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Amanda entró en el vagón del metro, siguiendo el flujo de pasajeros hasta detenerse en un sitio en el que no quedaba tan apretujada entre la gente.
Llevaba su portafolio en la mano izquierda, así que con la derecha se asió del estribo colgante para sujetarse y mantener el equilibrio.
Pensó que su traje ejecutivo, de color gris oscuro, con bordes blancos, no sintonizaba para nada con viajar de pie en el subterráneo.
Era la hora pico, así que el metro iba atestado; por suerte, la estación previa a la suya, era el centro de la ciudad, por lo que allí descendería la mayoría de los pasajeros.
Ella había salido de su apartamento a la hora justa para no llevar prisa; además, quedó con Charlotte para desayunar en France Gourmet , una cafetería recién inaugurada cerca del edificio donde trabajaban.
Veinte minutos después, Amanda descendió del subterráneo. Miró su reloj de pulsera cuando se encaminó hacia la salida de la estación. Al salir a la calle, tomó rumbo en dirección a su trabajo; la firma de arquitectos quedaba a tres calles de la estación.
Pasó frente al edificio donde trabajaba hasta llegar a la cafetería; a esa hora también estaba bastante concurrida. Divisó a su compañera entre las mesas porque esta levantó la mano, llamando su atención. Dentro del lugar olía delicioso, a café mezclado con pan recién horneado.
—Buenos días —saludó Amanda, inclinándose para darle un beso en la mejilla a su compañera.
—Buenos días.
Amanda dejó su portafolio en la silla adjunta a la que se sentó.
—¿Ya ordenaste?
—No. Solo el café porque estaba a punto de morir.
La rubia rio; Charlotte era así de exagerada.
—Pidamos entonces —dijo, echando un vistazo a su reloj—. No quiero llegar tarde.
—Yo tampoco —afirmó su compañera, ya con el teléfono en la mano para escanear el código del menú.
Amanda se decidió por un croissant mientras que Charlotte eligió un sándwich Croque Monsieur; y, por supuesto, más café.
—Eso se ve delicioso —declaró Amanda, mirando el sándwich que le sirvieron a su amiga.
—Si sabe cómo se ve, estoy segura de que mi sueldo se lo quedará el dueño de este lugar.
La rubia rio otra vez, negando con la cabeza, luego le dio un sorbo a su café.
—Este pequeño pecado para nuestro bolsillo es solo por hoy.
Charlotte sonrió.
—Ya lo sé. ¿Cómo va el proyecto? —le preguntó.
Amanda se limpió los labios tras darle un mordisco al croissant. Miró alrededor, dándose tiempo para tragar.
—Hoy me reuniré con los contratistas. Necesito que tengan clara mi visión, antes de concretar algo con los proveedores.
—Si el ingeniero a cargo tiene tiempo, que asista a esa reunión —le aconsejó Charlotte.
—Por supuesto, ya eso está agendado —dijo con orgullo.
Continuaron comiendo, mientras conversaban sobre el trabajo. Al terminar, ambas agarraron sus efectos personales y salieron más que satisfechas de la cafetería; en definitiva, regresarían. Se encaminaron hacia el edificio de la firma sin prisa.
—El grupo del piso dieciocho está planeando ir por una cerveza hoy —comentó Charlotte—. ¿Te apetece salir?
Amanda frunció los labios; era la nueva de la firma, así que todavía no se integraba del todo a los grupos que interactuaban fuera de las oficinas.
En ese momento, mientras consideraba la invitación, ella paseó la vista por el quiosco de periódicos que había en medio de la amplia acera.
Se fijó en la portada de una revista al leer el título.
“El arte del origami ”. Al instante, a su mente regresó la imagen de la joven mujer que vio días atrás en el hospital; la que tenía en su regazo varias figuras de origami .
Ella se detuvo sin darse cuenta, hipnotizada con el recuerdo.
Charlotte se detuvo también, extrañada. Siguió la dirección de su mirada.
—¿Te gusta el origami ? —le preguntó.
La voz de la mujer sacó a Amanda del trance. Negó con la cabeza.
—No —respondió, echando a andar otra vez—. Es que me acordé de la paciente del hospital a la que le di el cheque.
—¿El cheque por el que te reprendieron?
Amanda sonrió. Su jefe la había amonestado por entregar uno de los cheques a un paciente adulto y no a un niño. Recibió el regaño con entereza porque creía que su acción no dictaba de ser incorrecta.
—Sí. Ella tenía varios de esos entre las manos.
—Hay muchos fans de esas figuras por allí —afirmó Charlotte—. Creo que si me pongo a hacer una, terminaría con una bola de papel en la mano.
Amanda rio.
—Eres arquitecta, sabes de formas, así que estoy segura de que exageras.
Ya frente al edificio, subieron las escaleras que lo circundaban. Cuando se acercaron a la entrada, las puertas se abrieron y ellas accedieron al lugar.
—Buenos días —al unísono, saludaron al guardia de seguridad.
Se mezclaron con otros empleados de camino al ascensor.
—Entonces, ¿vamos por una cerveza? —insistió Charlotte, mientras esperaban por el ascensor junto a otras personas.
Amanda la miró.
—En otra ocasión, te aseguro que sí.
Su compañera rodó los ojos.
—Ya lo sabía. Es la tercera vez que me dices eso —se quejó.
—Lo prometo —dijo.
Charlotte entornó los ojos, demostrándole que no le creía, así que a ella no le quedó más remedio que encogerse de hombros.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron y los que esperaban, lo abordaron.
—Nos conocemos poco, pero estoy casi segura de que terminarás comprando la revista de los origamis —murmuró Charlotte, procurando algo de intimidad en el reducido espacio.
Amanda la miró con el entrecejo fruncido.
—Para nada, solo fue un recuerdo —declaró.
Su compañera sonrió como si supiera algo que ella no.
—Un recuerdo mezclado con curiosidad —terció la morena.
Amanda ladeó la cabeza sin dejar de mirarla, como si intentara ver algo que se le escapaba.
—¿Curiosidad?
Charlotte asintió con énfasis.
—Curiosidad —confirmó, riéndose de su gesto de desconcierto. Las puertas del ascensor se abrieron y ellas salieron—. Nos vemos luego.
Amanda vio a Charlotte alejarse hacia el pasillo contrario al que quedaba su oficina.
—¿Curiosidad?