MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XIV #5
43%

CAPÍTULO XIV #5

En cuanto a su caballo, ni siquiera se le pasó por la cabeza cambiarlo por otro.

Ya estaba hecho a aquel valeroso animal.

Sabía de lo que era capaz. Al comprarlo en Omsk había tenido suerte al elegirlo y, al llevarlo hasta aquella casa de postas, el generoso mujik le había prestado un gran servicio.

Además, si Miguel Strogoff ya se había encariñado con su caballo, este parecía acostumbrarse poco a poco a las fatigas de semejante viaje y, con tal de concederle algunas horas de descanso, su jinete podía esperar que llegara hasta más allá de las provincias invadidas.

Así pues, durante la tarde y la noche del 2 al 3 de agosto, Miguel Strogoff permaneció recluido en su posada, a la entrada de la ciudad, una posada poco frecuentada, donde quedaba a salvo de visitas inoportunas y de curiosos.

Rendido por la fatiga, se acostó después de asegurarse de que a su caballo no le faltaba nada; pero solo pudo dormir a intervalos.

Demasiados recuerdos, demasiadas inquietudes lo asaltaban a la vez.

La imagen de su anciana madre y la de su joven e intrépida compañera, dejadas atrás, sin protección, pasaban alternativamente por su mente y a menudo se confundían en un mismo pensamiento.

Después volvía a la misión que había jurado cumplir.

Lo que había visto desde su partida de Moscú le mostraba cada vez más su importancia.

El movimiento era de extrema gravedad, y la complicidad de Ogareff lo hacía aún más temible.

Y cuando sus ojos se posaban en la carta provista del sello imperial —aquella carta que, sin duda, contenía el remedio para tantos males, la salvación de todo aquel país desgarrado por la guerra—, Miguel Strogoff sentía en su interior algo semejante a un deseo feroz de lanzarse a través de la estepa, de salvar de un solo vuelo la distancia que lo separaba de Irkutsk, de ser un águila para elevarse por encima de los obstáculos, de ser un huracán para atravesar los aires a una velocidad de cien verstas por hora, de llegar por fin ante el gran duque y gritarle: «¡Alteza, de parte de Su Majestad el zar! ».

A la mañana siguiente, a las seis, Miguel Strogoff reanudó la marcha con la intención de recorrer durante aquella jornada las ochenta verstas (85 kilómetros) que separaban Kamsk de la aldea de Oubinsk.

Más allá de un radio de veinte verstas, volvió a encontrarse con la pantanosa Baraba, que ya no podía ser desecada por ningún canal de derivación y cuyo suelo estaba a menudo cubierto por un pie de agua.

El camino resultaba entonces difícil de reconocer, pero, gracias a su extrema prudencia, aquella travesía no estuvo marcada por ningún accidente.

Al llegar a Oubinsk, Miguel Strogoff dejó descansar a su caballo durante toda la noche, pues quería, al día siguiente, recorrer sin detenerse las cien verstas que se extendían entre Oubinsk e Ikoulskoë.

Partió, pues, al amanecer, pero, por desgracia, en aquella zona el suelo de la Baraba se volvió cada vez más deplorable.

En efecto, entre Oubinsk y Kamakova, las lluvias, muy abundantes unas semanas antes, habían quedado retenidas en aquella estrecha depresión como en una cuenca impermeable.

Ya no quedaba siquiera un solo espacio libre en aquella interminable red de charcas, estanques y lagos.

Uno de estos lagos —lo bastante considerable como para haber merecido figurar en la nomenclatura geográfica—, el Tchang, nombre de origen chino, tuvo que ser bordeado a lo largo de más de veinte verstas y con enormes dificultades.

De ahí algunos retrasos que toda la impaciencia de Miguel Strogoff no podía evitar.

Por lo demás, había hecho bien en no tomar un carruaje en Kamsk, pues su caballo pasó por lugares donde ningún vehículo habría podido pasar.

Por la noche, a las nueve, Miguel Strogoff, llegado a Ikoulskoë, se detuvo allí durante toda la noche.

En aquella población perdida de la Baraba faltaban por completo las noticias de la guerra.

Por su propia naturaleza, aquella parte de la provincia, situada en la bifurcación que formaban las dos columnas tártaras al separarse, una hacia Omsk y la otra hacia Tomsk, había escapado hasta entonces a los horrores de la invasión.

Pero las dificultades naturales iban por fin a disminuir, pues, si no sufría ningún retraso, Miguel Strogoff debía haber abandonado la Baraba al día siguiente.

Encontraría entonces un camino practicable, una vez recorridas las ciento veinticinco verstas (133 kilómetros) que todavía lo separaban de Kolyvan.

Una vez llegado a aquella importante población, no estaría más que a igual distancia de Tomsk. Entonces decidiría según las circunstancias y, muy probablemente, se decidiría a rodear aquella ciudad, que Féofar-Khan ocupaba, si las noticias eran exactas.

Pero si aquellas poblaciones, como Ikoulskoë y Karguinsk, que dejó atrás al día siguiente, estaban relativamente tranquilas gracias a su situación en la Baraba, donde las columnas tártaras habrían maniobrado con dificultad, ¿no había que temer que, en las orillas más ricas del Obi, Miguel Strogoff, al no tener ya que temer obstáculos físicos, tuviera que temerlo todo del hombre?

Era muy probable. No obstante, si fuera necesario, no vacilaría en apartarse del camino de Irkutsk.

Al viajar entonces a través de la estepa, correría evidentemente el riesgo de quedarse sin recursos.

Allí, en efecto, ya no habría caminos trazados, ni ciudades ni aldeas.

Apenas algunas granjas aisladas o simples chozas de gente pobre, hospitalaria sin duda, pero en cuyos hogares apenas se encontraría lo indispensable. Sin embargo, no habría que vacilar.

Por fin, hacia las tres y media de la tarde, después de haber dejado atrás la estación de Kargatsk, Miguel Strogoff abandonaba las últimas depresiones de la Baraba, y el suelo duro y seco del territorio siberiano volvía a resonar bajo los pasos de su caballo.

Había salido de Moscú el 15 de julio. Por tanto, aquel día, 5 de agosto, contando las más de setenta horas perdidas a orillas del Irtysh, habían transcurrido veintiún días desde su partida.

Todavía lo separaban de Irkutsk mil quinientas verstas.