Mil grullas de papel 2
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En los hospitales se respira un olor particular; uno que no es fácil de inhalar, que incomoda. Al menos era así para Amanda. Ese olor a esterilidad. Una esterilidad que recuerda lo vulnerable que es el ser humano cuando la salud se quebranta.

El director de la Unidad de Oncología del Hospital Saint Pilgrim, en persona, recibió a Bill Harper y a su grupo de arquitectos y empleados.

Amanda prestó especial atención al dueño de la firma; su gesto, por lo general rígido en las reuniones, en ese momento, le dio paso a una actitud más humilde, compasiva.

—Ya no te parece tan ogro, ¿cierto? —susurró Charlotte, al fijarse en como ella lo miraba.

—No —reconoció, sin apartar la vista de Harper.

—Espera a que lo veas con los niños.

Amanda abrió la boca para decir algo, pero, en ese instante, el director de la unidad los invitó a iniciar el recorrido.

En el autobús, les habían repartido varios sobres con cheques y, al llegar, le llenaron las manos con los obsequios que también les darían a los niños.

Amanda cargaba con seis pequeños paquetes, mientras que Charlotte hacía malabares con cuatro, pues eran de mayor tamaño.

Todos recibieron instrucciones; los obsequios azules para los niños y los rosados para las niñas.

Los paquetes grandes eran para menores de cinco años.

Amanda tragó saliva en cuanto entró al área de hospitalización infantil.

La cantidad de niños en ese lugar la sorprendió; debía haber al menos treinta.

Todos los niños voltearon a mirarlos en cuanto se adentraron en la amplia sala.

Fue Bill Harper quien dio el primer paso, acercándose a la cama más cercana.

Entonces el grupo comenzó a dispersarse entre las camas.

—Vamos —le dijo Charlotte, invitando a su compañera a moverse también.

El corazón de Amanda latía acelerado, las piernas las sintió algo flojas cuando se acercó a una cama y los enormes ojos azules de un niño, casi tan rubio como ella, siguió cada uno de sus pasos.

—Hola —lo saludó en voz baja.

—Hola —respondió él.

A ella le pareció tan normal, tan sano, que le resultó irreal que estuviera ocupando esa cama; calculó que debía tener al menos ocho años.

—¿Cómo estás? —no sabía qué hacer, así que solo se le ocurrió preguntarle eso.

El pequeño se encogió de hombros.

—Creo que bien.

Ella sonrió.

—¿Cómo te llamas?

—Louis.

—Hola, Louis. Mi nombre es Amanda.

Louis le sonrió, pero luego posó la vista en los regalos que ella cargaba. A continuación, él miró a su alrededor; ya algunos niños abrían los obsequios. Cuando él volvió a mirarla, sus ojos reflejaban emoción.

—¿Me darás uno de esos? —preguntó.

Amanda rio.

—Sí —respondió. Louis puso los ojos en el paquete que ella eligió. Se lo tendió sin dejar de sonreír. El pequeño aceptó el obsequio—. Puedes abrirlo.

Ella no pudo apartar la vista del pequeño mientras rasgaba con evidente emoción el papel que envolvía el obsequio. La sonrisa de Louis no pudo ser más grande al descubrir un auto de carreras a control remoto.

—¡Wow!

Amanda rio por la expresión del niño.

—¿Te gusta?

—Sí —respondió Louis sin apartar la vista del juguete.

Ella se quedó prendada del gesto del pequeño; entonces recordó las palabras de Charlotte. Levantó la vista y la buscó en la sala. La localizó a unas cinco camas más adelante. Su compañera la miraba también.

—Te lo dije —le gesticuló la morena.

Amanda asintió con los ojos empañados. Cuando devolvió su atención a Louis, agradeció que continuara centrado en el juguete y que no advirtiera su emoción.

Se encontraban ahí para regalarles una sonrisa a los niños, no lágrimas, así que respiró hondo, se tragó el nudo en la garganta y escondió la emoción.

Minutos después, se despidió de él y se dirigió a otra cama.

Media hora más tarde, Amanda ya tenía las manos vacías, solo quedaban los cheques que llevaba en el bolsillo interno de la chaqueta que vestía. Tras salir de esa sala, el grupo se encaminó hacia otra ala del hospital donde los niños estaban en una etapa más avanzada de tratamiento.

—Trata de que tu mirada no refleje… lástima —le aconsejó Charlotte—. Con los niños es duro, pero es fácil esconderle las emociones.

—Me imaginé… aquí como paciente —confesó Amanda en voz baja; avanzaban en medio del grupo—. No sé si podría resistirlo.

Charlotte la miró.

—Es lo que creemos, pero son en estas situaciones cuando llegamos a conocer de verdad lo fuerte que somos. Lo que estamos dispuestos a luchar por un minuto más de vida.

A Amanda le parecieron unas bonitas palabras, no obstante, estaba segura de que ella se derrumbaría como una torre de naipes ante un leve soplo de brisa.

En ese momento, pasaban frente a la Unidad de Quimioterapia de adultos.

—¿Habrá un baño cerca? —preguntó, mirando a su alrededor.

—Por allí —Charlotte señaló las puertas de la unidad—. Vamos, te mostraré el camino.

Las dos se desviaron, dejando al grupo avanzar hacia la otra sala. Tras cruzar las puertas batientes, Amanda se encontró en una amplia sala, iluminada e impecablemente blanca. Una hilera de sillones azules llenaba el espacio hasta el extremo contrario a donde se hallaban.

Amanda contó diez sillones; solo uno de ellos estaba ocupado; el último de la hilera.

Lo ocupaba una mujer; en la distancia le pareció que era bastante joven.

Tenía los ojos cerrados y la cabeza cubierta por una pañoleta de color verde neón.

Supuso que ella no tenía cabello. A aquella mujer la acompañaba un fornido hombre que parecía contemplarla; como estaba de espalda, no podía estar del todo segura.

—¿Amanda? —Charlotte llamó su atención y ella la miró—. Es por aquí.

La rubia asintió, pero antes de dar un paso, volvió a mirar hacia el último sillón.

—Es joven —señaló cuando entraron al baño.

—No hay edad para esta enfermedad —comentó Charlotte mientras entraba a uno de los cubículos.

Unos minutos después, se lavaban las manos.

—Creo que me haré un chequeo médico esta misma semana —la voz de Amanda sonó contenida.

—Yo también.

Amanda se miró a los ojos en el espejo, pero no se vio a sí misma, sino a la mujer de la sala. Su imagen se le quedó grabada tan nítida, que le sorprendió.

—¿Podemos darle uno de los cheques a ellos?

Charlotte la miró mientras se secaba las manos con una toalla de papel. Se encogió de hombros.

—Supongo que sí —respondió.

—Entonces lo haré.

Su compañera asintió en conformidad. Amanda echó a la basura la bola que hizo con la toalla desechable y salieron del baño.

—Te esperaré aquí —dijo Charlotte en cuanto se asomaron a la sala.

Como con Louis, Amanda se sintió nerviosa cuando se encaminó hacia el último sillón.

Avanzó pisando suave, como si no quisiera que sus pasos rompieran la paz que envolvía el pulcro espacio.

Mientras avanzaba, se fijó que a la derecha, en la pared, colgaban enormes cuadros de paisajes tan hermosos, que le cortaron el aliento por la serenidad que reflejaban.

Aquellas imágenes debían ser un soplo de aliento para los pacientes.

Supuso que esa era la idea y lo agradeció en silencio.

Cuando Amanda apartó la vista de los cuadros, puso toda su atención en la mujer en el sillón.

Fue por eso que se fijó en las vías que tenía en el brazo derecho, que se conectaban a unas máquinas.

Algo en su pecho se oprimió al verla dormida, tan serena, mientras fuertes químicos eran suministrados en su cuerpo.

Pero no fue hasta que se percató de ello que entendió que la mujer que miraba tenía cáncer.

Cáncer.

Ella se detuvo. Sus ojos recorrieron el rostro de la joven mujer. Parecía tan tranquila, como si en ese momento no se batiera en batalla contra unas de las peores enfermedades que puede padecer una persona.

Millones han ganado la batalla, pero son muchísimos más quienes no. Amanda rogó para que aquella mujer la ganara.

El hombre que acompañaba a la paciente debió advertir su presencia porque ladeó la cabeza. La rubia supo que entró en su visión periférica por la rigidez que se reflejó en su cuerpo.

Ella tenía dos alternativas; seguir o darse la vuelta. Eligió la primera opción. Cuidando sus pasos, se acercó. El hombre levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

Él era fornido, alto y blanco. Tenía los ojos negros y su mirada reflejaba dolor, angustia. Una angustia que ella casi sintió como propia.

—¿Se le ofrece algo? —le preguntó el hombre.

Amanda identificó el acento al instante. Él era ruso.

—Ho… Hola —saludó.

Aunque el hombre la miraba, ella apartó su atención de él para fijarla en la joven mujer. Bajó la vista a su regazo. Vio, al menos, tres figuras de origami sobre sus muslos y entre sus manos, uno a medio terminar. Se fijó que todos eran la misma figura, pero no supo identificar qué era.

—¿Se le ofrece algo? —insistió el hombre.

Entonces, sobresaltada, ella lo miró.

—Disculpe. Estoy aquí en representación de una empresa —explicó mientras se metía la mano en el bolsillo de la chaqueta—. Esto es un donativo para… —le tendió el sobre— la paciente.

El hombre miró el sobre, luego clavó la vista en sus ojos. El silencio que siguió fue tenso y extenso.

Era probable que él pudiera aplastarla con el dedo meñique, aun así, ella le sostuvo la mirada.

Recordó el consejo de Charlotte. No debía demostrar lástima.

Él no era el paciente, pero de seguro no quería que nadie sintiera piedad por la situación que vivía, cualquiera fuera el lazo que lo unía a la mujer en el sillón.

Cuando Amanda empezó a creer que el hombre no aceptaría el sobre, este levantó la mano y lo agarró. Ella se contuvo de respirar hondo, tal como deseó hacerlo.

—Gracias.

Ella asomó una ligera sonrisa cuando la mirada del hombre cambió un poco, haciéndose más humana.

—Espero que sirva de algo.