CAPÍTULO XIV #3
—¡Ah! —exclamó la joven—. ¡Cuidado, hermano!... ¡El traidor está armado!... ¡Él sí ve!...
Iván Ogareff se había levantado y, creyendo que podía vencer fácilmente al ciego, se abalanzó sobre Mijaíl Strogoff.
Pero el ciego, con una mano, agarró el brazo del que veía y, con la otra, desviando su arma, lo arrojó por segunda vez al suelo.
Iván Ogareff, pálido de furia y vergüenza, recordó que llevaba una espada. La sacó de la vaina y volvió a la carga.
Él también había reconocido a Mijaíl Strogoff. ¡Un ciego! ¡En suma, no tenía que enfrentarse más que a un ciego! ¡La partida estaba ganada para él!
Nadia, horrorizada por el peligro que amenazaba a su compañero en una lucha tan desigual, se lanzó hacia la puerta pidiendo auxilio.
—¡Cierra esa puerta, Nadia! —dijo Mijaíl Strogoff—. ¡No llames a nadie y déjame hacer! ¡Hoy el correo del zar no tiene nada que temer de ese miserable! ¡Que venga a mí, si se atreve! Lo estoy esperando.
Sin embargo, Iván Ogareff, agazapado sobre sí mismo como un tigre, no pronunciaba una palabra.
Quería ocultar al oído del ciego hasta el ruido de sus pasos, hasta el de su propia respiración.
Quería golpearlo antes incluso de que advirtiera su aproximación, golpearlo con certeza.
El traidor no pensaba en luchar, sino en asesinar al hombre cuyo nombre había robado.
Nadia, horrorizada y, al mismo tiempo, llena de confianza, contemplaba con una especie de admiración aquella escena terrible.
Parecía que la calma de Mijaíl Strogoff la hubiera invadido de pronto.
Mijaíl Strogoff no tenía más arma que su cuchillo siberiano; no veía a su adversario, armado con una espada, eso era cierto.
Pero ¿qué favor del cielo parecía permitirle dominarlo, y desde tan alto?
¿Cómo conseguía, sin apenas moverse, hacer frente una y otra vez a la misma punta de su espada?
Iván Ogareff observaba con visible ansiedad a su extraño adversario.
Aquella calma sobrehumana actuaba sobre él.
En vano, apelando a la razón, se decía que, en un combate tan desigual, toda la ventaja estaba de su parte.
Aquella inmovilidad del ciego lo helaba de espanto.
Había buscado con la mirada el lugar donde debía golpear a su víctima...
¡Lo había encontrado!... ¿Qué era, pues, lo que le impedía acabar con ella?
Por fin, dio un salto y asestó a Mijaíl Strogoff un golpe de espada en pleno pecho.
Un movimiento imperceptible del cuchillo del ciego desvió el golpe. Mijaíl Strogoff no había sido alcanzado y, con toda calma, pareció esperar, sin siquiera desafiarlo, un segundo ataque.
Un sudor helado corría por la frente de Iván Ogareff. Retrocedió un paso y volvió a lanzarse contra él. Pero, al igual que el primero, tampoco este segundo golpe alcanzó su objetivo. Una simple parada con el ancho cuchillo había bastado para desviar la inútil espada del traidor.
Este, loco de rabia y de terror ante aquella estatua viviente, clavó sus ojos aterrorizados en los ojos desmesuradamente abiertos del ciego. Aquellos ojos, que parecían leer hasta el fondo de su alma y que no veían, que no podían ver, ejercían sobre él una especie de espantosa fascinación.
De pronto, Iván Ogareff lanzó un grito. Una luz inesperada se había hecho en su cerebro.
—¡Ve, ve! —exclamó—. ¡Ve!...
Y, como una fiera que intenta volver a su guarida, retrocedió paso a paso, aterrorizado, hasta el fondo de la sala.
Entonces la estatua cobró vida, el ciego caminó directamente hacia Iván Ogareff y, situándose frente a él, dijo:
—¡Sí, veo! Veo el golpe de knut con que te marqué, traidor y cobarde. ¡Veo el lugar donde voy a golpearte! ¡Defiende tu vida! ¡Es un duelo el que me digno ofrecerte! ¡Mi cuchillo me bastará contra tu espada!
—¡Ve! —se decía Nadia—. ¡Dios misericordioso, ¿es posible?!
Iván Ogareff se sintió perdido. Pero, en un último esfuerzo de voluntad, recobrando el valor, se lanzó espada en mano contra su impasible adversario.
Las dos hojas se cruzaron, pero al chocar con el cuchillo de Mijaíl Strogoff, manejado por aquella mano de cazador siberiano, la espada saltó hecha pedazos y el miserable, alcanzado en el corazón, cayó sin vida al suelo.
En ese momento, la puerta de la habitación, empujada desde fuera, se abrió. El gran duque, acompañado de algunos oficiales, apareció en el umbral.
El gran duque avanzó y reconoció en el suelo el cadáver de aquel a quien creía el correo del zar.
Y entonces, con voz amenazadora:
—¿Quién ha matado a este hombre? —preguntó.
—Yo —respondió Mijaíl Strogoff.
Uno de los oficiales le puso el revólver en la sien, dispuesto a disparar.
—¿Tu nombre? —preguntó el gran duque, antes de dar la orden de aplastarle la cabeza.
—Alteza —respondió Mijaíl Strogoff—, ¡preguntadme más bien el nombre del hombre que yace a vuestros pies!
—¡A este hombre lo reconozco! ¡Es un servidor de mi hermano! ¡Es el correo del zar!
—Este hombre, Alteza, no es el correo del zar. ¡Es Iván Ogareff!
—¿¡Iván Ogareff!? —exclamó el gran duque.
—¡Sí, Iván el traidor!
—Pero tú, ¿quién eres entonces?
—¡Mijaíl Strogoff!