CAPÍTULO XVI #4
Miguel Strogoff, después de volver a colocarle el bocado, asegurar la cincha de la silla y comprobar las correas de los estribos, comenzó a tirar suavemente de su caballo por la brida.
Por lo demás, el inteligente animal, como si hubiera comprendido lo que se esperaba de él, siguió dócilmente a su amo, sin dejar escapar el más leve relincho.
Sin embargo, algunos caballos uzbekos levantaron la cabeza y se dirigieron poco a poco hacia el lindero del bosquecillo.
Miguel Strogoff sostenía con la mano derecha el revólver, dispuesto a reventarle la cabeza al primer jinete tártaro que se acercara. Pero, por fortuna, no se dio la alarma y pudo alcanzar el ángulo que formaba el bosque a la derecha, allí donde se unía con el camino.
La intención de Miguel Strogoff, para evitar ser visto, era no montar hasta el último momento y hacerlo únicamente después de haber pasado una curva que se encontraba a doscientos pasos del bosquecillo.
Por desgracia, en el momento en que Miguel Strogoff iba a franquear el lindero del bosquecillo, el caballo de un uzbeko lo olfateó, relinchó y se lanzó al camino.
Su amo corrió hacia él para hacerlo regresar, pero, al divisar una silueta que se recortaba confusamente bajo las primeras luces del amanecer, gritó:
—¡Alerta!
Al oír aquel grito, todos los hombres del campamento se levantaron y se precipitaron hacia el camino.
A Miguel Strogoff no le quedaba más que montar de un salto y lanzarse al galope.
Los dos oficiales del destacamento se habían adelantado y azuzaban a sus hombres.
Pero Miguel Strogoff ya estaba montado.
En aquel momento estalló una detonación y sintió que una bala atravesaba su pelliza.
Sin volver la cabeza, sin responder, clavó las espuelas y, franqueando de un salto formidable el lindero del bosquecillo, se lanzó a rienda suelta en dirección al Obi.
Como los caballos uzbekos habían sido despojados de sus aparejos, Miguel Strogoff iba a poder sacar cierta ventaja a los jinetes del destacamento; pero estos no tardarían en lanzarse tras sus huellas y, en efecto, menos de dos minutos después de haber abandonado el bosque, oyó el ruido de varios caballos que poco a poco iban ganándole terreno.
Ya comenzaba a amanecer y los objetos se hacían visibles en un radio cada vez más amplio.
Miguel Strogoff volvió la cabeza y divisó a un jinete que se acercaba rápidamente.
Era el deh-baschi. Aquel oficial, magníficamente montado, iba a la cabeza del destacamento y amenazaba con alcanzar al fugitivo.
Sin detenerse, Miguel Strogoff extendió hacia él el revólver y, con mano firme, apuntó durante un instante. El oficial uzbeko, alcanzado de lleno en el pecho, cayó rodando al suelo.
Pero los demás jinetes lo seguían de cerca y, sin detenerse junto al deh-baschi, animándose con sus propios gritos y clavando las espuelas en los flancos de sus caballos, fueron reduciendo poco a poco la distancia que los separaba de Miguel Strogoff.
Durante media hora, sin embargo, este pudo mantenerse fuera del alcance de las armas tártaras, pero comprendía que su caballo estaba desfalleciendo y, a cada instante, temía que, al tropezar con algún obstáculo, cayera para no volver a levantarse.
Ya había bastante claridad, aunque el sol todavía no había aparecido sobre el horizonte.
A no más de dos verstas de distancia se extendía una línea pálida, bordeada por algunos árboles bastante dispersos.
Era el Obi, que corría de suroeste a nordeste, casi al nivel del suelo, y cuyo valle no era más que la propia estepa.
Varias veces dispararon sus fusiles contra Miguel Strogoff, pero sin alcanzarlo, y varias veces también tuvo que disparar su revólver contra los jinetes que se acercaban demasiado a él. Cada vez, un uzbeko rodaba por tierra, entre los gritos de rabia de sus compañeros.
Pero aquella persecución solo podía acabar en perjuicio de Miguel Strogoff. Su caballo ya no podía más y, sin embargo, consiguió llevarlo hasta la orilla del río.
El destacamento uzbeko, en aquel momento, no estaba ya más que a cincuenta pasos de él.
En el Obi, completamente desierto, no había ni transbordador ni embarcación alguna que pudiera servir para cruzar el río.
—¡Ánimo, valiente caballo mío! —exclamó Miguel Strogoff—. ¡Vamos! ¡Un último esfuerzo!
Y se lanzó al río, que en aquel lugar tenía media versta de anchura.
La corriente, muy rápida, hacía extremadamente difícil avanzar río arriba.
El caballo de Miguel Strogoff no hacía pie en ningún lugar.
Así pues, sin ningún punto de apoyo, tenía que atravesar a nado aquellas aguas tan rápidas como las de un torrente.
Afrontarlas suponía para Miguel Strogoff realizar un verdadero prodigio de valor.
Los jinetes se habían detenido en la orilla del río y vacilaban antes de lanzarse a él.
Pero, en aquel momento, el pendja-baschi empuñó su fusil y apuntó cuidadosamente al fugitivo, que ya se encontraba en medio de la corriente. El disparo resonó y el caballo de Miguel Strogoff, alcanzado en el flanco, se hundió bajo su amo.
Este se desprendió rápidamente de los estribos en el momento en que el animal desaparecía bajo las aguas del río.
Después, sumergiéndose en el momento oportuno, en medio de una lluvia de balas, consiguió alcanzar la orilla derecha del río y desapareció entre los juncos que erizaban la ribera del Obi.