MIGUEL STROGOFF SEGUNDA PARTE #3
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SEGUNDA PARTE #3

—Hablemos entonces de lo que nos queda por hacer —respondió Harry Blount—. Señor Jolivet, no tengo ninguna intención de seguir indefinidamente prisionero de estos tártaros.

—¡Ni yo, pardiez!

—¿Intentaremos escapar a la primera ocasión?

—Sí, si no hay otro medio de recuperar nuestra libertad.

—¿Conoce usted otro? —preguntó Harry Blount, mirando a su compañero.

—¡Naturalmente! No somos combatientes, somos neutrales, ¡y haremos valer nuestros derechos!

—¿Ante ese bruto de Féofar-Khan?

—No, él no lo entendería —respondió Alcide Jolivet—, pero sí ante su lugarteniente, Iván Ogareff.

—¡Es un canalla!

—Sin duda, pero ese canalla es ruso. Sabe que no se debe jugar con el derecho de gentes y no tiene ningún interés en retenernos; al contrario. Solo que no me hace mucha gracia tener que pedirle algo a ese señor.

—Pero ese señor no está en el campamento, o al menos yo no lo he visto —observó Harry Blount.

—Vendrá. No puede faltar. Tiene que reunirse con el emir. Ahora Siberia está partida en dos y, con toda seguridad, al ejército de Féofar solo le falta él para marchar sobre Irkutsk.

—Y una vez libres, ¿qué haremos?

—Una vez libres, continuaremos nuestra campaña y seguiremos a los tártaros hasta que los acontecimientos nos permitan pasar al bando contrario.

¡No hay que abandonar la partida, demonios!

No hemos hecho más que empezar. Usted, colega, ya ha tenido la suerte de ser herido al servicio del Daily Telegraph, mientras que yo todavía no he recibido nada al servicio de mi prima. ¡Vamos, vamos!

—Bueno —murmuró Alcide Jolivet—, ¡ya se duerme! Unas horas de sueño y unas cuantas compresas de agua fresca; no hace falta más para poner de nuevo en pie a un inglés. ¡Esta gente está hecha de hojalata!

Y mientras Harry Blount descansaba, Alcide Jolivet veló junto a él, después de sacar su cuaderno, que llenó de notas, decidido, además, a compartirlas con su colega, para mayor satisfacción de los lectores del Daily Telegraph. Los acontecimientos los habían unido. Ya no estaban para rivalidades.

Así pues, aquello que Miguel Strogoff temía por encima de todo era precisamente lo que más deseaban los dos periodistas.

La llegada de Iván Ogareff podía, evidentemente, favorecerlos, pues, una vez reconocida su condición de corresponsales inglés y francés, nada más probable que fueran puestos en libertad.

El lugarteniente del emir sabría hacer entrar en razón a Féofar, que no habría dejado de tratar a unos periodistas como simples espías.

El interés de Alcide Jolivet y Harry Blount era, por tanto, contrario al de Miguel Strogoff.

Este había comprendido perfectamente la situación, y esa fue una nueva razón, añadida a varias otras, para evitar cualquier acercamiento a sus antiguos compañeros de viaje.

Así pues, se las ingenió para que no lo vieran.

Pasaron cuatro días, durante los cuales la situación no cambió en absoluto.

Los prisioneros no tuvieron noticia alguna de que se levantara el campamento tártaro.

Estaban sometidos a una estricta vigilancia.

Les habría sido imposible atravesar el cordón de soldados de infantería y de caballería que los vigilaba día y noche.

En cuanto a la comida que se les asignaba, apenas les bastaba.

Dos veces cada veinticuatro horas les arrojaban un trozo de intestino de cabra, asado sobre las brasas, o unas porciones de aquel queso llamado «kroute», elaborado con leche agria de oveja y que, empapado en leche de yegua, constituía el alimento kirguís más comúnmente llamado «koumyss».

Y eso era todo. Hay que añadir también que el tiempo se volvió espantoso.

Se produjeron grandes perturbaciones atmosféricas que trajeron consigo fuertes ráfagas de viento y lluvia.

Los desdichados, sin ningún refugio, tuvieron que soportar aquellas inclemencias insalubres, y nada alivió sus penalidades.

Murieron algunos heridos, mujeres y niños, y los propios prisioneros tuvieron que enterrar aquellos cadáveres, a los que sus guardianes ni siquiera querían dar sepultura.

Durante aquellas duras pruebas, Alcide Jolivet y Miguel Strogoff redoblaron sus esfuerzos, cada uno por su lado.

Prestaron todos los servicios que podían prestar.

Menos afectados por aquellas penalidades que tantos otros, sanos y vigorosos, debían de resistir mejor y, con sus consejos y sus cuidados, pudieron ser útiles a quienes sufrían y se desesperaban.

¿Iba a prolongarse aquella situación? ¿Quería Féofar-Khan, satisfecho con sus primeros éxitos, esperar algún tiempo antes de marchar sobre Irkutsk?

Podía temerse, pero no fue así. El acontecimiento tan deseado por Alcide Jolivet y Harry Blount y tan temido por Miguel Strogoff se produjo durante la mañana del 12 de agosto.

Aquel día sonaron las trompetas, redoblaron los tambores y estalló la mosquetería. Una enorme nube de polvo se extendía por el camino de Kolyván.

Iván Ogareff, seguido de varios miles de hombres, hacía su entrada en el campamento tártaro.