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Tres semanas después…
Sin apartar la vista del presupuesto que revisaba en la computadora, Amanda contestó el teléfono que había sobre su escritorio tras un par de repiques.
—Aló —contestó.
— Señorita Gehry, el director la solicita de inmediato en su oficina —le informó la secretaria de Bill Harper.
Amanda se tensó. Lo de “inmediato” no le sonó nada bien.
—Voy en seguida —dijo, sintiendo la garganta cerrándosele—. Gracias.
Se tomó unos segundos para pensar si había hecho algo mal.
En la mañana se reunió con el equipo a su cargo para gestionar el proyecto en el que trabajaba; tuvo un pequeño desacuerdo con uno de los ingenieros.
La discrepancia la resolvió a su favor, aunque este no quedó contento con su decisión.
Se preguntó si el ingeniero le habría ido con la queja al director.
Sabiendo que el ingeniero estaba equivocado en su planteamiento, se levantó, enderezó los hombros y salió de su oficina.
El despacho del director quedaba en el piso superior, así que se encaminó hacia el ascensor. Poco después, salió al pasillo del piso veintiuno; al instante divisó a la secretaria de Harper.
—Buenas tardes —la saludó.
La mujer le sonrió.
—Buenas tardes —respondió, levantándose—. El señor Harper la espera —anunció antes de abrirle la puerta de la oficina.
Amanda tragó saliva.
—Gracias —murmuró cuando pasó a su lado—. Buenas tardes —saludó al director.
—Gehry, adelante, por favor. Siéntate —le pidió el hombre, apenas apartando la vista de la computadora que tenía frente a él.
Al menos la voz de Bill sonó amable, aunque su gesto se mantuvo serio.
—Gracias —ella tomó asiento frente al enorme escritorio.
El director se mantuvo en silencio, tecleando por unos instantes. Cuando al fin acabó, se levantó y empezó a abotonarse el saco que vestía.
—Vamos —la invitó, cuando salió de detrás del escritorio.
Sorprendida, Amanda se levantó y lo siguió, sin atreverse a preguntarle a donde se dirigían. Bill le abrió la puerta y le permitió salir de la oficina.
—Gracias —murmuró al pasar junto a él.
—¿Cómo te fue en la reunión? —preguntó Bill, de camino hacia el ascensor.
A ella no le quedó más remedio que seguir sus pasos. Sí, ese idiota se quejó , pensó.
—Creo que bien —respondió, justo cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Su jefe la invitó a entrar primero.
—¿Crees? —inquirió, situándose frente a ella.
Amanda advirtió que su jefe pulsó el botón del primer piso.
—Me fue bien —corrigió—. Lo primero que atendí fue el tema de los contratistas. Sé que la firma tiene una lista de referencia, pero no quisiera limitarme a ella.
—¿Por qué?
Amanda sabía que tendría que explicar eso en el momento que tomó la decisión, por lo que estaba preparada para ello. Cuando se dio cuenta, salían del edificio; ella vio el auto de su jefe y al chofer esperándolo con la puerta abierta.
Y si antes estaba sorprendida por la inesperada reunión con su jefe, en el momento que él le hizo una seña, invitándola a abordar el auto, lo estuvo más.
—¿Señor?
—Tengo una reunión con el director del Hospital Saint Pilgrim, pero necesito saber todos los detalles de tu reunión. Acompáñame, por favor —le pidió.
Desde que Amanda llegó a la firma, escuchó a todos calificar a Bill Harper como un jefe déspota, pero, en ese momento, a ella le pareció amable. Sin una razón para negarse, abordó el auto.
Durante el trayecto, ella le resumió los puntos más importantes de la reunión con su equipo de trabajo y contestó a sus preguntas. Bill pareció conforme con sus respuestas y hasta le dio algunos consejos.
Cuando llegaron al hospital, fueron recibidos por el director. De camino a la oficina de este, Harper le dijo a Amanda que no tardarían y le dio la opción de acompañarlos o ir por un café. Ella se decidió por la segunda alternativa.
De camino a la cafetería, Amanda leyó en las señalizaciones de los pasillos la dirección que debía seguir para llegar a la Sala de Quimioterapia.
Como un rayo que lo ilumina todo en medio de la noche, a su mente llegó el recuerdo de la chica de los origamis .
Sin percatarse de lo que hacía, sus pasos siguieron la dirección de las señalizaciones.
Por los pasillos no dejaban de circular tanto pacientes como personal del hospital. Pronto, divisó las puertas batientes que semanas atrás ella cruzó acompañada de Charlotte. Empujó una de las puertas; una vez más, se encontró ante la hilera de sillones que llenaban el aséptico espacio.
Esta vez había más pacientes ocupando los sillones de quimioterapia.
Su vista se posó en el paciente que ocupaba el primer sillón; advirtió el catéter, la jeringa, el porta suero y otros equipos médicos para la aplicación del tratamiento.
Observó al hombre; tenía los ojos cerrados y parecía cansado.
A ella se le oprimió el pecho al verlo solo.
Charlotte tenía razón; una cosa era saber que había en el mundo personas que padecían cáncer y otra, era verlo con los propios ojos. Era desolador.
La mirada de Amanda se fue posando en cada uno de los pacientes que ocupaban los sillones hasta que llegó a la última.
Un estremecimiento la recorrió al reconocer a la joven mujer que vio en su primera visita a ese lugar.
Sus ojos se ampliaron por la sorpresa, luego, tuvo que parpadear para asegurarse de que no veía mal.
Pero no, no se equivocaba; era la misma persona.
Por segunda vez, se le oprimió el pecho, solo que más fuerte.
Aquella mujer se encontraba sola, al igual que el primer paciente.
La idea de verla sola le causó desasosiego.
¿Por qué estaba sola? ¿Dónde se hallaba aquel hombre?
¿Era su padre? Y si lo era, ¿estaba tan ocupado esta vez para no acompañarla en su tratamiento?
Amanda apretó la mandíbula; sintió una urgente necesidad de acompañarla. Con pasos cautos, se fue acercando al sillón sin apartar la vista de la paciente, por eso advirtió cuando esta se percató de su presencia.
Mirra levantó la cabeza y se encontró con la mirada de Amanda, que se detuvo unos segundos para comprobar que no importunaba. El gesto de curiosidad de la paciente la instó a continuar hasta detenerse a un par de pasos del sillón.
—Hola —saludó Mirra, con evidente curiosidad.
A Amanda la conmovió su voz; sonó débil, como si apenas tuviera fuerzas para hablar.
—Hola.
El silencio se instaló entre ellas, aunque sus miradas permanecían conectadas, como si una buscara una respuesta en la otra.
Mirra frunció el entrecejo, pero no apartó la vista. Amanda, en cambio, bajó la mirada a lo que ella tenía entre las manos.
—Son grullas —dijo la ojinegra.
Los ojos azules regresaron a ella.
—Lo siento… —de pronto, Amanda no sabía qué decir—. Es que estuve aquí antes.
Mirra frunció más el entrecejo. Buscó en su mente, pero le pareció que era la primera vez que la veía.
—Creo que estás equivocada.
Amanda negó con la cabeza.
—No. Recuerdo los origamis —dijo—. Me llamaron la atención. Son la misma figura.
Mirra bajó la vista a la figura que tenía entre sus manos, luego volvió a mirarla.
—No te recuerdo.
—Estabas dormida.
Por primera vez, Mirra sonrió. El gesto sorprendió a Amanda, le pareció que desbordaba ternura. Al instante pensó que era la sonrisa más hermosa que había visto jamás.
—Eso tendría sentido.
La rubia sonrió también.
—Sí —admitió—. Cuando vine, alguien te acompañaba. Un hombre.
Mirra asintió.
—Mi padre.
—¿No está contigo esta vez?
—Lo obligué a ir por un café.
Amanda sintió alivio, a la vez que se arrepentía de haber juzgado a aquel hombre.
—Por cierto, soy Amanda —se presentó—. Amanda Gehry.
Mirra sonrió, soltó el origami y levantó la mano.
—Mirra Ivanova.
Amanda se acercó y le estrechó la mano; la sintió fría, pero suave. Sus miradas se encontraron y, sin que ninguna de las dos lo advirtiera, porque hay cosas invisibles a los ojos, las grullas volaron a su alrededor.