MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

¡MIRA CON TODOS TUS OJOS, MIRA!

Miguel Strogoff, con las manos atadas, fue retenido frente al trono del emir, al pie de la terraza.

Su madre, vencida por fin por tantos sufrimientos físicos y morales, se había desplomado, sin atreverse ya a mirar, sin atreverse ya a escuchar.

—¡Mira con todos tus ojos! ¡Mira! —había dicho Féofar-Khan, extendiendo su mano amenazadora hacia Miguel Strogoff.

Sin duda, Iván Ogareff, conocedor de las costumbres tártaras, había comprendido el alcance de aquellas palabras, pues sus labios se habían entreabierto por un instante en una sonrisa cruel. Después fue a colocarse junto a Féofar-Khan.

Enseguida se oyó un toque de trompetas. Era la señal de los festejos.

—Aquí está el ballet —dijo Alcide Jolivet a Harry Blount—, pero, contra todos los usos, ¡estos bárbaros lo ofrecen antes del drama!

Miguel Strogoff tenía orden de mirar. Miró.

Una nube de bailarinas irrumpió entonces en la plaza.

Diversos instrumentos tártaros —la «doutare», una mandolina de largo mástil de madera de morera, con dos cuerdas de seda retorcida y afinadas por cuartas; el «kobize», una especie de violonchelo abierto por su parte delantera, provisto de crines de caballo que el arco hacía vibrar; la «tschibyzga», una larga flauta de caña—, junto con trompetas, panderos y tam-tams, unidos a las voces guturales de los cantores, formaban una extraña armonía.

A ello había que añadir también los acordes de una orquesta aérea, compuesta por una docena de cometas que, tensadas por cuerdas en su parte central, resonaban bajo la brisa como arpas eólicas.

Enseguida comenzaron las danzas.

Todas aquellas bailarinas eran de origen persa.

No eran esclavas y ejercían libremente su profesión.

Antaño figuraban oficialmente en las ceremonias de la corte de Teherán; pero, desde el advenimiento al trono de la familia reinante, desterradas o poco menos del reino, habían tenido que buscar fortuna en otra parte.

Vestían el traje nacional y lucían joyas en abundancia.

Pequeños triángulos de oro y largos pendientes se balanceaban en sus orejas; círculos de plata con incrustaciones de niel se enroscaban alrededor de sus cuellos; brazaletes formados por una doble hilera de piedras preciosas ceñían sus brazos y sus piernas; adornos colgantes, ricamente entrelazados con perlas, turquesas y cornalinas, temblaban en el extremo de sus largas trenzas.

El cinturón que les ceñía la cintura se sujetaba con una brillante hebilla semejante a la placa de las grandes cruces europeas.

Aquellas bailarinas ejecutaron con gran gracia danzas variadas, unas veces solas y otras en grupos.

Llevaban el rostro descubierto, pero de vez en cuando se echaban un ligero velo sobre la cara, y habría parecido que una nube de gasa pasaba sobre todos aquellos ojos resplandecientes, como una vaporosa bruma sobre un cielo cuajado de estrellas.

Algunas de aquellas persas llevaban cruzada una bandolera de cuero bordada de perlas, de la que colgaba una bolsita triangular, con la punta hacia abajo, que abrieron llegado cierto momento.

De aquellas bolsitas, tejidas con filigrana de oro, sacaron largas y estrechas bandas de seda escarlata, en las que estaban bordados versículos del Corán.

Aquellas bandas, que tendieron entre ellas, formaron una especie de cinturón por debajo del cual se deslizaron otras bailarinas sin interrumpir sus pasos; y, al pasar ante cada versículo, siguiendo el precepto que contenía, unas se postraban hasta tocar el suelo, mientras otras se elevaban de un ligero salto, como si fueran a ocupar su lugar entre las huríes del cielo de Mahoma.

Pero lo notable, aquello que llamó la atención de Alcide Jolivet, era que aquellas persas se mostraban más indolentes que fogosas.

Les faltaba la furia y, tanto por el género de sus danzas como por la ejecución, recordaban más a las serenas y recatadas bayaderas de la India que a las apasionadas amantes de Egipto.

Cuando terminó aquel primer espectáculo, se oyó una voz grave que decía:

—¡Mira con todos tus ojos, mira!

El hombre que repetía las palabras del emir, un tártaro de elevada estatura, era el verdugo de Féofar-Khan.

Se había colocado detrás de Miguel Strogoff y sostenía en la mano un sable de ancha hoja curva, una de aquellas hojas damasquinadas que habían sido templadas por los célebres armeros de Karschi o de Hissar.

Cerca de él, unos guardias habían llevado un trípode sobre el que reposaba un brasero donde ardían, sin producir humo alguno, algunos carbones encendidos.

El ligero vapor que los coronaba no se debía sino a la combustión de una sustancia resinosa y aromática, mezcla de olíbano y benjuí, que arrojaban sobre su superficie.

Entretanto, a las persas les sucedió inmediatamente otro grupo de bailarinas, de raza muy diferente, que Miguel Strogoff reconoció al instante.

Y había que suponer que los dos periodistas también las reconocían, pues Harry Blount dijo a su colega:

—¡Son las gitanas de Nizhni Nóvgorod!

—¡Ellas mismas! —exclamó Alcide Jolivet—. ¡Imagino que sus ojos deben reportar a estas espías más dinero que sus piernas!

Al convertirlas en agentes al servicio del emir, Alcide Jolivet, como sabemos, no se equivocaba.

En primera fila de las gitanas figuraba Sangarre, con su magnífico traje, extraño y pintoresco, que realzaba todavía más su belleza.

Sangarre no bailó, sino que se colocó, como una mimo, en medio de sus bailarinas, cuyos pasos caprichosos tenían algo de todos aquellos países que su raza recorre por Europa: Bohemia, Egipto, Italia, España.

Se animaban al son de los címbalos que repiqueteaban en sus brazos y al ronco redoble de los «daïrés», una especie de panderos, cuya piel estridente raspaban con los dedos.

Sangarre, sosteniendo uno de aquellos daïrés que vibraba entre sus manos, animaba a aquella tropa de auténticas coribantes.

Entonces avanzó un gitano de no más de quince años.

Sostenía en la mano una doutare, cuyas dos cuerdas hacía vibrar con un simple roce de las uñas.

Cantó. Durante la estrofa de aquella canción de ritmo muy extraño, una bailarina se acercó a él y permaneció inmóvil, escuchándolo; pero cada vez que el estribillo volvía a los labios del joven cantor, ella reanudaba su danza interrumpida, agitando junto a él su daïré y aturdiéndolo con el repiqueteo de sus crótalos.

Después del último estribillo, las bailarinas envolvieron al gitano entre los mil repliegues de sus danzas.

En aquel momento, una lluvia de oro cayó de las manos del emir y de sus aliados, de las manos de sus oficiales de todos los grados, y al ruido de las moneditas que golpeaban los címbalos de las bailarinas se mezclaban todavía los últimos murmullos de las doutares y los panderos.

—¡Pródigos como saqueadores! —dijo Alcide Jolivet al oído de su compañero.

Y, en efecto, era dinero robado el que caía a raudales, pues, junto con los tomanes y los cequíes tártaros, llovían también los ducados y los rublos moscovitas.

Después se hizo el silencio por un instante, y la voz del verdugo, posando su mano sobre el hombro de Miguel Strogoff, repitió aquellas palabras, que su reiteración hacía cada vez más siniestras:

—¡Mira con todos tus ojos, mira!

Pero esta vez Alcide Jolivet observó que el verdugo ya no sostenía en la mano el sable desnudo.

Entretanto, el sol descendía ya por debajo del horizonte.

Una semioscuridad comenzaba a invadir el fondo del paisaje.

La masa de cedros y pinos se hacía cada vez más negra, y las aguas del Tom, oscurecidas a lo lejos, se confundían con las primeras brumas.

La sombra no tardaría en deslizarse hasta la meseta que dominaba la ciudad.

Pero, en aquel instante, varios cientos de esclavos, portando antorchas encendidas, invadieron la plaza.

Guiadas por Sangarre, gitanas y persas reaparecieron ante el trono del emir y, por contraste, hicieron resaltar sus danzas, de géneros tan diferentes.

Los instrumentos de la orquesta tártara se desataron en una armonía aún más salvaje, acompañada por los gritos guturales de los cantores.

Las cometas, que habían sido devueltas al suelo, reanudaron su vuelo, elevando toda una constelación de linternas multicolores, y, bajo la brisa más fresca, sus arpas vibraron con mayor intensidad en medio de aquella iluminación aérea.

Después, un escuadrón de tártaros, con su uniforme de guerra, vino a mezclarse con las danzas, cuya furia iba en aumento, y entonces comenzó una fantasía ejecutada a pie que produjo el efecto más extraño.

Aquellos soldados, armados con sables desnudos y largas pistolas, mientras ejecutaban una especie de acrobacia, hicieron resonar el aire con detonaciones atronadoras, con descargas continuas que se destacaban sobre el redoble de los panderos, el ronco sonido de los daïrés y el chirrido de las doutares.

Sus armas, cargadas con una pólvora coloreada, al modo chino, mediante algún ingrediente metálico, lanzaban largas ráfagas rojas, verdes y azules, y entonces habría parecido que todos aquellos grupos se agitaban en medio de un fuego artificial.

En ciertos aspectos, aquel espectáculo recordaba la cíbística de los antiguos, una especie de danza militar cuyos corifeos maniobraban entre puntas de espadas y puñales, y es posible que aquella tradición hubiera sido legada a los pueblos del Asia Central; pero esta cíbística tártara resultaba aún más extraña por aquellos fuegos de colores que serpenteaban sobre las bailarinas, cuyo atavío de lentejuelas se cubría de puntos incandescentes.

Era como un caleidoscopio de chispas, cuyas combinaciones variaban hasta el infinito con cada movimiento de las bailarinas.