7
—¿Crees que tu padre regrese pronto?
Mirra miró hacia la puerta de la sala.
—No le gusta dejarme sola cuando estoy aquí, así que es posible que se esté quemando la garganta con el café para regresar de inmediato.
Amanda rio. No sabía por qué, pero a ella tampoco le hacía gracia que Mirra estuviera sola mientras recibía un tratamiento tan fuerte. También miró hacia la puerta, considerando qué hacer. Luego regresó su atención a la paciente, que la contempló con un gesto curioso; entre divertido y cauto.
—¿Te molesta si te acompaño mientras él regresa?
Mirra entornó los ojos, y su curioso gesto se transformó en una leve sonrisa. Le sostuvo la mirada como buscando en ella una explicación de tan inusitada situación, aunque no le molestaba en lo absoluto la compañía de la desconocida.
—No me molesta —respondió, sin borrar su sonrisa—. Por favor, siéntate —la invitó, señalando el asiento que solía ocupar su padre. Luego volvió a agarrar el origami entre sus manos.
Eso hizo que Amanda pusiera su atención en las pequeñas figuras mientras se sentaba.
—Te gustan mucho, ¿cierto? —preguntó.
Mirra bajó la vista a la grulla que protegía entre sus manos, como si pudiera salir volando en cualquier momento. La arquitecta se fijó en que su mirada se tornó un tanto triste.
—Ahora sí —respondió.
Amanda frunció el entrecejo por su tono apagado.
—¿Antes no?
La ojinegra levantó la cabeza para mirarla. Su sonrisa continuó siendo amable, tierna, y también pincelada de tristeza. Hizo un gesto de negación antes de hablar.
—No. Quiero decir, conocía las figuras, pero no fue hasta que enfermé que me interesaron. Aprendí a hacer las grullas —levantó la figura— por lo que simbolizan.
Amanda miró la pequeña ave de papel.
—¿Qué simbolizan? —se interesó.
Mirra sonrió; volvió a acunar el ave.
—Las grullas simbolizan paz, buena suerte y curación —sus ojos se humedecieron al decirlo, pero mantuvo su sonrisa—. ¿Has oído hablar del mito de las mil grullas de papel?
Amanda negó con la cabeza.
—No.
—Es una tradición japonesa —explicó en voz baja—. Si haces mil grullas, se te cumplirá un deseo. En especial, un deseo relacionado con la salud. Por eso las hago —volvió a bajar la vista a sus manos.
Amanda estaba sorprendida; no solo por la esperanza que la joven mujer albergaba en su corazón respecto al mito de las grullas.
También por lo que ella misma estaba sintiendo al escucharla, al mirarla.
No podía explicarlo; el anhelo de Mirra por sanar era, evidentemente, formidable.
Lo veía en su mirada, en su tristeza. Y ese deseo, de alguna manera, se lo transmitía a ella con una fuerza avasalladora.
En ese momento, Amanda hubiese dado cualquier cosa porque la ojinegra estuviera sana; cualquier cosa. Y eso le resultaba incomprensible, tomando en consideración que apenas había cruzado unas palabras con ella. ¿Qué estaba sucediendo?
—Es… increíble —murmuró Amanda—. Estoy segura de que lo lograrás.
Mirra sonrió cuando la miró.
—Yo también —dijo con convicción.
—¿Puedo saber cuántas llevas?
—Setecientas sesenta y tres —recitó con orgullo.
Amanda rio.
—Has trabajado mucho en ello —reconoció.
—Ya que no puedo trabajar, me sobra tiempo para ello —bromeó.
La arquitecta admiró el hecho de que, a pesar de la adversidad que enfrentaba, Mirra todavía tuviera la vitalidad para bromear.
—¿Se te puede ayudar?
La ojinegra negó con la cabeza con rotundidad.
—No. Debo ser yo quien las hagas todas, si no, sería trampa.
Amanda rio.
—Por supuesto. Siempre hay reglas que seguir.
—Mju.
Las dos terminaron riendo como si fueran amigas de toda la vida. Como si no fueran dos desconocidas. Como si no se encontraran en un lugar en el que nadie quería estar.
Al final de las risas, se quedaron mirando, con un brillo de complicidad en los ojos.
De pronto, Amanda albergó un profundo deseo de saber más de Mirra, de ser parte de su vida.
Consideró que no podría levantarse e irse, sin saber el destino de la mujer que tenía frente a ella.
Miró el origami entre sus manos; necesitaba saber si las grullas le concederían su deseo, porque estaba segura de que ella alcanzaría su meta.
—Mirra… —la paciente la miró, expectante—, ¿cuánto tiempo pasas aquí?
La ojinegra alzó las cejas.
—¿En el hospital?
—En esta sala. ¿Cómo es esto de las quimioterapias?
La paciente sonrió, comprensiva.
—Bien, el oncólogo ordenó tres sesiones de quimioterapia —explicó—. Esta es la última, por eso no tengo cabello —bromeó y Amanda sonrió—. Me ingresan al hospital un día antes, luego de la sesión, me dan el alta. Eso quiere decir que mañana estaré en casa.
La arquitecta asintió, mientras en su mente veía escenas de Mirra llegando al hospital en silla de ruedas, luego en una cama y de ahí, saltaba a ese sillón que ahora ocupaba para recibir un tratamiento que le arrebataba vitalidad, con la esperanza de salvarle la vida. Qué irónica era a veces la vida.
En su interior, Amanda volvió a negarse a no saber de ella. Su pecho se oprimió cuando se dispuso a hacer posible lo que no se imaginó al ver a la ojinegra por primera vez, en ese mismo sillón.
—Mirra, yo… —hizo una pausa buscando las palabras apropiadas—. Me gustaría…
La paciente la miraba con curiosidad y diversión; desde que Amanda se plantó frente a ella, la admiró. Parecía una mujer hecha y derecha, decidida. En lo absoluto pudo imaginarla balbuceando, como lo hacía en ese momento.
—Dilo ya —le pidió entre risas, como una niña que demanda un juguete que le niegan.
Amanda terminó riendo también.
—Está bien, lo siento. Es que no quiero que me veas como una entrometida —explicó.
—No lo hago, así que habla ahora o calla para siempre —exigió.
Las dos se estaban divirtiendo y ninguna podía negarlo.
—De acuerdo. Lo que quiero decir es que me gustaría seguir en contacto contigo. No puedo irme y no saber nada más de ti.
La mirada de Mirra se tornó seria, al igual que su gesto.
El desasosiego inundó el pecho de Amanda; lo que temía, tal vez se estaba haciendo realidad.
Que pensara que se entrometía en su vida, o que tal vez ella sentía morbo por su enfermedad.
En ese momento, la joven mujer podía estar pensado cualquier cosa de ella.
Pero, lentamente, el brillo que Amanda antes vio en los ojos de Mirra regresó, al igual que su sonrisa. Su tierna sonrisa.
—A mí también me gustaría saber de ti —declaró la paciente.
Al escuchar sus palabras, Amanda sintió un profundo alivio. Incluso, soltó el aire que no sabía que contenía. Sonrió, complacida.
—Eso es perfecto —dijo en voz baja, como si compartiera un secreto con ella.
El silencio las rodeó mientras sus miradas volvían a encontrarse como viejas conocidas. Como almas que se buscan en el infinito universo y al fin llegan al lugar correcto.