CAPÍTULO IV
LA ENTRADA TRIUNFAL
Y, sin embargo, como ya se ha dicho, Tomsk no es la capital de esta importante provincia.
En Omsk residen el gobernador general de la provincia y las autoridades oficiales.
Pero Tomsk es la ciudad más importante de este territorio, que limita con los montes Altái, es decir, con la frontera china del país de los jalkas.
Por las laderas de aquellas montañas bajan sin cesar hasta el valle del Tom el platino, el oro, la plata, el cobre y el plomo aurífero.
Como el país es rico, también lo es la ciudad, pues se encuentra en el centro de una región de explotaciones muy rentables.
Por eso, el lujo de sus casas, de su mobiliario y de sus carruajes puede rivalizar con el de las grandes capitales de Europa.
Es una ciudad de millonarios, enriquecidos con el pico y la pala, y, si no tiene el honor de servir de residencia al representante del zar, se consuela contando entre sus notables al jefe de los comerciantes de la ciudad, principal concesionario de las minas del gobierno imperial.
Antaño, Tomsk pasaba por estar situada en el confín del mundo.
Quien quería llegar hasta allí tenía por delante todo un viaje.
Ahora ya no es más que un simple paseo, cuando el camino no está hollado por los invasores.
Muy pronto, incluso, se construirá el ferrocarril que deberá unirla con Perm atravesando la cordillera de los Urales.
¿Es Tomsk una ciudad hermosa? Hay que reconocer que los viajeros no están de acuerdo en este punto.
La señora de Bourboulon, que permaneció allí unos días durante su viaje de Shanghái a Moscú, la considera una localidad poco pintoresca.
A juzgar por su descripción, no es más que una ciudad insignificante, con viejas casas de piedra y ladrillo, calles muy estrechas y muy diferentes de las que suelen abrirse paso en las grandes ciudades siberianas, barrios sucios donde se amontonan sobre todo los tártaros y donde pululan tranquilos borrachos, «cuya propia embriaguez es apática, como en todos los pueblos del Norte».
El viajero Henri Russel-Killough, en cambio, se muestra absolutamente categórico en su admiración por Tomsk.
¿Se debe esto a que contempló en pleno invierno, bajo su manto de nieve, esta ciudad que la señora de Bourboulon solo visitó en verano?
Es posible, y confirmaría esa opinión según la cual ciertos países fríos solo pueden apreciarse en la estación fría, del mismo modo que ciertos países cálidos en la estación cálida.
Sea como fuere, el señor Russel-Killough afirma rotundamente que Tomsk no solo es la ciudad más hermosa de Siberia, sino también una de las más bellas del mundo, con sus casas de columnatas y peristilos, sus aceras de madera, sus calles anchas y regulares y sus quince magníficas iglesias, que se reflejan en las aguas del Tom, más ancho que cualquier río de Francia.
La verdad se encuentra entre ambas opiniones. Tomsk, que cuenta con veinticinco mil habitantes, se extiende pintorescamente por una larga colina, cuya pendiente es bastante pronunciada.
Pero la ciudad más hermosa del mundo se convierte en la más fea cuando la ocupan los invasores.
¿Quién habría querido admirarla en semejante época?
Defendida por unos cuantos batallones de cosacos de infantería, que residen allí permanentemente, no había podido resistir el ataque de las columnas del emir.
Una parte de su población, de origen tártaro, no había recibido mal a aquellas hordas, tártaras como ella, y, por el momento, Tomsk no parecía ni más rusa ni más siberiana que si hubiera sido trasladada al centro de los kanatos de Kokand o Bujará.
Era en Tomsk donde el emir iba a recibir a sus tropas victoriosas. En su honor se celebraría una fiesta con cantos, danzas y exhibiciones ecuestres, seguida de alguna ruidosa orgía.
El escenario elegido para esta ceremonia, organizada según el gusto asiático, era una vasta explanada situada en una parte de la colina que domina en unos cien pies el curso del Tom.
Todo aquel horizonte, con su larga perspectiva de casas elegantes y de iglesias de cúpulas abombadas, los numerosos meandros del río y las masas de bosque del fondo, desvanecidas en la cálida bruma, quedaba enmarcado en un admirable marco de verdor, formado por algunos soberbios grupos de pinos y cedros gigantescos.
A la izquierda de la explanada se había levantado provisionalmente, sobre amplias terrazas, una especie de deslumbrante decorado que representaba un palacio de arquitectura extravagante —sin duda, algún ejemplar de aquellos monumentos de Bujará, mitad moriscos, mitad tártaros—.
Por encima de aquel palacio, en las puntas de los minaretes que lo erizaban por todas partes, entre las altas ramas de los árboles que daban sombra a la explanada, cientos de cigüeñas domesticadas, llegadas de Bujará con el ejército tártaro, revoloteaban en círculos.
Aquellas terrazas estaban reservadas para la corte del emir, los kanes aliados suyos, los grandes dignatarios de los kanatos y los harenes de cada uno de aquellos soberanos del Turquestán.
De aquellas sultanas, que en su mayoría no eran sino esclavas compradas en los mercados de Transcaucasia y Persia, unas llevaban el rostro descubierto y otras un velo que las ocultaba de las miradas.
Todas vestían con un lujo extremo. Elegantes pellizas, cuyas mangas, recogidas hacia atrás, se unían al estilo del pouf europeo, dejaban al descubierto sus brazos desnudos, cargados de brazaletes unidos por cadenas de piedras preciosas, y sus pequeñas manos, cuyos dedos estaban teñidos con el jugo del «henneh» hasta las uñas.
Al menor movimiento de aquellas pellizas, unas de tejidos de seda, tan finos como telas de araña, otras confeccionadas con un flexible «aladja», tejido de algodón de estrechas rayas, se producía aquel frufrú tan agradable a los oídos de los orientales.
Bajo esta primera prenda brillaban faldas de brocado, que cubrían el pantalón de seda, unido un poco más arriba a unas finas botas, graciosamente escotadas y bordadas de perlas.
En aquellas mujeres a las que ningún velo ocultaba, se habrían admirado las largas trenzas que escapaban de turbantes de variados colores, los ojos admirables, los dientes magníficos, el cutis deslumbrante, realzado todavía más por la negrura de sus cejas, unidas por una ligera línea trazada con colirio, y por el sombreado de sus párpados, tocados con un poco de plombagina.
Al pie de las terrazas, resguardada bajo estandartes y oriflamas, montaba guardia la guardia personal del emir, con un sable doble y curvo al costado, un puñal a la cintura y una lanza de diez pies en la mano.
Algunos de aquellos tártaros llevaban bastones blancos; otros, enormes alabardas adornadas con borlas hechas de hilos de plata y oro.
Por todas partes, hasta los fondos de aquella vasta explanada, sobre las escarpadas pendientes cuya base bañaba el Tom, se apiñaba una multitud cosmopolita, compuesta por todos los elementos indígenas del Asia Central.
Allí estaban los uzbekos, con sus grandes gorros de piel de oveja negra, sus barbas rojas, sus ojos grises y su «arkalouk», una especie de túnica cortada a la manera tártara.
Allí se apretujaban los turcomanos, vestidos con el traje nacional: anchos pantalones de colores llamativos, con chaqueta y manto tejidos con pelo de camello, gorros rojos, cónicos o acampanados, altas botas de cuero de Rusia, el pedernal y el cuchillo suspendidos de la cintura por una correa; allí, junto a sus amos, se mostraban aquellas mujeres turcomanas, con los cabellos adornados con largos cordones de pelo de cabra, la camisa abierta bajo el «djouba», listado de azul, púrpura y verde, las piernas ceñidas con bandas de colores que se cruzaban hasta sus zuecos de cuero.
Allí también —como si todas las poblaciones de la frontera ruso-china se hubieran alzado al oír la voz del emir— se veían manchúes, afeitados en la frente y las sienes, con el cabello trenzado, largas túnicas y una faja que ceñía la cintura sobre una camisa de seda, gorros ovalados de satén color cereza, con ribete negro y flecos rojos; junto a ellos, admirables ejemplares de aquellas mujeres de Manchuria, coquetamente peinadas con flores artificiales sujetas por horquillas de oro y mariposas delicadamente posadas sobre sus negros cabellos.
Por último, mongoles, bujarianos, persas y chinos del Turquestán completaban aquella multitud convocada a la fiesta tártara.
Solo faltaban los siberianos en aquella recepción de los invasores. Los que no habían podido huir permanecían confinados en sus casas, temerosos del saqueo que Féofar-Khan quizá ordenara para poner digno término a aquella ceremonia triunfal.
No fue hasta las cuatro de la tarde cuando el emir hizo su entrada en la plaza, al son de fanfarrias, golpes de tam-tam, descargas de artillería y de fusilería.
Féofar montaba su caballo favorito, que llevaba en la cabeza un penacho de diamantes. El emir había conservado su traje de guerra. A sus lados caminaban los kanes de Kokand y Kunduz, los grandes dignatarios de los kanatos, y lo acompañaba un numeroso estado mayor.