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El hombre asintió, aunque no dijo nada. Amanda volvió a mirar a la paciente, que continuaba dormida. Luego bajó la vista a los origamis . Aquellas figuras nunca le llamaron la atención, pero, en ese momento, deseó saber hacerlas para terminar el que la mujer había iniciado.
3
La conciencia de Mirra regresaba lentamente, pero eso no le impidió sostener en sus manos el pliego de papel con el que hacía una grulla para evitar que se lo arrebataran. Apenas fue capaz de abrir los ojos lo suficiente para ver a Iván, su padre, inclinado frente a ella.
—Lo guardaré —susurró él y terminó de quitarle el papel de las manos.
—No… lo he… terminado —balbuceó con un hilo de voz.
—Lo sé, cariño.
Cuando Iván se incorporó, fue que ella pudo ver a su doctor, a tres enfermeros y la camilla; como siempre, en ese lugar la cuidaban bien.
Mirra acababa de terminar su segunda sesión de quimioterapia; aunque ya sabía lo débil que quedaba tras cada aplicación del tratamiento, todavía no se acostumbraba a que su cuerpo no respondiera como lo hacía cuando estaba sana.
Cuando, meses antes, solo respiraba vitalidad. Pero eso había quedado atrás.
Iván se apartó lo suficiente para que los enfermeros se ocuparan de trasladar a su hija a la camilla. Él solo se quedaba observando, con la impotencia reflejada en su gesto, en su lenguaje corporal.
Entre dos enfermeros cargaron a Mirra hasta dejarla sobre la camilla. El doctor vigiló cada paso y ordenó el traslado a la habitación.
Iván guardó los origamis en una cajita y siguió al grupo por los pasillos del hospital hasta la habitación que su hija ocupaba desde el día anterior, como preparación para la aplicación del tratamiento.
Mirra parecía dormida cuando la trasladaron de la camilla a la cama, pero él sabía que no lo estaba.
Se quedó contemplándola en silencio mientras los enfermeros se ocupaban de ponerle la vía para que recibiera hidratación.
La tez de Mirra era blanca como la suya, sin embargo, la palidez se había apoderado de cada poro de su piel.
Su rostro redondo reflejaba cansancio; al igual que sus ojos redondos y negros, aunque los tenía cerrados.
Ya no quedaban rastros de sus gruesas cejas, otorgándole un gesto más severo de lo habitual; desde la primera quimioterapia se le cayeron, y sus cabellos también.
Iván apretó la mandíbula para contener la furia que se apoderaba de su ser cada vez que veía a su hija en ese estado tan frágil.
En momentos como ese ansiaba gritar, derrumbar montañas con la fuerza de sus puños.
Su impotencia no podía ser más grande, ni despiadada.
La vida de su hija pendía de un hilo y él no podía hacer nada.
Solo creer que con el tratamiento que le aplicaban se curaría, aunque las probabilidades no eran alentadoras.
Mirra quería luchar por su vida, así que él combatiría a su lado. Jamás la abandonaría. Jamás.
—Ahora solo debe descansar —dijo el doctor, después que los enfermeros terminaron su tarea.
Iván los vio salir de la habitación antes de mirar al oncólogo.
—Ya sabemos qué hacer.
—Bien. Pasaré en una hora —le anunció el doctor.
Iván asintió, luego el oncólogo salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Cuando quedaron a solas, él dejó la cajita de los origamis sobre la mesa que había junto a la cama, y se sentó en una silla.
Con delicadeza, tomó la mano de su hija entre las suyas y le besó los nudillos con infinita ternura.
—Ya escuchaste al doctor, debes descansar.
Mirra abrió los ojos, aunque los parpados le pesaban. Su boca apenas se curvó para asomar una sonrisa.
—Estaba pensando en lanzarme en paracaídas —susurró.
Iván sonrió.
—Entonces tendré que atarte a la cama.
Los ojos de Mirra se cerraron cuando su sonrisa se acentuó.
—No si puedo evitarlo —musitó, sabiendo que él la miraba.
El imponente hombre sintió que le ardieron los ojos cuando percibió su fatiga.
Levantó la otra mano y le acarició la frente.
Deseó con todas sus fuerzas tener a su esposa a su lado, pues se había convertido en su fortaleza desde que la conoció, pero ya no era posible que lo acompañara a cuidar a Mirra.
La había perdido tres años atrás, en un inexplicable accidente de autos.
—No me iré de tu lado, así que puedes dormir todo lo que quieras —dijo él, haciendo un esfuerzo descomunal por mantener la voz firme.
Mirra volvió a abrir los ojos.
—Tú también debes descansar.
—No estoy cansado —afirmó su padre.
—Y yo no estoy en esta cama.
Iván sonrió; su hija siempre fue así de irónica.
—Descansaré cuando regresemos a casa. Ahora debes hacerlo tú —insistió con un tono que sonó a orden—. Tu cuerpo lo necesita.
Mirra parpadeó lento, como si aceptara sus palabras. Antes de cerrar los ojos, ladeó la cabeza para mirar la mesa auxiliar donde él dejó la caja con los origamis .
—Alcancé a hacer tres —dijo.
Iván también miró la caja.
—Eso quiere decir que llevas seiscientos cuarenta y siete.
Ella lo miró y su sonrisa volvió a asomarse.
—Sí, pero siento que todavía me faltan mil —confesó.
Su padre bufó.
—Alucinas por la quimio. Ya te falta poco y sé que lo lograrás.
Mirra acentuó su sonrisa porque su padre se atrevió a bromear con la quimioterapia. Ella volvió a mirar la caja. En ese momento, se sintió una niña. Antes, no hubiese creído en leyendas, pero después de ser diagnosticada con cáncer de tiroides, se aferraba a cualquier esperanza.
Por pura casualidad, ella leyó en un libro la leyenda de las grullas de papel, senbazuru , la creencia de que hacer mil grullas de papel, concede un deseo relacionado con la salud.
Ese deseo es capaz de curar cualquier enfermedad.
Desde el instante en que leyó sobre el mito, en su corazón acogió esa esperanza, así que, cada día, hacía todos los origamis que sus fuerzas le permitían.
Haría mil grullas de papel y reclamaría su deseo.
—Falta poco para pedir mi deseo —dijo Mirra, y sus ojos se cerraron una vez más.
Iván supo que se había quedado dormida cuando el silencio se extendió por más de un minuto. Con cuidado, le soltó la mano y la arropó con la sábana hasta la barbilla, tal como a ella le gustaba cuando era una niña.
Mirra tenía veintiocho años, pero él sentía que ella lo necesitaba más ahora que a sus siete años. O a sus diez. O a sus doce.