MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

En aquel momento apareció en la terraza la primera de las mujeres de Féofar, la reina, si es que podía darse tal título a las sultanas de los Estados de Bujaría.

Pero, reina o esclava, aquella mujer, de origen persa, era admirablemente hermosa.

En contra de la costumbre mahometana y, sin duda, por capricho del emir, llevaba el rostro descubierto.

Su cabellera, dividida en cuatro trenzas, rozaba sus hombros, deslumbrantes de blancura, apenas cubiertos por un velo de seda bordado con oro, que se sujetaba por detrás a un gorro constelado de piedras preciosas de extraordinario valor.

Bajo su falda de seda azul, de anchas rayas más oscuras, caía el «zir-djameh», de gasa de seda, y, por encima de su cintura, se arrugaba el «pirahn», camisa del mismo tejido, que se abría graciosamente al subir hacia su cuello.

Pero, desde la cabeza hasta los pies, calzados con pantuflas persas, tal era la profusión de joyas —tomanes de oro ensartados en hilos de plata, rosarios de turquesas, «firouzehs» extraídos de las célebres minas del Elburz, collares de cornalinas, ágatas, esmeraldas, ópalos y zafiros—, que su corpiño y su falda parecían tejidos con piedras preciosas.

En cuanto a los miles de diamantes que centelleaban en su cuello, sus brazos, sus manos, su cintura y sus pies, millones de rublos no habrían bastado para pagar su valor y, por la intensidad de los fulgores que desprendían, se habría podido creer que, en el centro de cada uno de ellos, alguna corriente encendía un arco voltaico hecho de un rayo de sol.

El emir y los kanes desmontaron, al igual que los dignatarios que los acompañaban. Todos tomaron asiento bajo una magnífica tienda levantada en el centro de la primera terraza. Delante de la tienda, como siempre, estaba depositado el Corán sobre la mesa sagrada.

El lugarteniente de Féofar no se hizo esperar y, antes de las cinco, unas deslumbrantes fanfarrias anunciaron su llegada.

Iván Ogareff —el de la cicatriz, como ya lo llamaban—, vestido esta vez con el uniforme de oficial tártaro, llegó a caballo ante la tienda del emir.

Lo acompañaba parte de los soldados del campamento de Zabédiero, que se apostaron a ambos lados de la plaza, en cuyo centro solo quedó libre el espacio reservado para los festejos.

En el rostro del traidor se veía una ancha cicatriz que lo atravesaba oblicuamente.

Iván Ogareff presentó al emir a sus principales oficiales, y Féofar-Khan, sin abandonar la frialdad que constituía el fundamento de su dignidad, los recibió de manera que quedaran satisfechos con su acogida.

Así lo interpretaron, al menos, Harry Blount y Alcide Jolivet, los dos inseparables, asociados ahora en la caza de noticias.

Después de abandonar Zabédiero, habían llegado rápidamente a Tomsk.

Su propósito, firmemente decidido, era escabullirse de los tártaros, reunirse cuanto antes con alguna unidad rusa y, si era posible, entrar con ella en Irkutsk.

Lo que habían visto de la invasión —aquellos incendios, aquellos saqueos, aquellos asesinatos— los había repugnado profundamente, y tenían prisa por encontrarse en las filas del ejército siberiano.

Sin embargo, Alcide Jolivet había hecho ver a su colega que no podía abandonar Tomsk sin hacer algún boceto de aquella entrada triunfal de las tropas tártaras —aunque solo fuera para satisfacer la curiosidad de su prima—, y Harry Blount había decidido quedarse unas horas; pero aquella misma noche ambos debían reanudar el camino hacia Irkutsk y, bien montados, esperaban adelantarse a los exploradores del emir.

Alcide Jolivet y Harry Blount se habían mezclado, pues, con la multitud y observaban cuanto sucedía, procurando no perder ningún detalle de una fiesta que debía proporcionarles un centenar de buenas líneas para sus crónicas.

Admiraron, por tanto, a Féofar-Khan en todo su esplendor, a sus mujeres, a sus oficiales, a sus guardias y toda aquella pompa oriental de la que las ceremonias europeas no pueden dar la menor idea.

Pero apartaron la mirada con desprecio cuando Iván Ogareff se presentó ante el emir, y esperaron, no sin cierta impaciencia, a que comenzara la fiesta.

—Ya ve, querido Blount —dijo Alcide Jolivet—, hemos venido demasiado pronto, como buenos burgueses que quieren sacar partido de lo que han pagado. Todo esto no es más que un acto de apertura, y habría sido de mejor gusto llegar solo para el ballet.

—¿Qué ballet? —preguntó Harry Blount.

—¡El ballet obligatorio, pardiez! Pero creo que el telón está a punto de levantarse.

Alcide Jolivet hablaba como si estuviera en la Ópera y, sacando del estuche sus anteojos de teatro, se dispuso a observar como un entendido a «las primeras figuras de la compañía de Féofar».

Pero antes de los festejos iba a celebrarse una penosa ceremonia.

En efecto, el triunfo del vencedor no podía ser completo sin la humillación pública de los vencidos.

Por eso llevaron bajo el látigo de los soldados a varios cientos de prisioneros.

Estaban destinados a desfilar ante Féofar-Khan y sus aliados, antes de ser amontonados con sus compañeros en las cárceles de la ciudad.

Entre aquellos prisioneros figuraba en primera fila Miguel Strogoff. De acuerdo con las órdenes de Iván Ogareff, estaba especialmente vigilado por un pelotón de soldados. Su madre y Nadia estaban allí también.