MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO II #2
56%

CAPÍTULO II #2

—¿Y qué consejo te inspira tu entrega a la causa tártara? —preguntó el emir, después de unos instantes de silencio.

—Mi consejo —respondió vivamente Iván Ogareff— es marchar al encuentro del sol.

¡Es dar a devorar a los caballos turcomanos la hierba de las estepas orientales!

¡Es tomar Irkutsk, la capital de las provincias orientales, y, con ella, al rehén cuya posesión vale por toda una región!

¡Es preciso que, a falta del zar, el gran duque, su hermano, caiga en tus manos!

Ese era el resultado supremo que perseguía Iván Ogareff.

Al oírlo, se le habría tomado por uno de aquellos crueles descendientes de Stepán Razin, el célebre pirata que devastó el sur de Rusia en el siglo XVIII.

Apoderarse del gran duque, golpearlo sin piedad: ¡tal era la plena satisfacción que buscaba para su odio!

Además, la toma de Irkutsk pondría inmediatamente toda Siberia oriental bajo el dominio tártaro.

—Así se hará, Iván —respondió Féofar.

—¿Cuáles son tus órdenes, Takhsir?

—Hoy mismo trasladaremos nuestro cuartel general a Tomsk.

Iván se inclinó y, seguido del housch-bégui, se retiró para hacer ejecutar las órdenes del emir.

En el momento en que iba a montar a caballo para regresar a los puestos avanzados, se produjo cierto tumulto a cierta distancia, en la parte del campamento destinada a los prisioneros.

Se oyeron gritos y estallaron dos o tres disparos de fusil.

¿Se trataba de un intento de rebelión o de fuga que iba a ser reprimido sumariamente?

Iván Ogareff y el housch-bégui dieron algunos pasos hacia delante y, casi inmediatamente, dos hombres a los que los soldados no podían contener aparecieron ante ellos.

El housch-bégui, sin pedir más explicaciones, hizo un gesto que equivalía a una orden de muerte, y la cabeza de aquellos dos prisioneros estaba a punto de rodar por el suelo cuando Iván Ogareff pronunció unas palabras que detuvieron el sable ya levantado sobre ellos.

El ruso había reconocido que aquellos prisioneros eran extranjeros y ordenó que se los llevaran ante él.

Eran Harry Blount y Alcide Jolivet.

Desde la llegada de Iván Ogareff al campamento, habían pedido que los condujeran ante él.

Los soldados se habían negado. De ahí la lucha, el intento de fuga y los disparos de fusil que, por fortuna, no alcanzaron a los dos periodistas; pero su ejecución no se habría hecho esperar de no haber intervenido el lugarteniente del emir.

Este examinó durante unos instantes a aquellos prisioneros, que le eran absolutamente desconocidos.

Sin embargo, habían estado presentes en aquella escena de la estación de postas de Ichim en la que Iván Ogareff golpeó a Miguel Strogoff; pero el brutal viajero no había prestado atención a las personas reunidas entonces en la sala común.

Harry Blount y Alcide Jolivet, por el contrario, lo reconocieron perfectamente, y este último dijo en voz baja:

—¡Vaya! ¡Parece que el coronel Ogareff y el bruto de Ichim son la misma persona!

Después añadió al oído de su compañero:

—Exponga nuestro caso, Blount. Me hará un favor. Este coronel ruso en medio de un campamento tártaro me da asco, y, aunque gracias a él mi cabeza siga sobre mis hombros, mis ojos se apartarían con desprecio antes que mirarlo a la cara.

Y, dicho esto, Alcide Jolivet adoptó la más completa y altanera indiferencia.

¿Comprendió Iván Ogareff lo insultante que resultaba para él la actitud del prisionero? En cualquier caso, no dejó traslucir nada.

—¿Quiénes son ustedes, señores? —preguntó en ruso con un tono muy frío, pero sin su habitual rudeza.

—Dos corresponsales de periódicos ingleses y franceses —respondió lacónicamente Harry Blount.

—Sin duda tienen documentos que les permiten acreditar su identidad.

—Aquí están las cartas que nos acreditan en Rusia ante las cancillerías inglesa y francesa.

Iván Ogareff tomó las cartas que le tendía Harry Blount y las leyó atentamente. Después dijo:

—¿Solicitan autorización para seguir nuestras operaciones militares en Siberia?

—Solicitamos ser libres, eso es todo —respondió secamente el corresponsal inglés.

—Lo son, señores —respondió Iván Ogareff—, y tendré curiosidad por leer sus crónicas en el Daily Telegraph.

—Señor —replicó Harry Blount con el más imperturbable de los aplomos—, cuesta seis peniques el ejemplar, gastos de franqueo aparte.

Y, dicho esto, Harry Blount se volvió hacia su compañero, que pareció aprobar por completo su respuesta.

Iván Ogareff no pestañeó y, montando a caballo, se puso al frente de su escolta y no tardó en desaparecer entre una nube de polvo.

—Y bien, señor Jolivet, ¿qué piensa del coronel Iván Ogareff, general en jefe de las tropas tártaras? —preguntó Harry Blount.

—Pienso, querido colega —respondió Alcide Jolivet con una sonrisa—, que ese housch-bégui tuvo un gesto magnífico cuando dio la orden de cortarnos la cabeza.

Fuera cual fuese el motivo que hubiera llevado a Iván Ogareff a actuar así con los dos periodistas, lo cierto era que estos habían recuperado la libertad y podían recorrer a su antojo el escenario de la guerra.

Y, desde luego, tenían la intención de no abandonar la partida.

La especie de antipatía que antes sentían el uno por el otro había dado paso a una amistad sincera.

Las circunstancias los habían acercado y ya no pensaban separarse.

Las mezquinas cuestiones de rivalidad habían quedado definitivamente extinguidas.

Harry Blount ya no podía olvidar cuanto debía a su compañero, que, por su parte, no intentaba en absoluto recordarlo; y, en definitiva, aquel acercamiento, al facilitar sus labores periodísticas, debía redundar en beneficio de sus lectores.

—Y ahora —preguntó Harry Blount—, ¿qué vamos a hacer con nuestra libertad?

—¡Abusar de ella, pardiez! —respondió Alcide Jolivet—, e ir tranquilamente a Tomsk para ver qué ocurre allí.

—¿Hasta el momento, muy próximo, espero, en que podamos reunirnos con algún cuerpo de ejército ruso…?

—¡Como usted dice, querido Blount! ¡No hay que tartarizarse demasiado!

El mejor papel sigue correspondiendo a quienes llevan armas que civilizan, y es evidente que los pueblos del Asia central no tendrían nada que ganar y sí absolutamente todo que perder con esta invasión; pero los rusos sabrán rechazarla. ¡Solo es cuestión de tiempo!

Sin embargo, la llegada de Iván Ogareff, que acababa de devolver la libertad a Alcide Jolivet y Harry Blount, constituía, por el contrario, un grave peligro para Miguel Strogoff.

Si la casualidad hacía que el correo del zar se encontrara con Iván Ogareff, este no podría dejar de reconocerlo como el viajero al que había tratado con tanta brutalidad en la estación de postas de Ichim y, aunque Miguel Strogoff no hubiera respondido al insulto como lo habría hecho en cualquier otra circunstancia, la atención se habría fijado en él, lo que habría dificultado la ejecución de sus planes.

Ese era el lado desfavorable de la presencia de Iván Ogareff. Sin embargo, una consecuencia favorable de su llegada fue la orden de levantar el campamento aquel mismo día y trasladar el cuartel general a Tomsk.

Era la realización del deseo más ardiente de Miguel Strogoff.

Como sabemos, su intención era llegar a Tomsk confundido entre los demás prisioneros, es decir, sin correr el riesgo de caer en manos de los exploradores que pululaban en las inmediaciones de aquella importante ciudad.

Sin embargo, a raíz de la llegada de Iván Ogareff y por temor a ser reconocido por él, tuvo que preguntarse si no sería preferible renunciar a aquel primer proyecto e intentar huir durante el viaje.

Miguel Strogoff estaba a punto, sin duda, de decidirse por esta última opción cuando supo que Féofar-Khan e Iván Ogareff ya habían partido hacia la ciudad al frente de varios miles de jinetes.

—Esperaré, pues —se dijo—, a menos que se presente alguna ocasión excepcional de huir.

Los riesgos son numerosos más acá de Tomsk, mientras que más allá de Tomsk aumentarán las posibilidades favorables, pues en pocas horas habré dejado atrás los puestos tártaros más avanzados hacia el este.

¡Tres días más de paciencia y que Dios me ayude!

En efecto, los prisioneros debían recorrer la estepa durante tres días, bajo la vigilancia de un numeroso destacamento de tártaros.

Ciento cincuenta verstas separaban el campamento de la ciudad.

Viaje fácil para los soldados del emir, a los que no les faltaba de nada, pero penoso para unos desdichados debilitados por las privaciones.

¡Más de un cadáver habría de jalonar aquel tramo de la ruta siberiana!

Eran las dos de la tarde de aquel 12 de agosto, con una temperatura muy elevada y bajo un cielo sin nubes, cuando el toptschi-baschi dio la orden de partida.

Alcide Jolivet y Harry Blount, después de comprar unos caballos, ya habían tomado el camino de Tomsk, donde la lógica de los acontecimientos iba a reunir a los principales personajes de esta historia.

Entre los prisioneros que Iván Ogareff había llevado al campamento tártaro se encontraba una anciana cuya propia taciturnidad parecía distinguirla de todas las demás mujeres que compartían su suerte.

De sus labios no salía una sola queja. Parecía una estatua del dolor.

Aquella mujer, casi siempre inmóvil y vigilada más estrechamente que ninguna otra, era observada por la gitana Sangarre sin que pareciera darse cuenta ni preocuparse por ello.

A pesar de su edad, había tenido que seguir a pie el convoy de prisioneros, sin que se aliviara en lo más mínimo su sufrimiento.