29
Amanda entró al apartamento, directo a los brazos de Mirra, que solo apartó las manos de su boca para recibirla con el más cálido de los abrazos.
Ella hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspiró ese aroma que tanto extrañó y que la hizo olvidarse de los pesados días que llevaba a sus espaldas.
—Te dije que perdería la cabeza si no te veía —susurró la arquitecta cerca de su oreja.
—En realidad dijiste si no me besabas —le recordó Mirra, hablándole también al oído.
Amanda rio bajo.
—Sé que no somos niñas, pero… tu padre nos mira —murmuró.
Mirra rio. Cuando se apartó para mirarla, ella tenía los ojos humedecidos. Amanda se encontraba arrodillada frente a ella, entre sus piernas.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
—Justo ahora, de maravilla —respondió la ojinegra, apartándole un mechón de cabello de la frente.
—Bien, las dejaré ponerse al día —dijo Iván, dirigiéndose hacia la cocina.
Amanda cruzó una mirada con el ruso, quien le guiñó un ojo con complicidad.
—¿Cómo es que estás aquí? —Quiso saber Mirra—. Me dijiste que todo estaba retrasado.
—Lo estaba —dijo. La mujer frente a ella alzó las cejas, esperando a que continuara, pero eso no sucedió. Amanda solo se quedó mirándola, en silencio.
Mirra frunció el entrecejo.
—¿Qué? —le preguntó al fin.
Amanda no habló, solo le acunó el rostro y la besó.
Sus labios se entreabrieron para recibirla y entonces todo en el universo encajó; el tiempo comenzó a moverse al antojo de sus alientos.
Sus bocas se buscaron con ansias justo antes de que sus lenguas se encontraran para convertir el vals que bailaban sus labios en una danza erótica que potenciaba sus sentidos con cada roce, con cada encuentro.
Mirra recibió la lengua de Amanda, acunándola, succionándola hasta que la hizo gemir. Sus bocas exigían y daban, como queriendo compensar el tiempo que no se vieron. Como queriendo expresar con su húmedo lenguaje cuánto se habían extrañado.
Con resistencia, fue la arquitecta quien rompió el contacto de sus labios. Las dos cruzaron una mirada antes de cerrar los ojos y juntar sus frentes.
—No contaste el tiempo, ¿cierto? —le preguntó Mirra, jadeando.
Amanda sonrió y negó con la cabeza; fue entonces cuando abrió los ojos.
—Imposible contar —respondió. Se acercó y le dio un beso en los labios.
Mirra respiró aliviada porque no quería que lo que sucedía entre ellas se perdiera entre tantas precauciones por su salud.
—Ven, levántate —le pidió, instándola a sentarse junto a ella en el sofá—. Arrodillada pareces un caballero de la mesa redonda.
Amanda se levantó, riendo por la comparación.
—Solo me falta la armadura.
—Mju. Solo eso —reconoció Mirra, acomodándose de lado para mirarla de frente.
—Bien, el equipo trabajó al cien por ciento y pues, ya todo estaba casi listo cuando Charlotte me echó.
—¿Tu colega te echó?
La rubia asintió con la cabeza.
—Sí. Dijo que si suspiraba una vez más cerca de ella, me enterraría en algunos de los hoyos que hemos hecho en el terreno.
Mirra rio.
—¿Y por qué suspiras tanto?
—Por ti —respondió Amanda con una simplicidad única. Además, se encogió de hombros como si acabara de decir cualquier cosa. Como si le hubiesen preguntado si el sol salía todos los días.
Mirra no supo si comérsela a besos, abrazarla o hacer las dos cosas a la vez. Fue ella quien suspiró hondo en ese momento. Incapaz de dejar de mirarla, le acunó el rostro, se acercó lento y unió sus labios, que encajaron con delicadeza y se quedaron así, solo siendo un beso, aunque era mucho más.
—Mi corazón está loco por ti —declaró Mirra, pegada a sus labios.
Amanda se separó un poco para mirarla a los ojos.
—Lo dices como si eso te diera miedo.
—Me da miedo —admitió la ojinegra.
La arquitecta sabía por qué; ella también lo sentía. Sin embargo, su miedo no opacaba en lo más mínimo sus anhelos de estar cerca de ella, así, como lo estaban en ese momento.
—Yo también siento miedo, Mirra. Esto ha sido tan inesperado —reconoció—, que ni siquiera sé cómo contener mis suspiros —dijo y la otra mujer rio—. Pero quiero que sepas algo —la miró a los ojos con determinación—. Mi corazón también está loco por ti. De eso no tengas dudas.
Por segunda vez, Mirra no supo qué hacer, así que solo la besó antes de abrazarla fuerte, muy fuerte.
—Dios mío, Amanda —susurró, sintiendo la más intensa de las revoluciones recorriendo su ser.
La arquitecta rio, disfrutando el calor de los brazos que la envolvían. En ese instante, no entendía cómo pudo soportar tantos días sin ver a Mirra. En ese momento, fue que comprendió la magnitud de su extrañeza. Y el solo pensar que tendría que irse, le causaba un dolor casi físico.
Volvieron a unir sus labios, perdiéndose en las emociones y los sentimientos que las embargaban, solo que el beso fue apasionado desde el principio.
No hubo reparos porque cuando la pasión une, todo lo demás sobra; hasta las palabras.
Solo los besos y las caricias toman sentido porque el corazón los dirige.
Mirra ansiaba quedarse bebiendo de la boca de Amanda hasta saciarse por completo, pero la falta de aire le recordó sus limitaciones. Maldijo para sus adentros cuando tuvo que liberar sus labios.
—Acabo de darme cuenta de que no te he ofrecido nada —le dijo entre jadeos.
Amanda sonrió.
—Qué mala anfitriona.
Mirra rio.
—Vamos a la cocina. De seguro encontraremos algo que comer. ¿Ya cenaste?
La arquitecta frunció los labios.
—No, vine directo aquí. O Iván me trajo directo aquí —corrigió.
Ella le dio una mano, dándole apoyo para que Mirra se levantara, aunque lo hizo con menos esfuerzo que la última vez que la vio.
—¿Cómo fue que viniste con papá?
—Después que Charlotte me echó, en lo único que pensé fue en verte. Era tarde y lo sería más si tomaba el metro, así que llamé a Iván —explicó de camino a la cocina. Los pasos de Mirra todavía eran pausados—. Fue una especie de abuso de confianza, lo sé, pero no quería esperar a mañana para verte.
—Él no me dijo que iría a buscarte.
—Le pedí que no te lo dijera. No solo tú puedes sorprender —le dijo, tocándole la nariz.
Mirra rio.
—Ya lo veo. Solo hay un detalle —advirtió.
—¿Cuál?
Su sonrisa se amplió.
—Que a mí me encantan las sorpresas —le dijo, y fue su turno de tocarle la nariz.
30
Mirra detestaba la silla de ruedas desde lo más profundo de sus entrañas hasta cada poro de su piel.
Sin embargo, esta vez no le parecía una especie de prisión.
A pesar de que su última quimioterapia había sido unas semanas atrás, las fuerzas la abandonaban si pasaba mucho tiempo en movimiento, así que, para ahorrar energías y por precaución también, prefería moverse en la silla cuando salía.
La noche anterior, después que se despidió de Amanda, ella logró convencer a su padre de que le permitiera visitarla en su apartamento al día siguiente.
Por eso Iván la conducía en la silla desde el puesto para impedidos del edificio de la arquitecta, hacia la entrada del vestíbulo.
Mirra no solo usaba la pañoleta, también un tapaboca y gafas de sol.
Además, llevaba sobre las piernas un bolso con ropa, comida y sus medicamentos.
Justo cuando llegaron a la puerta, Amanda salió del ascensor; se apresuró abrirles. A través del cristal, ellas se sonrieron en cuanto sus miradas conectaron.
—Buenos días, Amanda —la saludó el ruso.
—Buenos días, Iván —como ya se hacía costumbre, ella le prestaba la suficiente atención para no ser mal educada, luego sus ojos buscaban con ansias los de Mirra—. Buenos días —susurró cuando se inclinó para saludarla con un beso en la mejilla.
—Buenos días —respondió Mirra, incapaz de dejar de sonreír.
—Subamos —ofreció Amanda, mirando al ruso.
—Te permitiré hacerte cargo de ella, a partir de este momento —le anunció Iván—. Solo no dejes que se esfuerce demasiado. Que coma cuando suene la alarma y que descanse.
La arquitecta no dejó de asentir. Él estaba depositando su confianza en ella, así que no lo defraudaría, aunque Mirra podía ser un poco testaruda cuando se le metía algo en la cabeza.
—Lo cumpliremos al pie de la letra —le aseguró Amanda.
—Bien —Iván le dedicó una mirada de advertencia a su hija antes de darle un beso en la cabeza—. Hasta mañana, cariño.
Al escuchar la despedida, los ojos de Amanda casi se desorbitan.
—¿Hasta mañana? —cuestionó, mirando primero a la hija, luego al padre.
—Acláralo con ella —dijo él, señalando a Mirra—. Hasta mañana —se despidió sin más de la arquitecta.
Sin salir de su asombro, Amanda vio al hombre salir del vestíbulo y digerirse hacia su auto. Entonces miró a Mirra.
—¿Hasta mañana? —insistió. Ella apenas podía ver el rostro de la ojinegra, pero estaba segura de que sonreía en ese momento.
—¿Te preocupa algo de eso?
—No —respondió—. Es solo que no me lo esperaba.
—Yo sí.
Amanda rio.
—Obvio —dijo. Fue el turno de reír de Mirra—. Subamos —empuñó los mangos de la silla de ruedas y la empujó con dirección hacia los ascensores.
Poco después, entraron al apartamento de la arquitecta.
—Es tu turno de darme la bienvenida a tu hogar, ¿no? —dijo Mirra, quitándose las gafas.
Amanda sonrió mientras cerraba la puerta. No dijo nada, solo se agachó frente a la silla cuando Mirra se quitaba también el tapaboca.
—Bienvenida a mi apartamento —cumplió con el protocolo sin ser capaz de dejar de sonreír.
—Gracias. ¿Me darás un tour ?
—Por supuesto, pero antes te daré un beso —anunció.
Mirra alzó las cejas y rio.
—Eso me gusta más —declaró.
Amanda se enderezó hasta alcanzar su boca, sonrió pegada a ella antes de unir sus labios por completo.
Mirra intentó sentirla más cerca, pero el bolso que todavía tenía sobre las piernas se lo impidió, por eso, sin romper el contacto, lo apartó como mejor pudo y lo dejó en el suelo.
Entonces pudo rodear a la arquitecta por la espalda y estrecharla contra ella.
—Me encanta que estés aquí —declaró Amanda, apenas separando sus labios.
—A mí también.
—No sé si podré dejarte ir.
Mirra echó la cabeza hacia atrás, buscando su mirada.
—¿Quieres secuestrarme?
La rubia asintió.
—Mju…
Las dos terminaron riendo.
—Siempre estás arrodillada —notó Mirra—. Levántate. Quiero ese tour .
—De acuerdo.
Amanda se incorporó; cuando se disponía a tomar el mando de la silla, la ojinegra la detuvo.
—En la silla no —acotó—. Caminaré.
—Está bien.
Mirra apartó los reposapiés; sin demasiado esfuerzo, se levantó. A la arquitecta le gustó verla más fuerte.
—Esta es la sala —determinó la mujer de cabello negro.
Amanda rio.
—Qué buena observadora eres —reconoció con un tono irónico. Mirra sonrió. La arquitecta la tomó de la mano y la dirigió hacia una puerta, que resultó dar a la cocina—. Aquí cocino… a veces.
A Mirra le resultaba encantador deambular un poco por el espacio de Amanda. Era como descubrirla desde dentro, aunque a ella le bastaba mirarla a los ojos para ver su alma.
—¿A veces?
—Suelo pasar mucho tiempo fuera. A veces desayuno aquí. En otras ocasiones, solo ceno —explicó.
—Para mí es más o menos igual. Aunque puedo atender a mis clientes mientras bebo el café de la mañana.
—Me gustaría verte en acción.
—Tampoco es demasiada acción. Mucho de mi trabajo es estudiar las finanzas de mis clientes.
—Eso suena aburrido —dijo Amanda.
Mirra rio.
—No lo es si te apasiona.
La arquitecta asintió, concediéndole eso.
—Bien, sigamos con el tour —dijo—. Esa puerta es un baño —la señaló—. Y esa de allá es mi habitación.
—¿Puedo conocerla?
—Por supuesto.
Amanda la guio; abrió la puerta y le permitió entrar; ella se quedó bajo el marco, recostada de la madera.
Mirra se adentró en el espacio mirando con atención cada detalle.
Despacio, se acercó a la cómoda; tocó cada uno de los tres perfumes que yacían sobre el mueble.
Se fijó en los accesorios y los labiales.
Entonces su mirada se movió a la mesa de noche, junto a la cama.
La revista que había sobre ella captó su completa atención.
Mirra le dio un vistazo a Amanda antes de acercarse a la mesa de noche. “El arte del origami”, leyó el título de la revista.
—¿Y esto? —preguntó sin mirarla, rozando con la punta de los dedos la portada.
Amanda se acercó hasta situarse a su lado.
—La compré luego de verte la segunda vez en el hospital —explicó.
Mirra la miró.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
—Me dio curiosidad —respondió.
—¿No para hacer origamis ?
Amanda asomó una sonrisa y bajó la vista a la revista.
—También quise aprender, pero solo me interesó la grulla.
—¿Has hecho alguna?
“Hice mil”, quiso decirle, pero ese tampoco era el momento.
—Hice más de una —respondió, evadiendo un poco la verdad.
Mirra sonrió, luego se giró un tanto para poder mirarla de frente. Le acunó una mejilla con una delicadeza infinita.
—Eres tan hermosa como maravillosa.
Amanda negó con la cabeza, cubriéndole la mano que la acunaba.
—Nada de eso —susurró—. Lo maravilloso es haberte conocido —declaró, mirándola a los ojos, antes de besarla.