Mil grullas de papel 4
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Después de las sesiones de quimioterapia, Mirra solo deseaba estar en casa. Por eso, aunque se sentía más débil que nunca, le sonrió a su padre cuando los enfermeros la trasladaron a la silla de ruedas. Veinticuatro horas después de su segunda quimioterapia, saldría del hospital.

—Iré por el auto —anunció su padre y ella asintió.

Mirra lo vio salir de la habitación, apresurado.

Luego, uno de los enfermeros la condujo hasta el ascensor.

Poco después, salían al exterior del hospital.

Ya Iván se encontraba allí, con la puerta del auto abierta.

Fue él quien esta vez la ayudó a levantarse para trasladarse al asiento del copiloto.

—Gracias —le agradeció Iván a los enfermeros antes de agacharse para ponerle el cinturón de seguridad a su hija—. ¿Estás cómoda?

—Sí.

—¿Inclino el asiento?

Mirra asintió esta vez. Aunque apenas se había movido, sus fuerzas abandonaban su cuerpo, así que cerró los ojos, dejándose envolver por el mundo de los sueños.

Cuando despertó, se encontraba en el dormitorio que su padre preparó para ella en su dúplex desde que enfermó.

Miró hacia la ventana, por la intensidad de los rayos del sol que iluminaban el espacio, supuso que pasaba del mediodía.

Apartó la sábana que la cubría y se fue incorporando hasta que se sentó en la cama.

Se sintió algo mareada, así que se quedó quieta, esperando a que la sensación pasara.

La ojinegra no quería cuestionar los designios de su destino por padecer cáncer, pero aborrecía con todas sus fuerzas los efectos de la quimioterapia en su cuerpo. Se sentía como un despojo humano; y si pensaba en los efectos en sus cabellos y piel, se descomponía aún más.

Decidió no pensar en ello, así que puso su atención en el sillón donde se sentaba a hacer los origamis . Iván también había trasladado desde su estudio un mueble de estantería para que ella colocara las figuras; ya casi no quedaba espacio, aun cuando faltaban muchos para completar las mil grullas.

Mirra sonrió al ver el estante; la variedad de colores de las figuras le gustaba. Su padre se había dado a la tarea de buscarle hojas coloridas porque así sería más divertido, según él.

A pesar de que se sentía débil, se preparó para levantarse.

Puso los pies en el piso de madera y se incorporó, sosteniéndose de la cabecera de la cama.

Otra vez su cabeza pareció dar vueltas, pero se quedó quieta.

Cuando se sintió estable, dejó de apoyarse en la cabecera.

Dio un paso; uno pequeño. Luego otro y otro.

Así llegó al sillón; con la misma lentitud que se levantó de la cama, se sentó.

Lo que acababa de hacer era toda una osadía, tomando en cuenta los efectos del tratamiento.

Se recostó por completo del sillón y cerró los ojos, necesitaba descansar.

Al menos ya no estaba en la cama; desde que enfermó, odiaba las camas.

Durante toda su vida fue enérgica, activa; ahora, tener que pasar muchas horas en una cama, en especial después de estar hospitalizada, era una tortura.

La habitación donde se encontraba no era muy amplia, sin embargo, era cómoda; en esa planta del dúplex solo había un dormitorio.

A ella la cama se le hacía algo pequeña porque desde que se mudó a su propio apartamento, tuvo una matrimonial, pero no se quejaría por eso.

La estantería, el sillón y una mesita junto a este, era todo lo que llenaba el espacio.

La ventana era amplia, así que entraba bastante luz natural, algo que le encantaba.

La ojinegra agarró una hoja de color amarillo de la mesita; se quedó mirándola como si fuera la primera vez que tuviera una entre sus manos.

Por un segundo, solo por uno, su mente la traicionó.

Asomó la duda sobre lo que hacía, pero al instante la borró.

No podía dudar ni un ápice en el mito, su fe debía ser inquebrantable.

Miró hacia la estantería; su pecho se inundó de determinación.

Un deseo. Solo necesitaba que la vida le otorgara un deseo.

Con la habilidad que le concedía haber hecho más de seiscientas grullas, comenzó a plegar la hoja. Un doblez tras otro, la figura fue tomando forma hasta que dejó la grulla sobre la mesita, encima del resto de las hojas.

—Uno más —la potente voz de su padre la sobresaltó.

—Papá, me asustaste —susurró.

—Lo siento.

Iván entró a la habitación, llevando una bandeja plegable con comida. Mirra sonrió.

—Eso es comida para un ejército —dijo al ver el contenido de la bandeja.

Su padre sonrió, y ella adoró las arrugas que adornaron sus ojos.

—Exageras. Además, necesitas comer —aseveró, acomodando la bandeja en su regazo.

Ella lo miró y le sonrió.

—Lo sé.

—No olvides el cereal.

Mirra frunció los labios como cuando era una niña; él rio, luego se acercó y le dio un beso en la frente.

—Debiste llamarme antes de levantarte —él se sentó en la cama—, estás muy débil.

Ese era un regaño en toda regla, pero a Iván solo le brotó ternura en la voz.

—No voy a llamarte cada vez que quiera levantarme, papá —se quejó, porque si no lo hacía, dejaba de ser ella.

—Come —pidió—. Cada vez no, solo las primeras horas —le recordó.

Mirra pinchó con el tenedor una porción de pescado y se lo llevó a la boca.

—El cereal también —insistió él.

Ella rodó los ojos.

—Ya lo sé.

Iván se quedó con ella hasta que acabó de comer. Entonces él se levantó de la cama y retiró de su regazo la bandeja.

—Te traeré unas galletas saladas para las náuseas.

Ella le sonrió.

—Gracias.

En cuanto quedó a solas, ella se hizo con otra hoja. Cuando Iván regresó, a la grulla le faltaban las alas. Él dejó las galletas sobre la mesita, al alcance de su hija, luego volvió a sentarse en la cama.

—Cariño, ayer, cuando estabas en la sala de quimioterapia, una mujer se acercó —ella lo miró con curiosidad—. Dijo que era de una empresa. Me dio un cheque.

La ojinegra frunció el entrecejo.

—¿Un cheque?

—Sí. Dijo que era un donativo para ti. Fue muy amable.

Mirra se quedó pensando en el noble gesto de la desconocida.

—Sí, fue amable —susurró al cabo de unos instantes.