CAPÍTULO II
UNA ACTITUD DE ALCIDE JOLIVET
Era todo un cuerpo de ejército el que Iván Ogareff llevaba al emir.
Aquellos jinetes y soldados de infantería formaban parte de la columna que se había apoderado de Omsk.
Como no había podido someter la ciudad alta, en la que —no lo hemos olvidado— se habían refugiado el gobernador y la guarnición, Iván Ogareff había decidido seguir adelante, pues no quería retrasar las operaciones que debían culminar con la conquista de Siberia oriental.
Había dejado, por tanto, una guarnición suficiente en Omsk.
Después, arrastrando consigo a sus hordas y reforzándose por el camino con los vencedores de Kolyván, acudía a unirse al ejército de Féofar.
Los soldados de Iván Ogareff se detuvieron en los puestos avanzados del campamento.
No recibieron orden de acampar. El propósito de su jefe era, sin duda, no detenerse, sino avanzar y llegar, en el plazo más breve posible, a Tomsk, ciudad importante destinada naturalmente a convertirse en el centro de las futuras operaciones.
Al mismo tiempo que sus soldados, Iván Ogareff llevaba un convoy de prisioneros rusos y siberianos, capturados unos en Omsk y otros en Kolyván.
A aquellos desdichados no los condujeron al cercado, ya demasiado pequeño para los que albergaba, y tuvieron que permanecer en los puestos avanzados, sin refugio y casi sin alimento.
¿Qué suerte reservaba Féofar-Khan a aquellos infortunados?
¿Los internaría en Tomsk, o serían diezmados por alguna sangrienta ejecución, habitual entre los jefes tártaros? Ese era el secreto del caprichoso emir.
Aquel cuerpo de ejército no había llegado desde Omsk y Kolyván sin arrastrar tras de sí a la multitud de mendigos, merodeadores, comerciantes y gitanos que habitualmente forman la retaguardia de un ejército en marcha.
Toda aquella gente vivía a costa de las tierras que atravesaba y dejaba tras de sí poco que saquear.
De ahí la necesidad de avanzar, aunque solo fuera para asegurar el abastecimiento de las columnas expedicionarias.
Toda la región comprendida entre los cursos del Ichim y del Obi, completamente devastada, ya no ofrecía ningún recurso.
Era un desierto que los tártaros iban dejando tras de sí y que los rusos no habrían atravesado sin grandes dificultades.
Entre aquellos gitanos, llegados de las provincias occidentales, figuraba la compañía gitana que había acompañado a Miguel Strogoff hasta Perm.
Sangarre estaba allí. Aquella salvaje espía, alma condenada de Iván Ogareff, no se separaba de su amo.
Ya los hemos visto a ambos preparando sus maquinaciones en la propia Rusia, en el gobierno de Nizhni Nóvgorod.
Después de atravesar los Urales, se habían separado solo durante unos días.
Iván Ogareff había llegado rápidamente a Ichim, mientras Sangarre y su compañía se dirigían hacia Omsk por el sur de la provincia.
Se comprenderá fácilmente la ayuda que aquella mujer prestaba a Iván Ogareff.
Por medio de sus gitanas, penetraba en todas partes, escuchándolo y transmitiéndolo todo.
Iván Ogareff estaba al corriente de cuanto sucedía hasta en el corazón mismo de las provincias invadidas.
Eran cien ojos y cien oídos siempre abiertos al servicio de su causa.
Además, pagaba generosamente aquel espionaje, del que obtenía grandes beneficios.
Sangarre, implicada en otro tiempo en un asunto muy grave, había sido salvada por el oficial ruso.
No había olvidado cuanto le debía y se había entregado a él en cuerpo y alma.
Cuando Iván Ogareff emprendió el camino de la traición, comprendió qué provecho podía obtener de aquella mujer.
Cualquier orden que le diera, Sangarre la ejecutaba.
Un instinto inexplicable, aún más imperioso que el de la gratitud, la había impulsado a convertirse en esclava del traidor, al que estaba unida desde los primeros tiempos de su exilio en Siberia.
Confidente y cómplice, Sangarre, sin patria ni familia, se había entregado de buen grado a poner su vida errante al servicio de los invasores que Iván Ogareff iba a lanzar sobre Siberia.
A la prodigiosa astucia natural de su raza añadía una energía feroz, que no conocía ni el perdón ni la piedad.
Era una salvaje, digna de compartir el wigwam de un apache o la choza de un andamanés.
Desde su llegada a Omsk, donde se había reunido con él junto con sus gitanas, Sangarre no había vuelto a separarse de Iván Ogareff.
Conocía la circunstancia que había puesto frente a frente a Miguel y Marfa Strogoff.
Conocía y compartía los temores de Iván Ogareff acerca del paso de un correo del zar.
Si Marfa Strogoff era prisionera, Sangarre habría sido capaz de torturarla con todo el refinamiento de una piel roja para arrancarle su secreto.
Pero aún no había llegado la hora en que Iván Ogareff quería hacer hablar a la anciana siberiana.
Sangarre debía esperar, y esperaba sin apartar los ojos de aquella mujer a la que espiaba sin que ella lo supiera, vigilando sus menores gestos y sus menores palabras, observándola día y noche, tratando de oír cómo salía de sus labios aquella palabra, «hijo», pero hasta entonces burlada por la inalterable impasibilidad de Marfa Strogoff.
Sin embargo, al primer toque de las fanfarrias, el gran maestre de la artillería tártara y el jefe de las caballerizas del emir, seguidos de una brillante escolta de jinetes usbecos, se habían dirigido al frente del campamento para recibir a Iván Ogareff.
Cuando llegaron ante él, le rindieron los mayores honores y lo invitaron a acompañarlos hasta la tienda de Féofar-Khan.
Iván Ogareff, imperturbable como siempre, respondió con frialdad a las muestras de deferencia de los altos funcionarios enviados a su encuentro. Vestía con gran sencillez, pero, en una especie de impúdica bravuconada, todavía llevaba el uniforme de oficial ruso.
En el momento en que aflojaba las riendas de su caballo para franquear la entrada del campamento, Sangarre, pasando entre los jinetes de la escolta, se acercó a él y permaneció inmóvil.
—¿Nada? —preguntó Iván Ogareff.
—Nada.
—Ten paciencia.
—¿Se acerca la hora en que obligarás a hablar a la anciana?
—Se acerca, Sangarre.
—¿Cuándo hablará la anciana?
—Cuando estemos en Tomsk.
—¿Y estaremos allí…?
—Dentro de tres días.
Los grandes ojos negros de Sangarre lanzaron un resplandor extraordinario, y ella se retiró con paso tranquilo.
Iván Ogareff espoleó los flancos de su caballo y, seguido de su estado mayor de oficiales tártaros, se dirigió hacia la tienda del emir.
Féofar-Khan esperaba a su lugarteniente. El consejo, compuesto por el portador del sello real, el khodja y algunos altos funcionarios, se había instalado bajo la tienda.
Iván Ogareff desmontó, entró y se encontró ante el emir.
Féofar-Khan era un hombre de cuarenta años, alto, de rostro bastante pálido, ojos malévolos y fisonomía feroz.
Una barba negra, formada por pequeños rizos escalonados, le caía sobre el pecho.
Con su traje de guerra —cota de malla de oro y plata, tahalí resplandeciente de piedras preciosas, vaina de sable curvada como un yatagán y engastada de gemas deslumbrantes, botas provistas de una espuela de oro, casco adornado con un penacho de diamantes que despedía mil destellos—, Féofar ofrecía a la vista un aspecto más extraño que imponente: el de un Sardanápalo tártaro, soberano indiscutido que dispone a su antojo de la vida y la fortuna de sus súbditos, cuyo poder no tiene límites y al que, por privilegio especial, se da en Bujará el título de emir.
En el momento en que apareció Iván Ogareff, los grandes dignatarios permanecieron sentados sobre sus cojines festoneados de oro; pero Féofar se levantó de un rico diván que ocupaba el fondo de la tienda, cuyo suelo desaparecía bajo la espesa alfombra de Bujará.
El emir se acercó a Iván Ogareff y le dio un beso cuyo significado era inequívoco. Aquel beso convertía al lugarteniente en jefe del consejo y lo situaba temporalmente por encima del khodja.
Después, Féofar, dirigiéndose a Iván Ogareff, dijo: —No tengo que interrogarte. Habla, Iván. Aquí no encontrarás más que oídos bien dispuestos a escucharte. —Takhsir —respondió Iván Ogareff—, esto es lo que debo darte a conocer.
Iván Ogareff se expresaba en tártaro y daba a sus frases el giro enfático que distingue el lenguaje de los orientales.
—Takhsir, no es tiempo de palabras inútiles.
Lo que he hecho al frente de tus tropas, lo sabes.
Los cursos del Ichim y del Irtyche están ahora en nuestro poder, y los jinetes turcomanos pueden bañar sus caballos en sus aguas, convertidas en tártaras.
Las hordas kirguises se han levantado al grito de Féofar-Khan, y la principal ruta siberiana te pertenece desde Ichim hasta Tomsk.
Puedes, por tanto, lanzar tus columnas tanto hacia Oriente, donde sale el sol, como hacia Occidente, donde se pone.
—¿Y si marcho con el sol? —preguntó el emir, que escuchaba sin que su rostro traicionara ninguno de sus pensamientos.
—Marchar con el sol —respondió Iván Ogareff— es lanzarte hacia Europa, es conquistar rápidamente las provincias siberianas desde Tobolsk hasta los montes Urales.
—¿Y si voy al encuentro de esa antorcha del cielo?
—Es someter al dominio tártaro, junto con Irkutsk, las regiones más ricas del Asia central.
—Pero ¿y los ejércitos del sultán de San Petersburgo? —dijo Féofar-Khan, designando con aquel extraño título al emperador de Rusia.
—No tienes nada que temer de ellos, ni por Levante ni por Poniente —respondió Iván Ogareff—.
La invasión ha sido repentina y, antes de que el ejército ruso haya podido acudir en su ayuda, Irkutsk o Tobolsk habrán caído en tu poder.
Las tropas del zar han sido aplastadas en Kolyván, como lo serán allí donde los tuyos luchen contra esos insensatos soldados de Occidente.