CAPÍTULO VI #2
—Es una carreta. La conduce un joven.
—¿Está solo?
—Solo.
Miguel Strogoff vaciló un instante. ¿Debía esconderse?
¿Debía, por el contrario, probar suerte e intentar encontrar un sitio en aquel vehículo, si no para él, al menos para ella?
Él se contentaría con apoyarse con una mano en la carreta, la empujaría si fuera necesario, pues sus piernas aún estaban lejos de faltarle; pero comprendía bien que Nadia, que llevaba más de ocho días recorriendo a pie el camino desde que había cruzado el Obi, estaba al límite de sus fuerzas.
Esperó.
La carreta llegó pronto a la curva del camino.
Era un vehículo muy destartalado, que a duras penas podía contener a tres personas, y que en el país llamaban una kibitka.
Por lo general, la kibitka va tirada por tres caballos, pero aquella solo era arrastrada por un caballo de largo pelaje y larga cola, cuya sangre mongola le daba vigor y valor.
Un joven la conducía, con un perro a su lado.
Nadia reconoció que aquel joven era ruso.
Tenía un rostro dulce y flemático que inspiraba confianza.
Además, no parecía tener la menor prisa.
Avanzaba con paso tranquilo, para no forzar a su caballo, y, al verlo, jamás se habría creído que recorría un camino que los tártaros podían cortar de un momento a otro.
Nadia, sujetando a Miguel Strogoff de la mano, se había apartado a un lado.
La kibitka se detuvo y el conductor miró a la joven con una sonrisa.
—Y ¿adónde van ustedes así? —le preguntó, con los ojos muy abiertos y una expresión afable.
Al oír aquella voz, Miguel Strogoff se dijo que la había oído en alguna parte. Y, sin duda, aquella voz bastó para hacerle reconocer al conductor de la kibitka, pues su frente se serenó de inmediato.
—Bueno, ¿adónde van? —repitió el joven, dirigiéndose esta vez más directamente a Miguel Strogoff.
—Vamos a Irkutsk —respondió este.
—¡Oh, padrecito! ¿No sabes que todavía quedan muchas verstas y más verstas hasta Irkutsk?
—Lo sé.
—¿Y vas a pie?
—A pie.
—Tú puedes; pero ¿y la señorita?...
—Es mi hermana —dijo Miguel Strogoff, que juzgó prudente volver a dar este nombre a Nadia.
—Sí, tu hermana, ¡padrecito! Pero créeme, ¡ella jamás llegará a Irkutsk!
—Amigo —respondió Miguel Strogoff acercándose—, los tártaros nos han despojado de todo y no tengo ni un kopek que ofrecerte; pero, si quieres llevar a mi hermana contigo, yo seguiré tu carreta a pie, correré si es preciso, no te retrasaré ni una hora...
—¡Hermano! —exclamó Nadia—. ¡No quiero... no quiero! —Se volvió hacia él—. ¡Señor, mi hermano es ciego!
—¡Ciego! —respondió el joven con voz emocionada.
—¡Los tártaros le han quemado los ojos! —respondió Nadia, tendiendo las manos como para implorar su compasión.
—¿Le han quemado los ojos? ¡Oh, pobre padrecito! Yo voy a Krasnoiarsk. Pues bien, ¿por qué no subirías con tu hermana a la kibitka? Si nos apretamos un poco, cabremos los tres. Además, mi perro no se negará a ir a pie. Eso sí, yo no voy deprisa, para no forzar a mi caballo.
—Amigo, ¿cómo te llamas? —preguntó Miguel Strogoff.
—Me llamo Nicolás Pigassof.
—Es un nombre que ya no olvidaré —respondió Miguel Strogoff.
—Pues bien, sube, padrecito ciego. Tu hermana estará contigo, al fondo de la carreta; yo, delante, para conducir. En el fondo hay buena corteza de abedul y paja de cebada. Es como un nido. ¡Vamos, Serko, déjanos sitio!
El perro bajó sin hacerse de rogar. Era un animal de raza siberiana, de pelo gris, de tamaño mediano, con una buena y gruesa cabeza de expresión afectuosa, y parecía estar muy unido a su amo.
Miguel Strogoff y Nadia quedaron instalados en la kibitka en un instante. Miguel Strogoff había tendido las manos, como para buscar las de Nicolás Pigassof.
—¡Son mis manos las que quieres estrechar! —dijo Nicolás—. ¡Aquí están, padrecito! ¡Apriétalas todo lo que quieras!
La kibitka se puso de nuevo en marcha. El caballo, al que Nicolás nunca azotaba, marchaba al amblar. Si Miguel Strogoff no iba a ganar en rapidez, al menos se ahorrarían nuevas fatigas a Nadia.
Y tal era el agotamiento de la joven que, mecida por el movimiento monótono de la kibitka, cayó pronto en un sueño que se parecía a una completa postración.
Miguel Strogoff y Nicolás la acostaron lo mejor que pudieron sobre el follaje de abedul.
El compasivo joven estaba profundamente conmovido, y si ninguna lágrima escapó de los ojos de Miguel Strogoff, en verdad fue porque el hierro incandescente había quemado la última.
—Es buena —dijo Nicolás.
—Sí —respondió Miguel Strogoff.
—Quiere hacerse la fuerte, padrecito; eso es valiente, pero, en el fondo, estas muchachas son débiles. ¿Vienen ustedes de muy lejos?
—De muy lejos.
—¡Pobres jóvenes! Debió de dolerte mucho cuando te quemaron los ojos.
—Mucho —respondió Miguel Strogoff, volviéndose como si pudiera ver a Nicolás.
—¿No lloraste?
—Sí.
—Yo también habría llorado. ¡Pensar que ya no volveremos a ver a quienes amamos! Pero, en fin, ellos sí los ven a ustedes. ¡Quizá sea un consuelo!
—Sí, quizá.
—Dime, amigo —preguntó Miguel Strogoff—, ¿no me has visto alguna vez en alguna parte?
—¿Tú, padrecito? No, nunca.
—Es que el sonido de tu voz no me resulta desconocido.
—¡Ya lo ve! —respondió Nicolás sonriendo—. ¡Reconoce el sonido de mi voz! Quizá me lo preguntas para saber de dónde vengo. Oh, pues te lo diré. Vengo de Kolyván.