CAPÍTULO VIII #2
Durante aquellos dos días, Nicolás no había conseguido recuperar su buen humor habitual.
El mal presagio le había afectado mucho más de lo que podría creerse y él, que hasta entonces jamás había permanecido una hora sin hablar, caía a veces en largos silencios de los que Nadia tenía dificultades para sacarlo.
Aquellos síntomas eran verdaderamente los de un espíritu profundamente impresionado, y esto se explica cuando se trata de hombres pertenecientes a las razas del Norte, cuyos antepasados supersticiosos fueron los fundadores de la mitología hiperbórea.
A partir de Ekaterimburgo, el camino de Irkutsk sigue casi paralelamente el quincuagésimo quinto grado de latitud, pero, al salir de Biriousinsk, se desvía decididamente hacia el sudeste, de modo que corta oblicuamente el meridiano cien.
Toma el camino más corto para alcanzar la capital de Siberia Oriental, atravesando las últimas estribaciones de los montes Sayanes.
Estas montañas no son, a su vez, más que una prolongación de la gran cordillera del Altái, visible a una distancia de doscientas verstas.
La kibitka avanzaba, pues, por aquel camino.
¡Sí, avanzaba a toda prisa! Bien se advertía que Nicolás ya no pensaba en ahorrar las fuerzas de su caballo y que él también tenía ahora prisa por llegar.
A pesar de toda su resignación, teñida de cierto fatalismo, no se sentiría a salvo hasta encontrarse dentro de las murallas de Irkutsk.
Muchos rusos habrían pensado como él, y más de uno, volviendo las riendas de su caballo, habría regresado después de que una liebre se cruzara en su camino.
Sin embargo, algunas observaciones que hizo, y cuya exactitud Nadia comprobó al transmitírselas a Miguel Strogoff, permitían pensar que quizá la serie de pruebas aún no había terminado para ellos.
En efecto, si desde Krasnoiarsk el territorio había conservado intactos sus recursos naturales, ahora los bosques mostraban las huellas del fuego y del hierro; las praderas que se extendían a ambos lados del camino estaban devastadas, y era evidente que alguna tropa numerosa había pasado por allí.
A treinta verstas de Nizhni-Udinsk, los indicios de una devastación reciente ya no podían pasar inadvertidos, y era imposible atribuirlos a otros que no fueran los tártaros.
En efecto, ya no se trataba únicamente de campos pisoteados por los cascos de los caballos ni de bosques heridos por el hacha.
Las pocas casas dispersas a lo largo del camino no solo estaban vacías: unas habían sido parcialmente demolidas; otras, medio incendiadas.
En sus paredes podían verse impactos de bala.
Es fácil imaginar la inquietud de Miguel Strogoff.
Ya no podía dudar de que un contingente de tártaros hubiera atravesado recientemente aquella parte del camino y, sin embargo, era imposible que fueran soldados del emir, pues no habrían podido adelantársele sin que él lo hubiera advertido.
Pero entonces, ¿quiénes eran aquellos nuevos invasores y por qué camino apartado de la estepa habían conseguido alcanzar la gran ruta de Irkutsk?
¿Con qué nuevos enemigos iba a encontrarse todavía el correo del zar?
Miguel Strogoff no comunicó aquellos temores ni a Nicolás ni a Nadia, pues no quería inquietarlos. Además, estaba decidido a continuar el viaje mientras no se interpusiera ante él un obstáculo insalvable. Más adelante ya vería qué convenía hacer.
Durante la jornada siguiente, las huellas del paso reciente de una importante tropa de jinetes y soldados de infantería se hicieron cada vez más evidentes.
Se divisaron columnas de humo sobre el horizonte.
La kibitka avanzó con precaución. Algunas casas de las aldeas abandonadas todavía ardían y, sin duda, el incendio no había sido provocado más de veinticuatro horas antes.
Finalmente, durante la jornada del 8 de septiembre, la kibitka se detuvo. El caballo se negaba a avanzar. Serko ladraba lastimeramente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Miguel Strogoff.
—¡Un cadáver! —respondió Nicolás, que saltó de la kibitka.
Aquel cadáver era el de un mujik, horriblemente mutilado y ya frío.
Nicolás se santiguó. Luego, con ayuda de Miguel Strogoff, trasladó el cadáver hasta el terraplén del camino. Habría querido darle una sepultura digna, enterrarlo profundamente, para que las fieras de la estepa no pudieran ensañarse con sus miserables restos, pero Miguel Strogoff no le dio tiempo.
—¡Partamos, amigo, partamos! —exclamó—. ¡No podemos retrasarnos ni una hora!
Y la kibitka reanudó la marcha.
Además, si Nicolás hubiera querido rendir los últimos honores a todos los muertos que iba a encontrar a partir de entonces en la gran ruta siberiana, ¡no habría podido dar abasto! En las proximidades de Nizhni-Udinsk, los cadáveres aparecían por docenas, tendidos en el suelo.
Había que seguir, sin embargo, por aquel camino hasta que resultara manifiestamente imposible hacerlo sin caer en manos de los invasores.
No se modificó, pues, el itinerario y, aun así, las devastaciones y las ruinas se acumulaban en cada aldea.
Todos aquellos pueblos, cuyos nombres indicaban que habían sido fundados por exiliados polacos, habían sido entregados a los horrores del saqueo y del incendio.
La sangre de las víctimas ni siquiera se había coagulado por completo.
En cuanto a saber en qué circunstancias acababan de producirse aquellos funestos acontecimientos, era imposible.
No quedaba un solo ser vivo que pudiera contarlo.
Aquel día, hacia las cuatro de la tarde, Nicolás señaló en el horizonte los altos campanarios de las iglesias de Nizhni-Udinsk. Estaban coronados por grandes volutas de vapor que no debían de ser nubes.
Nicolás y Nadia observaban y comunicaban a Miguel Strogoff el resultado de sus observaciones. Había que tomar una decisión. Si la ciudad estaba abandonada, podían atravesarla sin peligro; pero, si por algún movimiento inexplicable los tártaros la ocupaban, debían rodearla a toda costa.
—Avancemos con prudencia —dijo Miguel Strogoff—, pero avancemos.
Recorrieron todavía una versta.
—¡No son nubes, son humos! —exclamó Nadia—. ¡Hermano, están incendiando la ciudad!
En efecto, era demasiado evidente. Unos resplandores humeantes aparecían entre los vapores.
Aquellos remolinos se hacían cada vez más espesos y ascendían hacia el cielo.
No aparecía ningún fugitivo. Era probable que los incendiarios hubieran encontrado la ciudad abandonada y la estuvieran quemando.
Pero ¿eran tártaros los que actuaban así?
¿Eran rusos que obedecían las órdenes del gran duque?
¿Había querido el gobierno del zar que, desde Krasnoiarsk, desde el Yeniséi, ninguna ciudad, ninguna aldea pudiera ofrecer refugio a los soldados del emir?
En cuanto a Miguel Strogoff, ¿debía detenerse o continuar su camino?
Estaba indeciso. Sin embargo, después de sopesar los pros y los contras, pensó que, por grandes que fueran las fatigas de un viaje a través de la estepa, sin camino trazado, no debía correr el riesgo de caer por segunda vez en manos de los tártaros.
Se disponía, pues, a proponer a Nicolás que abandonaran el camino y, si era absolutamente necesario, no lo retomaran hasta haber rodeado Nizhni-Udinsk, cuando un disparo resonó a la derecha.
Una bala silbó y el caballo de la kibitka, alcanzado en la cabeza, cayó muerto.
En el mismo instante, una docena de jinetes se lanzó sobre el camino y rodeó la kibitka. Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás, sin haber tenido siquiera tiempo de reconocerse entre sí, fueron hechos prisioneros y conducidos rápidamente hacia Nizhni-Udinsk.
Miguel Strogoff no había perdido la sangre fría durante aquel ataque repentino.
Como no había podido ver a sus enemigos, ni siquiera había pensado en defenderse.
Aunque hubiera podido ver, tampoco lo habría intentado.
Habría sido correr de cabeza hacia una matanza.
Pero, si no veía, podía escuchar lo que decían y comprenderlo.
En efecto, por su manera de hablar reconoció que aquellos soldados eran tártaros y, por sus palabras, comprendió que iban por delante del ejército invasor.
Esto es lo que Miguel Strogoff llegó a saber, tanto por las conversaciones que se mantuvieron en su presencia en aquel momento como por los fragmentos de conversaciones que captó más tarde.
Aquellos soldados no estaban directamente a las órdenes del emir, que todavía permanecía detrás del Yeniséi.
Formaban parte de una tercera columna, compuesta especialmente por tártaros de los kanatos de Kokand y Kunduz, con la que el ejército de Féofar debía unirse próximamente en las proximidades de Irkutsk.