Mil grullas de papel 1
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Mil grullas de papel

Mil grullas de papel

Por L. Farinelli

© inepub.com

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A esa hora del día, en el horizonte, las aguas del lago Jacqueline Kennedy Onassis parecían brillar gracias al radiante sol de finales de mayo. Estar en el piso veinte ayudaba a disfrutar de la espectacular vista del horizonte.

Amanda respiró hondo de pura satisfacción; su boca, de labios finos, la curvaba una ligera sonrisa mientras paseaba sus ojos almendrados, de color azul, por aquellas profundas aguas y, luego, un poco más allá, hacia los edificios al otro lado del lago.

El paisaje era hermoso y el que la pared de fondo de su oficina fuera de cristal, del piso al techo, era un perfecto añadido arquitectónico.

Ella mantenía los codos apoyados sobre la superficie de su mesa de trabajo donde se extendía el plano del proyecto del que estaba encargada; en una posición relajada, tenía las manos entrelazadas y pegadas a los labios.

Era sábado. Se suponía que no debía estar en su oficina, pero Bill Harper, el dueño de la firma de arquitectos para la que trabajaba, Harper Inc.

, cada tres meses organizaba donativos a hospitales y fundaciones dedicados a tratar pacientes con cáncer.

Años atrás, el hombre había perdido a su hijo después de una intensa lucha contra la enfermedad; vivirlo de primera mano lo sensibilizó, así que era política de su firma que todos participaran en las visitas que hacían a esos lugares donde la esperanza y la fe, van de la mano.

Esa sería la primera visita a la que Amanda asistiría.

Se suponía que esa mañana visitarían el hospital Saint Pilgrim, que disponía de una de las unidades más importante de la ciudad especializada en la atención de enfermos con cáncer, pero el autobús que los trasladaría había sufrido un percance, por lo que ya llevaba retrasado más de una hora.

Ella aprovechó para echarle un nuevo vistazo al proyecto en el que trabajaba desde hacía dos meses, “Ola azul”.

Sin embargo, en lugar de ello, se quedó con la vista perdida en el lago y la ciudad, como la primera vez que estuvo ahí.

Un par de meses después de llegar a la firma ella seguía sin creer que estuviera ocupando un espacio tan grande y hermoso, al que se sumaba la vista.

Desde que decidió que sería arquitecta, luchó por ser exitosa, por tener una oficina de esa magnitud, en una firma de prestigio y con un sueldo respetable.

Todo eso lo había logrado al aceptar ser parte de esa firma, y seguía alucinada.

A diario, cuando se sentaba tras el escritorio o a su mesa de trabajo, tenía que pellizcarse para asegurarse de que no soñaba.

Ya llevaba decenas de pellizcos, así que ahora comenzaba a sospechar que no estaba soñando.

Unos toques en la puerta la sobresaltaron; incluso se levantó de la silla, temiendo que fuera su jefe. Tras unos segundos, los toques se repitieron y oyó la voz de Charlotte, su compañera de trabajo más allegada. Una alta morena, de cabellera afro, que parecía una modelo en lugar de una arquitecta.

—¡Amanda, soy yo!

Ella respiró aliviada.

—¡Adelante!

La puerta se abrió y Charlotte asomó la cabeza.

—Ya el autobús está aquí —anunció—. Démonos prisa o nos dejarán.

Amanda sonrió.

—Ni soñarlo —dijo—. Quiero ir —se apresuró a agarrar su bolso que había dejado sobre el escritorio, se lo colgó en el hombro y se dirigió hacia la puerta.

Juntas se encaminaron hacia el ascensor.

—Quieres ir porque eres nueva. Visitar esos lugares no es fácil —apuntó Charlotte—. Es decir, sabemos que hay personas luchando contra esa enfermedad, pero ver sus rostros, conocer sus historias, te da un golpe de realidad.

Amanda fue quien pulsó el botón para llamar al ascensor. Las dos, a la vez, miraron el panel sobre las puertas. Charlotte frunció los labios al ver el piso uno iluminado.

—Puedo imaginarlo, pero es gratificante, ¿no te parece? —Acotó Amanda—. Quiero decir, darles un motivo para sonreír.

—Eso sí, es lindo verlos sonreír. En especial a los niños.

Volvieron a mirar el panel numérico; el ascensor ya estaba por llegar.

—Al iniciar la universidad me dije que cuando trabajara, buscaría una fundación benéfica para hacer donativos —comentó Amanda.

En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron. Charlotte volteó a verla mientras entraban.

—¿Un granito de arena para cambiar al mundo?

Ella sonrió.

—Algo así, sí —respondió, mirándose en la pared de espejo del fondo.

Ladeó la cabeza, asegurándose de que su cabello luciera bien.

Su rubia y rizada cabellera parecía brillar gracias a la luz del techo.

Sus pómulos altos y mentón redondo, le otorgaban una hermosa delicadeza que el maquillaje ayudaba a acentuar.

—Estás preciosa —dijo Charlotte—, ya deja el espejo que lo vas a desgastar.

La rubia rio.

—Exagerada.

—Nada de eso. Ya veré babear a los doctores del hospital cuando te miren.

Amanda la miró; se mordió el labio inferior por dentro. Conocía a su compañera el mismo tiempo que llevaba en la firma, todavía no estaba segura de decirle que, el que los doctores babearan por ella, ni le haría cosquillas. Que su interés se iba más bien por el lado de las doctoras.

—¡Ugh! No quiero babas —declaró.

Charlotte soltó una carcajada por su cara de repulsión justo en el instante en que se abrían las puertas del ascensor. Salieron a paso rápido y se encaminaron hacia el lobby del edificio. Ya no quedaba nadie del personal de la firma por los alrededores, así que se apresuraron a salir.

Riendo, echaron a correr hacia el autobús como dos niñas. A Amanda le sorprendió la elegancia del enorme vehículo; se notaba que la firma no escatimaba en gastos. Ni siquiera para una visita a un hospital.

Su jefe inmediato, el socio gerente de más experiencia de la firma, las miró con un gesto serio y reprobador cuando pasaron a su lado al entrar al autobús. Todavía, entre risas, avanzaron por el pasillo hasta llegar a los únicos dos asientos vacíos, al final.

—Te dije que nos dejarían —le reprochó Charlotte mientras se acomodaban en los asientos.

—Creí que bromeabas. Además, no nos dejaron.

—Pero casi —puntualizó.

—Pero no. Vaya, qué cómodo —dijo, recostándose por completo del asiento. Era ancho y acolchado; puro confort .

Justo en ese instante, el motor del autobús sonó más fuerte y entonces empezó a moverse.

—Suelo dormir cuando salimos a los hospitales —confesó Charlotte, arrellanándose en el asiento.

—No quiero oír tus ronquidos —le advirtió.

Charlotte rio.

—Eso es algo que no puedo prometer.

Amanda le dedicó una entornada.

—Si te duermes, te pintaré un bigote —amenazó.

Su compañera también entornó la mirada.

—No serías capaz —rebatió, escudriñándole los ojos.

La sonrisa que Amanda le ofreció le dijo que lo mejor era mantener los ojos abiertos.