MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO III #3
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CAPÍTULO III #3

Iván Ogareff había comprendido que, por muchas que fueran sus amenazas y por mucho que la torturaran, la indomable siberiana no hablaría.

Para descubrir al correo del zar, por tanto, no contaba con ella, sino con el propio Miguel Strogoff.

No creía posible que, cuando madre e hijo se encontraran frente a frente, algún movimiento irresistible no los delatara.

Ciertamente, si lo único que hubiera querido fuera apoderarse de la carta imperial, habría ordenado simplemente registrar a todos aquellos prisioneros; pero Miguel Strogoff podía haber destruido la carta después de leerla, y si no era reconocido, si conseguía llegar a Irkutsk, los planes de Iván Ogareff quedarían frustrados.

Así pues, el traidor no necesitaba solo la carta: necesitaba al propio portador.

Nadia lo había oído todo y ahora sabía quién era Miguel Strogoff y por qué había querido atravesar sin ser reconocido las provincias invadidas de Siberia.

Por orden de Iván Ogareff, los prisioneros desfilaron uno tras otro ante Marfa Strogoff, que permaneció inmóvil como una estatua y cuyo rostro no expresó más que la más absoluta indiferencia.

Su hijo se encontraba en las últimas filas. Cuando le llegó el turno y pasó ante su madre, Nadia cerró los ojos para no verlo.

Miguel Strogoff parecía impasible, pero las palmas de sus manos sangraban bajo las uñas, que tenía clavadas en ellas.

¡Iván Ogareff había sido vencido por madre e hijo!

Sangarre, situada junto a él, pronunció una sola palabra:

—¡El knout!

—¡Sí! —exclamó Iván Ogareff, que ya no era dueño de sí—. ¡El knout para esa vieja arpía, y hasta que muera!

Un soldado tártaro, que llevaba aquel terrible instrumento de suplicio, se acercó a Marfa Strogoff.

El knout se compone de varias correas de cuero, en cuyos extremos van sujetos unos alambres retorcidos.

Se considera que una condena a ciento veinte golpes de este látigo equivale a una condena a muerte.

Marfa Strogoff lo sabía, pero también sabía que ninguna tortura conseguiría hacerla hablar, y había sacrificado su vida.

Marfa Strogoff, sujetada por dos soldados, fue arrojada de rodillas al suelo. Le desgarraron el vestido y dejaron su espalda al descubierto. Delante de su pecho, a unas pocas pulgadas de distancia, colocaron un sable. Si cedía ante el dolor, aquella punta afilada le atravesaría el pecho.

El tártaro se quedó de pie.

Esperaba.

—¡Adelante! —dijo Iván Ogareff.

El látigo silbó en el aire...

Pero, antes de que golpeara, una mano poderosa se lo había arrancado de las manos al tártaro.

¡Miguel Strogoff estaba allí! ¡Se había lanzado al frente de aquella horrible escena! Si en la estación de postas de Ichim se había contenido cuando el látigo de Iván Ogareff lo había alcanzado, allí, ante su madre, que estaba a punto de ser azotada, no había podido dominarse.

Iván Ogareff lo había conseguido.

—¡Miguel Strogoff! —exclamó.

Luego, avanzando hacia él:

—¡Ah! —dijo—. ¿El hombre de Ichim?

—¡El mismo! —respondió Miguel Strogoff.

Y, levantando el knout, le desgarró el rostro de un latigazo a Iván Ogareff.

—¡Golpe por golpe! —dijo.

—¡Bien devuelto! —exclamó la voz de un espectador, que por fortuna se perdió entre el tumulto.

Veinte soldados se abalanzaron sobre Miguel Strogoff y estaban a punto de matarlo...

Pero Iván Ogareff, al que se le había escapado un grito de rabia y dolor, los detuvo con un gesto.

—¡Este hombre queda reservado para la justicia del emir! —dijo—. ¡Registradlo!

Encontraron sobre el pecho de Miguel Strogoff la carta con las armas imperiales, que no había tenido tiempo de destruir, y se la entregaron a Iván Ogareff.

El espectador que había pronunciado aquellas palabras, «¡Bien devuelto!», no era otro que Alcide Jolivet. Él y su colega, que se habían detenido en el campamento de Zabédiero, habían asistido a aquella escena.

—¡Pardiez! —dijo a Harry Blount—. ¡Estos hombres del norte son de armas tomar! Admita que debemos una reparación a nuestro compañero de viaje. ¡Korpanoff o Strogoff, tanto monta! ¡Qué hermosa revancha por lo de Ichim!

—Sí, revancha, desde luego —respondió Harry Blount—, pero Strogoff es hombre muerto. Por su propio bien, quizá habría sido mejor que no volviera a recordarlo.

—¿Y que dejara morir a su madre bajo el knout?

—¿Cree que con su arrebato le ha deparado mejor suerte a ella y a su hermana?

—No creo nada, no sé nada —respondió Alcide Jolivet—, salvo que yo no habría hecho otra cosa en su lugar.

¡Menuda cicatriz! ¡Eh, qué demonios! ¡De vez en cuando hay que dejar hervir la sangre!

Dios nos habría puesto agua en las venas en lugar de sangre si hubiera querido que permaneciéramos siempre y en todas partes impasibles.

—¡Un buen incidente para una crónica! —dijo Harry Blount—. ¡Si Iván Ogareff quisiera al menos comunicarnos esta carta!...

Aquella carta, después de enjugarse la sangre que le cubría el rostro, Iván Ogareff rompió su sello. La leyó y volvió a leerla detenidamente, como si quisiera empaparse bien de todo cuanto contenía.

Luego, después de dar órdenes para que Miguel Strogoff, fuertemente atado, fuera conducido a Tomsk con los demás prisioneros, tomó el mando de las tropas acampadas en Zabédiero y, al estruendo ensordecedor de tambores y trompetas, se dirigió hacia la ciudad, donde lo esperaba el emir.