CAPÍTULO IV #3
La vieja siberiana, siempre enérgica cuando solo se trataba de ella, tenía el rostro horriblemente pálido.
Presentía alguna escena terrible. No era sin motivo que su hijo había sido conducido ante el emir.
Por eso temblaba por él. Iván Ogareff, herido públicamente por aquel knout que se había alzado sobre ella, no era hombre que perdonara, y su venganza sería implacable.
Sin duda, algún suplicio espantoso, de los que eran familiares a los bárbaros del Asia Central, aguardaba a Miguel Strogoff.
Si Iván Ogareff lo había perdonado cuando sus soldados se habían arrojado sobre él, era porque sabía muy bien lo que hacía al reservarlo para la justicia del emir.
Además, ni la madre ni el hijo habían podido hablarse desde la funesta escena del campamento de Zabédiero.
Los habían separado despiadadamente. ¡Qué cruel agravamiento de sus desdichas, pues habría sido un alivio para ellos estar juntos durante aquellos pocos días de cautiverio!
Marfa Strogoff habría querido pedir perdón a su hijo por todo el mal que involuntariamente le había causado, pues se acusaba de no haber podido dominar sus sentimientos maternales.
Si hubiera sabido contenerse en Omsk, en aquella casa de postas, cuando se encontró frente a frente con él, Miguel Strogoff habría pasado sin ser reconocido, ¡y cuántas desgracias se habrían evitado!
Y, por su parte, Miguel Strogoff pensaba que, si su madre estaba allí, si Iván Ogareff la había puesto en su presencia, era para que sufriera al verlo sufrir, ¡quizá también porque a ella, lo mismo que a él, le estuviera reservada alguna muerte espantosa!
En cuanto a Nadia, se preguntaba qué podría hacer para salvarlos a los dos, cómo acudir en ayuda del hijo y de la madre.
No sabía qué imaginar, pero sentía vagamente que, ante todo, debía evitar llamar la atención sobre sí misma, que tenía que ocultarse, hacerse pequeña.
Quizá así pudiera ir royendo las mallas que aprisionaban al león.
En cualquier caso, si se le ofrecía alguna ocasión de actuar, actuaría, aunque tuviera que sacrificarse por el hijo de Marfa Strogoff.
Entretanto, la mayoría de los prisioneros ya había pasado ante el emir y, al hacerlo, cada uno de ellos había tenido que postrarse con la frente en el polvo, en señal de servilismo.
¡Así comenzaba la esclavitud: por la humillación!
Cuando aquellos desdichados tardaban demasiado en inclinarse, la mano ruda de los guardias los arrojaba violentamente al suelo.
Alcide Jolivet y su compañero no podían asistir a semejante espectáculo sin sentir una verdadera indignación.
—¡Es cobarde! ¡Vámonos! —dijo Alcide Jolivet.
—¡No! —respondió Harry Blount—. ¡Hay que verlo todo!
—¡Verlo todo!... ¡Ah! —exclamó de pronto Alcide Jolivet, agarrando del brazo a su compañero.
—¿Qué le pasa? —preguntó este.
—¡Mire, Blount! ¡Es ella!
—¿Ella?
—¡La hermana de nuestro compañero de viaje! ¡Sola y prisionera! Hay que salvarla...
—Conténgase —respondió fríamente Harry Blount—. Nuestra intervención en favor de esa joven podría perjudicarla más que ayudarla.
Alcide Jolivet, dispuesto a lanzarse, se detuvo, y Nadia, que no los había visto, medio velada por sus cabellos, pasó a su vez ante el emir sin llamar su atención.
Entretanto, después de Nadia, llegó Marfa Strogoff y, como no se arrojó con suficiente rapidez al polvo, los guardias la empujaron brutalmente.
Marfa Strogoff cayó.
Su hijo hizo un movimiento terrible que apenas pudieron contener los soldados que lo vigilaban.
Pero la vieja Marfa se levantó, y ya iban a llevársela cuando intervino Iván Ogareff:
—¡Que esta mujer se quede!
En cuanto a Nadia, fue devuelta a la multitud de prisioneros. La mirada de Iván Ogareff no se había detenido en ella.
Entonces llevaron a Miguel Strogoff ante el emir y allí permaneció de pie, sin bajar los ojos.
—¡La frente al suelo! —le gritó Iván Ogareff.
—¡No! —respondió Miguel Strogoff.
Dos guardias quisieron obligarlo a inclinarse, pero fue él quien los derribó al suelo con la fuerza de su robusta mano.
Iván Ogareff avanzó hacia Miguel Strogoff.
—¡Vas a morir! —dijo.
—Moriré —respondió orgullosamente Miguel Strogoff—, pero tu rostro de traidor, Iván, llevará para siempre la marca infamante del knout.
Ante aquella respuesta, Iván Ogareff palideció horriblemente.
—¿Quién es este prisionero? —preguntó el emir con aquella voz que resultaba tanto más amenazadora cuanto más serena era.
—Un espía ruso —respondió Iván Ogareff.
Al convertir a Miguel Strogoff en un espía, sabía que la sentencia pronunciada contra él sería terrible.
Miguel Strogoff se había abalanzado sobre Iván Ogareff.
Los soldados lo detuvieron.
Entonces el emir hizo un gesto ante el cual se inclinó toda la multitud. Después señaló con la mano el Corán, que le fue llevado. Abrió el libro sagrado y puso el dedo sobre una de sus páginas.
Era el azar o, más bien, según la creencia de aquellos orientales, Dios mismo quien iba a decidir la suerte de Miguel Strogoff.
Los pueblos del Asia Central daban a esta práctica el nombre de «fal».
Después de interpretar el sentido del versículo que el dedo del juez había tocado, aplicaban la sentencia, fuera cual fuese.
El emir había dejado el dedo apoyado sobre la página del Corán. El jefe de los ulemas se acercó entonces y leyó en voz alta un versículo que terminaba con estas palabras:
—Y ya no verá las cosas de la tierra.
—Espía ruso —dijo Féofar-Khan—, has venido para ver lo que sucede en el campamento tártaro. ¡Mira, pues, con todos tus ojos; mira!