CAPÍTULO XVI
UN ÚLTIMO ESFUERZO.
Miguel Strogoff tenía razón en temer algún encuentro peligroso en aquellas llanuras que se extendían más allá de la Baraba.
Los campos, pisoteados por los caballos, mostraban que los tártaros habían pasado por allí, y de aquellos bárbaros podía decirse lo que se ha dicho de los turcos: «¡Por donde pasa el turco, la hierba no vuelve a crecer jamás! ».
Miguel Strogoff debía, pues, tomar las mayores precauciones al atravesar aquella región.
Algunas volutas de humo que se retorcían sobre el horizonte indicaban que las poblaciones y las aldeas todavía ardían.
¿Habían sido aquellos incendios provocados por la vanguardia o el ejército del emir se había adelantado ya hasta los últimos confines de la provincia?
¿Se encontraba Féofar-Khan en persona en la gobernación del Yeniséisk?
Miguel Strogoff no lo sabía y no podía decidir nada sin averiguarlo.
¿Estaba el país tan abandonado que ya no quedaba un solo siberiano que pudiera informarle?
Miguel Strogoff recorrió dos verstas por el camino completamente desierto. Buscaba con la mirada, a derecha e izquierda, alguna casa que no hubiera sido abandonada. Todas las que visitó estaban vacías.
Sin embargo, una cabaña que divisó entre los árboles todavía humeaba.
Cuando se acercó, vio, a pocos pasos de los restos de la casa, a un anciano rodeado de niños que lloraban.
Una mujer, todavía joven, sin duda su hija y madre de aquellos pequeños, arrodillada en el suelo, contemplaba con mirada extraviada aquella escena de desolación.
Amamantaba a un niño de pocos meses, pero pronto su leche debía de faltarle.
¡Todo cuanto rodeaba a aquella familia eran ruinas y miseria!
Miguel Strogoff se acercó al anciano.
—¿Puedes responderme? —le dijo con voz grave.
—Habla —respondió el anciano.
—¿Han pasado los tártaros por aquí?
—Sí, ¡pues mi casa está en llamas!
—¿Era un ejército o un destacamento?
—¡Un ejército, pues hasta donde alcanza la vista nuestros campos están devastados!
—¿Comandado por el emir?...
—Por el emir, pues ¡las aguas del Obi se han vuelto rojas!
—¿Y Féofar-Khan ha entrado en Tomsk?
—En Tomsk.
—¿Sabes si los tártaros se han apoderado de Kolyvan?
—No, pues ¡Kolyvan todavía no arde!
—Gracias, amigo. ¿Puedo hacer algo por ti y por los tuyos?
—Nada.
—Hasta luego.
—Adiós.
Y Miguel Strogoff, después de depositar veinticinco rublos sobre las rodillas de la desdichada mujer, que ni siquiera tuvo fuerzas para darle las gracias, apremió a su caballo y reanudó la marcha, interrumpida por un instante.
Ahora sabía una cosa: a toda costa debía evitar pasar por Tomsk.
Llegar a Kolyvan, donde los tártaros aún no habían aparecido, era posible.
Abastecerse allí para una larga etapa: eso era lo que debía hacer.
Después, desviarse de la ruta de Irkutsk para rodear Tomsk, una vez cruzado el Obi: no había otra solución.
Una vez decidido aquel nuevo itinerario, Miguel Strogoff no debía vacilar ni un instante.
No vaciló y, haciendo avanzar a su caballo a un paso rápido y regular, siguió el camino directo que conducía hasta la orilla izquierda del Obi, de la que todavía lo separaban cuarenta verstas.
¿Encontraría un transbordador para cruzarlo o, si los tártaros habían destruido las embarcaciones del río, se vería obligado a atravesarlo a nado? Ya encontraría la manera.
En cuanto a su caballo, que estaba entonces completamente agotado, Miguel Strogoff, después de exigirle cuanto le quedaba de fuerzas para aquella última etapa, tendría que intentar cambiarlo por otro en Kolyvan.
Bien sabía que no tardaría en fallarle el pobre animal.
Kolyvan debía ser, pues, como un nuevo punto de partida, porque a partir de aquella ciudad su viaje se desarrollaría en condiciones diferentes.
Mientras atravesara el país devastado, las dificultades seguirían siendo grandes, pero si, después de evitar Tomsk, podía volver a tomar la ruta de Irkutsk a través de la gobernación del Yeniséisk, que los invasores aún no habían asolado, debía llegar a su objetivo en pocos días.
Había caído la noche, después de una jornada bastante calurosa.
A medianoche, una oscuridad bastante profunda envolvía la estepa.
El viento, que había amainado por completo al ponerse el sol, dejaba la atmósfera sumida en una calma absoluta.
Solo se oía el ruido de los pasos del caballo sobre el camino desierto y también algunas palabras con las que su amo lo animaba.
En medio de aquellas tinieblas, hacía falta una atención extrema para no salirse del camino, bordeado de estanques y pequeños cursos de agua tributarios del Obi.
Miguel Strogoff avanzaba, pues, tan rápidamente como era posible, pero con cierta cautela. Confiaba tanto en la agudeza de sus ojos, capaces de atravesar la oscuridad, como en la prudencia de su caballo, cuya sagacidad conocía.
En aquel momento, Miguel Strogoff había desmontado y trataba de determinar exactamente la dirección del camino cuando le pareció oír un murmullo confuso que llegaba del oeste.
Era como el ruido de una cabalgata lejana sobre la tierra seca.
No había duda. A una o dos verstas por detrás se oía un ritmo acompasado de pasos que golpeaban regularmente el suelo.
Miguel Strogoff escuchó con mayor atención, después de apoyar el oído directamente sobre el eje del camino.
«Es un destacamento de jinetes que viene por el camino de Omsk —se dijo—. Avanza rápidamente, pues el ruido aumenta. ¿Son rusos o tártaros?».
Miguel Strogoff siguió escuchando.
«Sí —se dijo—, ¡estos jinetes vienen al trote largo!
»¡Dentro de diez minutos estarán aquí! Mi caballo no podría adelantarlos. Si son rusos, me uniré a ellos. Si son tártaros, ¡hay que evitarlos! Pero ¿cómo? ¿Dónde esconderme en esta estepa?».
Miguel Strogoff miró a su alrededor, y su mirada penetrante descubrió una masa confusamente desdibujada en la oscuridad, a unos cien pasos por delante, a la izquierda del camino.
«Ahí hay algún bosquecillo —se dijo—. Buscar refugio en él supone exponerme quizá a que me descubran, si esos jinetes lo registran, pero ¡no tengo elección! ¡Ahí vienen! ¡Ahí vienen!».
Unos instantes después, Miguel Strogoff, llevando a su caballo de la brida, llegaba a un pequeño bosque de alerces al que daba acceso el camino.
Más allá y más acá, completamente desprovisto de árboles, el camino se extendía entre hondonadas y estanques, separados por matorrales bajos de aulagas y brezos.
A ambos lados, el terreno era, pues, absolutamente impracticable, y el destacamento tenía que pasar necesariamente frente a aquel pequeño bosque, puesto que seguía la carretera principal de Irkutsk.
Miguel Strogoff se internó bajo la espesura de los alerces y, después de avanzar unos cuarenta pasos, se encontró detenido por un curso de agua que cerraba aquel bosquecillo formando un límite semicircular.
Pero la sombra era tan espesa que Miguel Strogoff no corría ningún riesgo de ser visto, a menos que aquel pequeño bosque fuera registrado minuciosamente.
Condujo, pues, a su caballo hasta el curso de agua y lo ató a un árbol; después volvió a tenderse en el lindero del bosque, para averiguar de qué bando eran aquellos jinetes.
Apenas Miguel Strogoff había tomado posición detrás de un grupo de alerces, cuando apareció una luz bastante confusa, sobre la que destacaban aquí y allá algunos puntos brillantes que se agitaban en la oscuridad.
«¡Antorchas!», se dijo.
Y retrocedió rápidamente, deslizándose como un salvaje por la parte más espesa del bosquecillo.
Al acercarse al bosque, el paso de los caballos comenzó a aminorar. ¿Acaso aquellos jinetes iluminaban el camino con la intención de observar hasta sus menores recodos?
Miguel Strogoff tuvo que temerlo y, llevado por el instinto, retrocedió hasta la orilla del curso de agua, dispuesto a meterse en él si era necesario.
El destacamento, al llegar a la altura del bosquecillo, se detuvo. Los jinetes desmontaron. Eran unos cincuenta. Una decena de ellos llevaban antorchas, que iluminaban el camino en un amplio radio.
Por ciertos preparativos, Miguel Strogoff comprendió que, por una inesperada suerte, el destacamento no tenía intención alguna de registrar el bosquecillo, sino de acampar allí para hacer descansar a los caballos y permitir que los hombres tomaran algún alimento.
En efecto, a los caballos les habían quitado la brida y comenzaron a pacer la espesa hierba que cubría el suelo. En cuanto a los jinetes, se tendieron a lo largo del camino y se repartieron las provisiones de sus zurrones.
Miguel Strogoff había conservado toda la sangre fría y, deslizándose entre las hierbas altas, trató de ver y después de escuchar.
Era un destacamento procedente de Omsk. Estaba compuesto por jinetes uzbekos, raza dominante en Tartaria, cuyo tipo los acercaba notablemente a los mongoles.
Aquellos hombres, de buena constitución, más altos que la media, de rasgos duros y salvajes, llevaban el «talpak», una especie de gorro de piel de oveja negra, y calzaban botas amarillas de tacón alto, cuya punta se levantaba como en los zapatos de la Edad Media.
Su pelliza, confeccionada con una tela estampada, acolchada con algodón crudo, les ceñía la cintura mediante un cinturón de cuero guarnecido con pasamanería roja.
Como armas defensivas llevaban un escudo, y como armas ofensivas, un sable curvo, un largo cuchillo y un fusil de pedernal suspendido del arzón de la silla.
Sobre los hombros llevaban un manto de fieltro de colores vivos.