CAPÍTULO III #2
Durante aquella noche, Miguel Strogoff estuvo veinte veces a punto de intentar reunirse con su madre, pero comprendió que debía resistir aquel inmenso deseo de estrecharla entre sus brazos, de volver a estrechar una vez más la mano de su joven compañera.
La menor imprudencia podía perderlo. Además, había jurado no ver a su madre...
¡no la vería, voluntariamente! Una vez llegado a Tomsk, puesto que aquella misma noche no podía escapar, se lanzaría a través de la estepa sin haber abrazado siquiera a aquellos dos seres en quienes se resumía toda su vida y a los que dejaba expuestos a tantos peligros.
Miguel Strogoff podía, por tanto, esperar que aquel nuevo encuentro en el campamento de Zabédiero no tuviera consecuencias funestas, ni para su madre ni para él.
Pero ignoraba que ciertos detalles de aquella escena, por rápida que hubiera sido, acababan de ser observados por Sangarre, la espía de Iván Ogareff.
La gitana estaba allí, a pocos pasos, en la ribera, espiando como siempre a la vieja siberiana, sin que esta lo sospechara.
No había podido ver a Miguel Strogoff, que ya había desaparecido cuando ella se volvió; pero el gesto de la madre, reteniendo a Nadia, no se le había escapado, y un destello en los ojos de Marfa acababa de revelárselo todo.
Ya no cabía duda: el hijo de Marfa Strogoff, el correo del zar, se encontraba en aquel momento en Zabédiero, entre los prisioneros de Iván Ogareff.
Sangarre no lo conocía, pero sabía que estaba allí. No intentó, por tanto, descubrirlo, algo que habría sido imposible en la oscuridad y en medio de aquella multitud.
En cuanto a espiar de nuevo a Nadia y Marfa Strogoff, tampoco tenía sentido. Era evidente que aquellas dos mujeres estarían sobre aviso, y sería imposible descubrir nada que pudiera comprometer al correo del zar.
A la gitana no le quedó, pues, más que un pensamiento: avisar a Iván Ogareff. Abandonó inmediatamente el campamento.
Un cuarto de hora después llegaba a Zabédiero y era conducida a la casa que ocupaba el teniente del emir.
Iván Ogareff recibió inmediatamente a la gitana.
—¿Qué quieres de mí, Sangarre? —le preguntó.
—El hijo de Marfa Strogoff está en el campamento —respondió Sangarre.
—¿Prisionero?
—¡Prisionero!
—¡Ah! —exclamó Iván Ogareff—. ¡Ya lo descubriré...!
—No descubrirás nada, Iván —respondió la gitana—, porque ni siquiera lo conoces.
—¡Pero tú lo conoces! ¡Lo has visto, Sangarre!
—No lo he visto, pero he visto a su madre delatarse con un movimiento que me lo ha revelado todo.
—¿No estarás equivocada?
—No estoy equivocada.
—Sabes la importancia que concedo al arresto de ese correo —dijo Iván Ogareff—.
Si la carta que le entregaron en Moscú llega a Irkutsk, si se la entrega al gran duque, el gran duque estará sobre aviso y yo no podré llegar hasta él.
¡Esa carta tengo que conseguirla a cualquier precio!
Y ahora vienes a decirme que el portador de esa carta está en mi poder.
Te lo repito, Sangarre: ¿no estarás equivocada?
Iván Ogareff había hablado con gran excitación. Su agitación demostraba la extraordinaria importancia que concedía a apoderarse de aquella carta. Sangarre no se dejó perturbar en absoluto por la insistencia con que Iván Ogareff volvía a formular su pregunta.
—No estoy equivocada, Iván —respondió.
—Pero, Sangarre, hay varios miles de prisioneros en el campamento, ¡y dices que no conoces a Miguel Strogoff!
—No —respondió la gitana, cuyo rostro reflejaba una alegría salvaje—. Yo no lo conozco, pero su madre sí lo conoce. ¡Iván, habrá que hacer hablar a su madre!
—¡Mañana hablará! —exclamó Iván Ogareff.
Luego tendió la mano a la gitana, y esta se la besó, sin que en aquel acto de respeto, habitual entre las razas del norte, hubiera nada de servil.
Sangarre regresó al campamento. Volvió junto a Nadia y Marfa Strogoff y pasó la noche observándolas a ambas.
La vieja y la joven no durmieron, aunque la fatiga las abrumaba.
Demasiadas inquietudes debían mantenerlas despiertas.
¡Miguel Strogoff estaba vivo, pero era prisionero como ellas!
¿Lo sabía Iván Ogareff? Y, si no lo sabía, ¿no acabaría por enterarse?
Nadia no podía pensar más que en que su compañero vivía, él a quien había creído muerto.
Pero Marfa Strogoff veía más allá, hacia el porvenir, y, aunque no se preocupaba por sí misma, tenía razones para temerlo todo por su hijo.
Sangarre, que se había deslizado en la oscuridad hasta situarse junto a aquellas dos mujeres, permaneció allí durante varias horas, aguzando el oído... No pudo oír nada. Por un instinto prudente, Nadia y Marfa Strogoff no intercambiaron ni una palabra.
Al día siguiente, 16 de agosto, hacia las diez de la mañana, resonaron unas brillantes fanfarrias en los límites del campamento. Los soldados tártaros se pusieron inmediatamente sobre las armas.
Iván Ogareff, después de salir de Zabédiero, llegó acompañado de un numeroso estado mayor de oficiales tártaros. Su rostro estaba más sombrío que de costumbre, y sus facciones contraídas revelaban una cólera sorda que solo esperaba una ocasión para estallar.
Miguel Strogoff, perdido entre un grupo de prisioneros, vio pasar a aquel hombre. Tuvo el presentimiento de que estaba a punto de producirse alguna catástrofe, pues Iván Ogareff sabía ya que Marfa Strogoff era la madre de Miguel Strogoff, capitán del cuerpo de correos del zar.
Iván Ogareff, llegado al centro del campamento, desmontó, y los jinetes de su escolta formaron a su alrededor un amplio círculo.
En ese momento, Sangarre se acercó y dijo:
—¡No tengo nada nuevo que decirte, Iván!
Iván Ogareff no respondió; se limitó a dar una breve orden a uno de sus oficiales.
Enseguida, unos soldados recorrieron brutalmente las filas de los prisioneros.
Aquellos desdichados, azuzados a golpes de látigo o empujados con el asta de las lanzas, tuvieron que levantarse apresuradamente y formar alrededor del campamento.
Un cuádruple cordón de soldados de infantería y jinetes, dispuesto detrás de ellos, hacía imposible cualquier intento de fuga.
Inmediatamente se hizo el silencio y, ante una señal de Iván Ogareff, Sangarre se dirigió hacia el grupo en cuyo centro se encontraba Marfa Strogoff.
La vieja siberiana la vio acercarse. Comprendió lo que iba a suceder. Una sonrisa desdeñosa apareció en sus labios. Luego se inclinó hacia Nadia y le dijo en voz baja:
—Ya no me conoces, hija mía. Pase lo que pase, por dura que sea esta prueba, ni una palabra, ni un gesto. ¡Aquí se trata de él, no de mí!
En ese momento, Sangarre, después de mirarla durante un instante, puso una mano sobre el hombro de la vieja siberiana.
—¿Qué quieres de mí? —dijo Marfa Strogoff.
—¡Ven! —respondió Sangarre.
Y, empujándola con la mano, la condujo hasta el espacio reservado frente a Iván Ogareff.
Miguel Strogoff mantenía los párpados entrecerrados para que el brillo de sus ojos no lo delatara.
Marfa Strogoff, al llegar frente a Iván Ogareff, irguió el cuerpo, cruzó los brazos y esperó.
—¿Eres realmente Marfa Strogoff? —le preguntó Iván Ogareff.
—Sí —respondió la vieja siberiana con calma.
—¿Te retractas de lo que me respondiste cuando, hace tres días, te interrogué en Omsk?
—No.
—Entonces, ¿ignoras que tu hijo, Miguel Strogoff, correo del zar, pasó por Omsk?
—Lo ignoro.
—Y el hombre que creíste reconocer como tu hijo en la estación de postas, ¿no era él?, ¿no era tu hijo?
—No era mi hijo.
—Y desde entonces, ¿no lo has visto entre estos prisioneros?
—No.
—Y si te lo mostraran, ¿lo reconocerías?
—No.
Ante aquella respuesta, que demostraba una resolución inquebrantable de no confesar nada, un murmullo recorrió la multitud.
Iván Ogareff no pudo contener un gesto amenazador.
—Escucha —dijo a Marfa Strogoff—. Tu hijo está aquí y vas a señalarlo inmediatamente.
—No.
—Todos estos hombres, apresados en Omsk y en Kolyván, pasarán uno tras otro ante tus ojos, y si no señalas a Miguel Strogoff, recibirás tantos golpes de knout como hombres hayan pasado ante ti.