CAPÍTULO XIV #2
Iván Ogareff abrió la ventana de su habitación y fue a apostarse en el ángulo norte de la terraza lateral.
Debajo de él, en la oscuridad, corrían las aguas del Angara, que rugían al romperse contra las aristas de los pilares.
Iván Ogareff sacó del bolsillo una mecha, la encendió y prendió fuego a un poco de estopa impregnada de pólvora, que arrojó al río...
¡Por orden de Iván Ogareff se habían vertido torrentes de aceite mineral sobre la superficie del Angara!
Al norte de Irkutsk, en la margen derecha, entre la aldea de Poshkavsk y la ciudad, se explotaban fuentes de nafta.
Iván Ogareff había decidido emplear aquel terrible medio para llevar el incendio hasta Irkutsk.
Se apoderó, pues, de los inmensos depósitos que contenían el líquido combustible.
Bastaba con derribar un tramo de muro para provocar que se derramara a raudales.
Eso era lo que se había hecho aquella noche, unas horas antes, y por eso la balsa que transportaba al verdadero correo del zar, a Nadia y a los fugitivos flotaba sobre una corriente de aceite mineral.
A través de las brechas abiertas en aquellos depósitos, que contenían millones de metros cúbicos, la nafta se había precipitado como un torrente y, siguiendo las pendientes naturales del terreno, se había extendido por la superficie del río, donde, por ser menos densa, flotaba.
¡Así entendía Iván Ogareff la guerra! Aliado de los tártaros, actuaba como un tártaro, ¡y contra sus propios compatriotas!
La estopa había sido arrojada sobre las aguas del Angara.
En un instante, como si la corriente fuera de alcohol, todo el río se incendió, aguas arriba y aguas abajo, con una rapidez fulminante.
Volutas de llamas azuladas corrían entre ambas orillas.
Gruesas nubes de humo negro se retorcían por encima.
Los pocos témpanos que derivaban con la corriente, atrapados por el líquido incendiado, se derretían como cera sobre la superficie de un horno, y el agua convertida en vapor escapaba al aire con silbidos ensordecedores.
En ese mismo instante, estalló la fusilería al norte y al sur de la ciudad.
Las baterías del campamento del Angara dispararon a toda prisa.
Varios miles de tártaros se lanzaron al asalto de los terraplenes.
Las casas de las orillas, construidas de madera, comenzaron a arder por todas partes.
Una claridad inmensa disipó las sombras de la noche.
—¡Por fin! —dijo Iván Ogareff.
¡Y con razón podía felicitarse! La maniobra de distracción que había imaginado era terrible.
Los defensores de Irkutsk se veían entre el ataque de los tártaros y los estragos del incendio.
Sonaron las campanas, y todo aquel que se hallaba en condiciones de hacerlo acudió a los puntos atacados y a las casas devoradas por las llamas, que amenazaban con propagarse a toda la ciudad.
La puerta de Bolchaïa estaba casi desguarnecida.
Apenas habían dejado allí unos cuantos defensores.
Y, además, por inspiración del traidor, y para que el suceso pudiera explicarse al margen de él, atribuyéndolo a odios políticos, aquellos escasos defensores habían sido escogidos entre el reducido cuerpo de exiliados.
Iván Ogareff regresó a su habitación, ahora brillantemente iluminada por las llamas del Angara, que sobrepasaban la balaustrada de las terrazas. Luego se dispuso a salir.
Pero apenas había abierto la puerta cuando una mujer irrumpió en la habitación, con las ropas empapadas y el cabello en desorden.
—¡Sangarre! —exclamó Iván Ogareff en un primer momento de sorpresa, sin imaginar que pudiera tratarse de otra mujer que no fuera la gitana.
No era Sangarre, sino Nadia.
En el momento en que la joven, refugiada sobre el témpano, lanzó un grito al ver que el incendio se propagaba con la corriente del Angara, Mijaíl Strogoff la tomó en brazos y se sumergió con ella para buscar, en las mismas profundidades del río, un refugio contra las llamas.
Ya sabemos que el témpano que los transportaba se encontraba entonces a apenas unas treinta brazas del primer muelle, aguas arriba de Irkutsk.
Después de nadar bajo el agua, Mijaíl Strogoff consiguió llegar con Nadia hasta el muelle.
¡Mijaíl Strogoff tocaba por fin la meta! ¡Estaba en Irkutsk!
—¡Al palacio del gobernador! —dijo a Nadia.
Menos de diez minutos después, ambos llegaban a la entrada de aquel palacio, cuyas largas llamas del Angara lamían los cimientos de piedra, aunque el incendio no podía alcanzarlo.
Más allá, todas las casas de la orilla ardían.
Mijaíl Strogoff y Nadia entraron sin dificultad en aquel palacio, abierto a todo el mundo. En medio de la confusión general, nadie reparó en ellos, aunque llevaban las ropas empapadas.
Una multitud de oficiales que acudían a buscar órdenes y de soldados que corrían a ejecutarlas atestaba la gran sala de la planta baja. Allí, Mijaíl Strogoff y la joven, en un brusco remolino de aquella multitud enloquecida, quedaron separados.
Nadia corría, fuera de sí, por las salas bajas, llamando a su compañero y pidiendo que la llevaran ante el gran duque.
Una puerta que daba a una habitación inundada de luz se abrió ante ella. Entró y se encontró inesperadamente frente a aquel a quien había visto en Ichim, a quien había visto en Tomsk, frente a aquel cuya mano criminal, un instante después, iba a entregar la ciudad.
—¡Iván Ogareff! —exclamó.
Al oír pronunciar su nombre, el miserable se estremeció. Al quedar descubierto su verdadero nombre, todos sus planes se venían abajo. Solo tenía una cosa que hacer: matar a aquel ser, fuera quien fuese, que acababa de pronunciarlo.
Iván Ogareff se abalanzó sobre Nadia; pero la joven, con un cuchillo en la mano, se apoyó contra la pared, decidida a defenderse.
—¡Iván Ogareff! —gritó de nuevo Nadia, sabiendo muy bien que aquel nombre odiado haría acudir en su auxilio.
—¡Ah! ¡Te callarás! —dijo el traidor.
—¡Iván Ogareff! —gritó por tercera vez la intrépida joven, con una voz cuya fuerza había multiplicado el odio.
Loco de furia, Iván Ogareff sacó un puñal del cinturón, se lanzó sobre Nadia y la acorraló en un ángulo de la sala.
Todo estaba perdido para ella cuando aquel miserable, levantado de pronto por una fuerza irresistible, salió despedido y fue a caer al suelo.
—¡Mijaíl! —exclamó Nadia.
Era Mijaíl Strogoff.
Mijaíl Strogoff había oído la llamada de Nadia. Guiado por su voz, había llegado hasta la habitación de Iván Ogareff y había entrado por la puerta que había quedado abierta.
—No temas nada, Nadia —dijo, colocándose entre ella e Iván Ogareff.