estaba más pálida de lo habitual, pero no parecía tan débil como las dos anteriores sesiones de quimioterapia.
—¿Con quién hablas? —se interesó él.
La ojinegra sonrió.
—Con Amanda.
—Oh, se hicieron amigas, ¿eh?
—Sí.
Cuando Iván regresó a la sala de quimioterapia, Mirra le habló de Amanda; él sospechó de inmediato que se trataba de la misma persona que le dio el cheque, tres semanas atrás. Y lo confirmó cuando su hija le mostró la foto de perfil que la arquitecta tenía en la aplicación de mensajes.
—Es linda. ¿Te gusta para novia?
Mirra soltó una carcajada. Adoraba cómo su padre tomó la revelación de su sexualidad; se lo dijo a los diecisiete, cuando entendió que le atraían las mujeres.
En aquel entonces, estuvo asustada todo el tiempo antes de confesárselo.
Al ser él, ruso, ella creyó que se desataría una hecatombe.
No fue así, pero, al principio, Iván se mostró incómodo al hablar con ella, aunque eso no duró mucho tiempo.
Ahora, su padre tenía la confianza de hacerle preguntas como esa.
—No, papá. Amanda es solo una amiga —explicó—. Además, apenas la conozco.
Iván frunció los labios.
—Ella no parece de chicas —comentó.
Mirra sonrió.
—No hay un estilo para parecerlo, papá.
—Ya lo sé.
—¿Ya cenas…? —Mirra se interrumpió al sentir una fuerte náusea.
Iván se levantó al instante, alcanzó la bolsa de emesis y se la acercó apenas un segundo antes de que ella vomitara. Él la ayudó a mantenerse un tanto incorporada mientras era presa de las arcadas.
La ojinegra sintió que la garganta le quemó, pero se concentró en respirar mientras su cuerpo desechaba más de lo que tenía en el estómago. Cuando por fin las náuseas pasaron, quedó tan débil que, en cuanto volvió a tenderse en la cama, se quedó dormida.
***
Tres días después…
Mirra se sintió aliviada al cruzar la puerta del dúplex de su padre. Le habían dado el alta tras su tercera sesión de quimioterapia y esperaba que fuera la última en su vida.
Después de cerrar la puerta, su padre dejó el bolso que llevaba en el hombro en el piso, rodeó la silla de ruedas y se inclinó frente a ella.
—Bienvenida a casa, pequeña —dijo y le dio un beso en la frente.
Mirra cerró los ojos ante el contacto, absorbiendo el amor de su padre.
—Gracias, papá —ella estiró una mano y le acunó una mejilla—. Gracias por siempre estar.
Iván sonrió y le besó la palma de la mano.
—Es hora de descansar —aseveró.
La ojinegra torció la boca.
—Siempre es hora de descansar —se quejó—. Quiero quedarme en la sala un rato.
Iván lo consideró. Su hija había recuperado algo de fuerza; sin embargo, el médico le ordenó mucho descanso antes de salir del hospital.
—¿Un rato como veinte minutos?
—Media hora —terció Mirra.
Iván entornó los ojos.
—Ni uno más, los contaré.
Ella sonrió, sabedora de que había ganado esa pequeña batalla.
—Ni uno más —aseguró.
—De acuerdo.
Iván apartó los reposapiés para que ella pudiera levantarse; la ayudó a incorporarse y a moverse hasta el sofá.
—Esto está mejor —declaró Mirra, suspirando.
Su padre sonrió.
—¿Te apetece comer algo?
—Helado.
Iván rodó los ojos.
—Por supuesto. ¿Por qué te pregunto? —masculló.
La ojinegra rio.
—De vainilla, por favor —pidió, presumida, para molestarlo.
—Tienes veintiocho, compórtate —la reprendió su padre, aunque hizo un mal trabajo ocultando su sonrisa—. Ya regreso.
Ella lo vio desaparecer tras la puerta de la cocina.
De la mesa que había junto al sofá garró el control del televisor y lo encendió.
Como siempre, estaba sintonizado en un canal de deportes; bufó, cambiando de canal.
Al estar en casa de su padre, al menos parecía haber algo de normalidad en su vida.
Estar en el hospital le recordaba a cada segundo que estaba enferma.
Mirra sintonizó un canal de música en el que transmitían el video de Bring me to life , de Evanescense; le gustaba ese grupo.
De pronto, su teléfono emitió el sonido de recepción de un mensaje en WhatsApp.
Lo sacó del bolsillo de la chaqueta de jean que vestía.
Sabía que era Amanda, incluso, antes de entrar en la aplicación.
“¿Ya estás en casa?”
La ojinegra sonrió. Desde que intercambiaron sus números de teléfono, ella y la arquitecta mantenían contacto. A diario esta le preguntaba cómo estaba y siempre se despedía deseándole una buena noche. El día anterior, ella le informó que la darían de alta.
De inmediato, escribió una respuesta.
“Sí, por fin. Estoy viendo la televisión y mi padre está sirviéndome helado”
Amanda entró en línea en cuanto ella envió el mensaje.
“La vida de una reina”
Mirra rio. Buscó el emoticón con un gesto presumido y se lo envió.
“Algunos privilegios hay que ganárselos”
Esperó con ansias la respuesta que la arquitecta estaba escribiendo.
“Ya lo creo que sí”. A la respuesta, esta le sumó el emoticón que le sacaba la lengua. “Te dejaré descansar. Me alegra saber que ya estás en casa”
La ojinegra suspiró hondo al leer sus palabras; deseó seguir hablando con ella un rato más, pero sabía que estaba trabajando, así que debía conformarse con los cortos mensajes.
“Hasta luego” , escribió con pesar. Tras leer su mensaje, Amanda se desconectó.
Ella volvió a suspirar; dejó el teléfono a un lado justo cuando su padre regresó llevando dos recipientes.
—Helado de vainilla para la bebé de la casa —dijo Iván, tendiéndole unos de los recipientes.
Mirra hizo pucheros mientras recibía en sus manos el helado.
—Ya no soy una bebé, que quede claro —se defendió, ya llevándose una cucharada de helado a la boca.