8
Amanda se apresuró a llegar al estacionamiento del hospital; Bill Harper la había llamado hacía diez minutos.
Era hora de marcharse. Con pesar, tuvo que despedirse de Mirra.
No quería dejarla sola. Pero su jefe le anunció que debían regresar a la firma, sonando urgido.
En su mente aún se dibujaba la sonrisa de Mirra cuando se despidieron.
El chofer le abrió la puerta cuando llegó al auto.
—Gracias —murmuró al abordarlo.
Para su suerte, Harper hablaba por teléfono; ella se acomodó en el asiento contiguo. Apenas transcurrieron unos segundos cuando se pudieron en marcha.
Amanda miró el teléfono entre sus manos; lo sostenía como si se tratara de un tesoro. Sonrió al pensar que en él llevaba registrado el número de teléfono de Mirra. Ahora podría saber de ella, conversar. La idea la colmó de una inusitada ilusión.
—Amanda, ¿me escuchaste?
La arquitecta se sobresaltó. Al mirar a su jefe, este la observaba con un gesto de serio.
—¿Señor?
—¿Estás bien? Te quedaste ausente.
Ella sonrió, un tanto azorada.
—Sí, estoy bien. Es que… pensaba… en una paciente que vi antes.
Bill se quedó mirándola.
—¿Fue a la paciente a la que le diste el cheque?
Amanda tragó saliva.
—Sí, señor. Pero ¿cómo lo sabe? Se lo entregué a su padre —acotó con el entrecejo fruncido.
Su jefe asomó una sonrisa.
—Pedí información de quien lo hizo efectivo.
—Lamento lo del cheque…
Bill levantó la mano, restándole importancia a lo que fuera a decir; además, ya ella se había disculpado por eso.
—No te preocupes, Amanda. Ese dinero es para ayudar y fue lo que hiciste, entregándoselo a ese hombre —dijo, sonriendo con un gesto amable que ella no le había visto antes—. Me agrada saber que te sensibilizó la visita al hospital.
Amanda sonrió.
—Nunca había estado en el área de oncología —reconoció—. Mucho menos, en una sala de quimioterapia. Te da un golpe de realidad —declaró, pensando en Mirra—. Lamento que haya perdido a su hijo.
Bill asomó una sonrisa y sus ojos se humedecieron. A ella le sorprendió que un hombre como él, exitoso, imponente, se mostrara tan vulnerable.
—Gracias —susurró, como si un nudo le cortara la voz. Luego apartó la vista hacia la ventanilla.
Amanda respetó su silencio, y también volteó a mirar por la ventanilla. Sin quererlo, Mirra regresó a su mente. Recordó su palidez, sus ojeras, su delgadez y la pañoleta que ocultaba la ausencia de cabello. ¿Tendría ella una oportunidad de vencer el cáncer?
Ni siquiera quería pensar en lo contrario; no entendía por qué, pero no quería imaginarse el mundo sin Mirra en él.
Amanda ni siquiera se percató de que habían llegado a la empresa. Salió de sus pensamientos cuando Bill le habló.
—Mantenme al tanto del proyecto, por favor —le pidió, justo antes de que abrieran la puerta para ella.
—¿Usted no viene? —preguntó, mirándolo sorprendida cuando él no se movió.
Bill sonrió antes de negar con la cabeza.
—Tengo otra reunión —respondió.
—Oh, entiendo. Hasta luego —se despidió antes de salir del auto.
El chofer cerró la puerta y se apresuró a rodear el auto, ocupar su asiento y ponerlo en marcha.
Amanda lo siguió con la vista hasta que reparó en el quiosco de periódico de la acera de enfrente.
Recordó la revista de los origamis ; la que Charlotte le dijo que terminaría comprando.
Por un instante, pensó que la predicción de su compañera se cumpliría, porque quería cruzar la calle para comprarla.
Mirra le había hablado del mito japonés de las mil grullas y el deseo que cumplía. ¿Y si al de ella se sumaba el suyo? ¿Y si ella también hacía mil grullas de papel? Durante unos instantes, mirando el quisco, lo consideró.
Ella terminó negando con la cabeza. ¿En qué estaba pensando? Tenía el proyecto más importante de la firma en sus manos, así que debía hacer mil cosas. Su pecho se oprimió ante el pensamiento, pero tenía que ser realista.
El caso de Mirra había tocado una fibra en ella; sin embargo, no debía perder la perspectiva. Podía darle apoyo moral, ser su amiga, pero nada más que pudiera afectar su carrera.
Finalmente, Amanda dio media vuelta y entró al edificio.
Poco después, estaba de vuelta en su oficina; tomó asiento detrás de su escritorio.
Justo cuando se dispuso a centrarse en los presupuestos de los contratistas, su teléfono emitió el sonido que le anunciaba que había recibido un mensaje en la aplicación de WhatsApp.
La arquitecta no le prestó atención hasta que terminó de leer la lista de materiales de la primera hoja. Fue entonces que agarró el teléfono y entró a la aplicación. Su sonrisa fue automática al ver que era un mensaje de Mirra.
“Creo que mi padre se bebió todo el café del hospital. Por fin regresó”.
Amanda soltó una carcajada, pero una punzada en el pecho le borró el gesto. La ojinegra había estado sola por demasiado tiempo. Antes de responderle, ella se fijó en la foto de perfil. Pulsó sobre el icono y, un segundo después, la imagen de una Mirra sana, llena de vitalidad, se desplegó ante sí.
En los ojos que había visto por primera vez ese día, apenas encontró rastros de los que veía en esa imagen. Mirra no desbordaba belleza, pero su mirada, su sonrisa, tenían un atractivo imposible de ignorar. Su cabello era liso, negro y abundante; saber que no quedaba nada de él, le dolió.
Esa mujer le dolía, no sabía por qué. Ni siquiera entendía por qué se acercó aquella primera vez cuando la vio en la sala de quimioterapia. Lo que sí supo fue que necesitaba que continuara respirando, ocupando su lugar en el mundo.
Cuando llegó la hora de la salida, Amanda evitó encontrarse a Charlotte en su camino, pues tenía una misión que cumplir. Al salir, cruzó la calle y se dirigió directo al quiosco de periódicos. Cuando llegó a su apartamento, dejó caer sobre el sofá la revista, “El arte del origami ”.
La predicción de Charlotte se había cumplido.