CAPÍTULO X #2
Al amanecer, la balsa, retrasada por una brisa bastante violenta que contrariaba la acción de la corriente, se encontraba todavía a cuarenta verstas de la desembocadura del Angará.
Muy probablemente, no podría alcanzarla antes de las tres o las cuatro de la tarde.
No era un inconveniente; al contrario, los fugitivos descenderían entonces por el río durante la noche, y la oscuridad debía favorecer su llegada a Irkutsk.
La única preocupación que manifestó varias veces el viejo barquero tenía que ver con la formación de hielo en la superficie de las aguas.
La noche había sido extremadamente fría.
Se veían numerosos trozos de hielo desplazándose hacia el oeste, impulsados por el viento.
Aquellos no eran de temer, puesto que no podían derivar hacia el Angará, cuya desembocadura ya habían dejado atrás.
Pero había que pensar que los que procedían de las zonas orientales del lago podían ser arrastrados por la corriente y entrar entre las dos orillas del río.
De ahí podían surgir dificultades, retrasos y quizá incluso un obstáculo insuperable que detuviera la balsa.
Miguel Strogoff tenía, por tanto, un interés enorme en saber en qué estado se encontraba el lago y si aparecían grandes cantidades de hielo. Nadia estaba despierta, y él la interrogaba a menudo; ella le daba cuenta de todo cuanto sucedía en la superficie de las aguas.
Mientras los trozos de hielo derivaban de aquel modo, se producían curiosos fenómenos en la superficie del Baikal.
Eran magníficos surtidores de agua hirviendo, procedentes de algunos de aquellos pozos artesianos que la naturaleza ha perforado en el propio lecho del lago.
Estos chorros se elevaban a gran altura y se deshacían en vapores, irisados por los rayos del sol, que el frío condensaba casi al instante.
Aquel curioso espectáculo habría maravillado sin duda la mirada de un turista que hubiera viajado en plena paz y por placer por aquel mar siberiano.
A las cuatro de la tarde, el viejo barquero señaló la desembocadura del Angará entre las altas rocas graníticas de la orilla. En la ribera derecha se divisaba el pequeño puerto de Livenitchnaia, con su iglesia y sus escasas casas construidas sobre la orilla.
Pero, circunstancia muy grave, los primeros hielos, procedentes del este, ya derivaban entre las orillas del Angará y, por consiguiente, descendían hacia Irkutsk. Sin embargo, su número todavía no podía ser suficiente para obstruir el río, ni el frío era aún bastante intenso para aglomerarlos.
La balsa llegó al pequeño puerto y allí se detuvo.
El viejo barquero había decidido hacer una escala de una hora para efectuar algunas reparaciones indispensables.
Los troncos, que se habían separado, amenazaban con desunirse, y era necesario volver a unirlos con mayor solidez para resistir la corriente del Angará, que es muy rápida.
Durante la estación favorable, el puerto de Livenitchnaia es un lugar de embarque y desembarque para los viajeros del lago Baikal, tanto si se dirigen a Kiakhta, última ciudad de la frontera ruso-china, como si regresan de ella.
Por eso, los barcos de vapor y todas las pequeñas embarcaciones de cabotaje del lago lo frecuentan mucho.
Pero, en aquel momento, Livenitchnaia estaba abandonada.
Sus habitantes no habían podido permanecer expuestos a las depredaciones de los tártaros, que recorrían ahora ambas orillas del Angará.
Habían enviado a Irkutsk la flotilla de barcos y barcas que normalmente pasa el invierno en su puerto y, cargando con todo lo que podían llevarse, se habían refugiado a tiempo en la capital de la Siberia oriental.
El viejo barquero no esperaba, pues, recoger nuevos fugitivos en el puerto de Livenitchnaia; sin embargo, en el momento en que la balsa atracaba, dos pasajeros salieron de una casa abandonada y corrieron a toda prisa hacia la orilla.
Nadia, sentada en la popa, miraba distraídamente.
Un grito estuvo a punto de escapársele. Cogió la mano de Miguel Strogoff, que, ante aquel movimiento, levantó la cabeza.
—¿Qué te pasa, Nadia? —preguntó.
—Nuestros dos compañeros de viaje, Miguel.
—¿Aquel francés y aquel inglés que encontramos en los desfiladeros de los Urales?
—Sí.
Miguel Strogoff se estremeció, pues corría el riesgo de quedar al descubierto el anonimato que se había empeñado en mantener.
En efecto, ya no era Nicolás Korpanoff a quien Alcide Jolivet y Harry Blount iban a reconocer en él, sino al verdadero Miguel Strogoff, correo del zar.
Los dos periodistas ya se habían encontrado con él dos veces desde su separación en la posta de Ichim: la primera, en el campamento de Zabédiero, cuando de un golpe de knut le abrió la cara a Iván Ogariov; la segunda, en Tomsk, cuando fue condenado por el emir.
Por tanto, sabían perfectamente quién era y cuál era su verdadera condición.
Miguel Strogoff tomó rápidamente una decisión.
—Nadia —dijo—, en cuanto ese francés y ese inglés estén a bordo, ruégales que vengan junto a mí.
Eran, en efecto, Harry Blount y Alcide Jolivet, a quienes no el azar, sino la fuerza de los acontecimientos, había conducido al puerto de Livenitchnaia, del mismo modo que allí había llevado a Miguel Strogoff.
Como sabemos, después de asistir a la entrada de los tártaros en Tomsk, habían partido antes de la salvaje ejecución que puso fin a la fiesta. No dudaban de que su antiguo compañero de viaje hubiera sido ejecutado, e ignoraban que había sido cegado por orden del emir.
Así pues, tras procurarse unos caballos, habían abandonado Tomsk aquella misma noche, decididos firmemente a fechar en adelante sus crónicas desde los campamentos rusos de la Siberia oriental.
Alcide Jolivet y Harry Blount se dirigieron a marchas forzadas hacia Irkutsk.
Esperaban adelantarse a Féofar-Khan, y sin duda lo habrían conseguido de no haber aparecido inesperadamente aquella tercera columna, llegada de las regiones del sur por el valle del Yeniséi.
Al igual que Miguel Strogoff, quedaron cortados antes incluso de poder alcanzar el Dinka.
De ahí la necesidad de regresar hasta el lago Baikal.
Cuando llegaron a Livenitchnaia, encontraron el puerto ya desierto. Por otra parte, les era imposible entrar en Irkutsk, que estaba siendo sitiada por los ejércitos tártaros. Llevaban, pues, tres días allí, en una situación muy apurada, cuando llegó la balsa.
Entonces les comunicaron el propósito de los fugitivos. Sin duda había posibilidades de que pudieran pasar inadvertidos durante la noche y penetrar en Irkutsk. Decidieron, por tanto, intentarlo.