MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XIV #3
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CAPÍTULO XIV #3

El mujik y él reanudaron, pues, su carrera por la ciudad y llegaron a la casa de postas.

Salir de Omsk por una de las brechas de la muralla no sería difícil llegada la noche.

En cuanto a conseguir otro carruaje que sustituyera al tarentass, fue imposible.

No había ninguno ni para alquilar ni para vender.

Pero ¿para qué necesitaba ahora Miguel Strogoff un carruaje?

¿Acaso no viajaba solo, por desgracia? Un caballo debía bastarle y, por fortuna, pudo procurárselo.

Era un animal resistente, apto para soportar largas fatigas, del que Miguel Strogoff, hábil jinete, podría sacar buen partido.

El caballo se pagó a un precio elevado y, pocos minutos después, estaba listo para partir.

Eran entonces las cuatro de la tarde.

Miguel Strogoff, obligado a esperar a la noche para atravesar la muralla, pero sin querer dejarse ver por las calles de Omsk, permaneció en la casa de postas y allí hizo que le sirvieran algo de comer.

Había una gran afluencia en la sala común.

Como ocurría en las estaciones de ferrocarril rusas, los habitantes, muy angustiados, acudían allí en busca de noticias.

Se hablaba de la próxima llegada de un cuerpo de tropas moscovitas, no a Omsk, sino a Tomsk: un cuerpo destinado a recuperar aquella ciudad de manos de los tártaros de Féofar-Khan.

Miguel Strogoff prestaba mucha atención a todo cuanto se decía, pero no intervenía en las conversaciones.

Unos instantes después, Marfa Strogoff se encontraba en el vivac de la gran plaza, en presencia de Iván Ogareff, a quien habían referido inmediatamente todos los detalles de aquella escena.

Iván Ogareff, sospechando la verdad, quiso interrogar personalmente a la anciana siberiana.

—¿Tu nombre? —preguntó con tono áspero.

—Marfa Strogoff.

—¿Tienes un hijo?

—Sí.

—¿Es correo del zar?

—Sí.

—¿Dónde está?

—En Moscú.

—¿No tienes noticias de él?

—Ninguna.

—¿Desde hace cuánto tiempo?

—Desde hace dos meses.

—¿Quién es entonces ese joven al que hace unos instantes llamabas tu hijo en la casa de postas?

—Un joven siberiano al que tomé por él —respondió Marfa Strogoff—. ¡Es el décimo en quien creo reconocer a mi hijo desde que la ciudad está llena de extranjeros! ¡Creo verlo por todas partes!

—Entonces, ¿ese joven no era Miguel Strogoff?

—No era Miguel Strogoff.

—¿Sabes, vieja, que puedo hacerte torturar hasta que confieses la verdad?

—He dicho la verdad, y la tortura no me hará cambiar mis palabras.

—¿Ese siberiano no era Miguel Strogoff? —preguntó por segunda vez Iván Ogareff.

—¡No! No era él —respondió por segunda vez Marfa Strogoff—. ¿Cree que, por nada del mundo, renunciaría yo a un hijo como el que Dios me ha dado?

Iván Ogareff miró con malicia a la anciana, que le hacía frente sin apartar la mirada.

No dudaba de que hubiera reconocido a su hijo en aquel joven siberiano.

Ahora bien, si el hijo había renegado primero de su madre y la madre renegaba a su vez de él, aquello solo podía obedecer a un motivo muy grave.

Por tanto, para Iván Ogareff ya no había duda de que el supuesto Nicolás Korpanoff era Miguel Strogoff, correo del zar, oculto bajo un nombre falso y encargado de alguna misión que para él era de vital importancia conocer. Dio, pues, inmediatamente la orden de ponerse en su persecución. Luego:

—Que conduzcan a esta mujer a Tomsk —dijo, volviéndose hacia Marfa Strogoff.

Y, mientras los soldados se la llevaban con brutalidad, añadió entre dientes:

—Cuando llegue el momento, ya sabré hacer hablar a esta vieja bruja.

CAPÍTULO XV

LOS PANTANOS DE LA BARABA.

Fue una suerte que Miguel Strogoff hubiera abandonado tan bruscamente la casa de postas.

Las órdenes de Iván Ogareff habían sido transmitidas inmediatamente a todas las salidas de la ciudad, y su descripción había sido enviada a todos los jefes de posta, con el fin de impedirle salir de Omsk.

Pero, en aquel momento, ya había atravesado una de las brechas de la muralla, su caballo corría por la estepa y, al no haber sido perseguido inmediatamente, debía conseguir escapar.

Era el 29 de julio, a las ocho de la noche, cuando Miguel Strogoff había abandonado Omsk.

Esta ciudad se encuentra aproximadamente a mitad de camino entre Moscú e Irkutsk, adonde debía llegar en diez días si quería adelantarse a las columnas tártaras.

Evidentemente, el deplorable azar que lo había puesto frente a su madre había traicionado su incógnito.

Iván Ogareff ya no podía ignorar que un correo del zar acababa de pasar por Omsk, dirigiéndose hacia Irkutsk.

Los despachos que llevaba aquel correo debían de tener una importancia extraordinaria.

Miguel Strogoff sabía, pues, que se haría todo lo posible por apoderarse de él.

Pero lo que no sabía, lo que no podía saber, era que Marfa Strogoff estaba en manos de Iván Ogareff y que iba a pagar, quizá con su vida, el impulso que no había podido contener al encontrarse de pronto frente a su hijo.

¡Y era una suerte que lo ignorase! ¿Habría podido resistir aquella nueva prueba?

Miguel Strogoff apremiaba, pues, a su caballo, comunicándole toda la impaciencia febril que lo devoraba; solo le pedía una cosa: que lo llevara rápidamente hasta una nueva posta, donde pudiera cambiarlo por un tiro más veloz.

A medianoche había recorrido setenta verstas y se detenía en la estación de Kulikovo.

Pero allí, como temía, no encontró ni caballos ni carruajes.

Algunos destacamentos tártaros habían rebasado la gran ruta de la estepa.

Todo había sido robado o requisado, ya fuera en las aldeas, ya en las casas de postas.

Miguel Strogoff apenas pudo conseguir algo de alimento para su caballo y para él.

Le importaba, por tanto, conservar aquel caballo, pues ya no sabía cuándo ni cómo podría sustituirlo.

Sin embargo, como quería poner la mayor distancia posible entre él y los jinetes que Iván Ogareff debía de haber enviado en su persecución, resolvió continuar adelante.

Después de una hora de descanso, reanudó, pues, su carrera a través de la estepa.

Hasta entonces, las condiciones atmosféricas habían favorecido felizmente el viaje del correo del zar.

La temperatura era soportable. La noche, muy corta en aquella época, pero iluminada por esa claridad lunar que se filtraba a través de las nubes, hacía practicable el camino.

Además, Miguel Strogoff avanzaba como quien está seguro de su rumbo, sin una duda, sin una vacilación.

A pesar de los dolorosos pensamientos que lo obsesionaban, había conservado una lucidez mental extraordinaria y avanzaba hacia su objetivo como si este pudiera verse en el horizonte.

Cuando se detenía un instante, en alguna curva del camino, era para dejar que su caballo recobrara el aliento.

Entonces desmontaba para aliviarlo un momento; después apoyaba el oído en el suelo y escuchaba por si algún ruido de galope se propagaba por la superficie de la estepa.

Cuando no percibía ningún sonido sospechoso, reanudaba su marcha.

¡Ah! ¡Si toda aquella región siberiana hubiera estado sumida en la noche polar, en aquella noche permanente que dura varios meses! Llegaba incluso a desearlo, para atravesarla con mayor seguridad.

El 30 de julio, a las nueve de la mañana, Miguel Strogoff dejaba atrás la estación de Turumov y se internaba en la región pantanosa de la Baraba.

Allí, a lo largo de trescientas verstas, las dificultades naturales podían ser enormes. Lo sabía, pero sabía también que, aun así, las superaría.

Aquellos vastos pantanos de la Baraba, comprendidos de norte a sur entre el paralelo sesenta y el cincuenta y dos, sirven de depósito a todas las aguas de lluvia que no encuentran salida ni hacia el Obi ni hacia el Irtysh.

El suelo de aquella vasta depresión es enteramente arcilloso y, por consiguiente, impermeable, de modo que las aguas permanecen allí y convierten la región en un territorio muy difícil de atravesar durante la estación cálida.

Sin embargo, por allí pasa el camino de Irkutsk, que se abre paso entre charcas, estanques, lagos y pantanos, cuyas emanaciones malsanas provoca el sol, para mayor fatiga y, a menudo, mayor peligro del viajero.

En invierno, cuando el frío ha solidificado todo cuanto es líquido, cuando la nieve ha nivelado el suelo y condensado los miasmas, los trineos pueden deslizarse fácil e impunemente sobre la costra endurecida de la Baraba.

Los cazadores frecuentan entonces asiduamente aquella región abundante en caza, persiguiendo martas, cebellinas y esos valiosos zorros cuya piel es tan apreciada.

Pero, durante el verano, el pantano vuelve a ser fangoso, pestilente e incluso impracticable cuando el nivel de las aguas es demasiado alto.

Miguel Strogoff lanzó su caballo por en medio de una pradera turbosa, que ya no estaba cubierta por aquella hierba baja de la estepa, de la que se alimentan exclusivamente los inmensos rebaños siberianos.

Ya no era la pradera sin límites, sino una especie de inmensa espesura de plantas de aspecto arbóreo.

La hierba alcanzaba entonces una altura de cinco o seis pies.

El césped había dejado paso a las plantas de los pantanos, a las que la humedad, ayudada por el calor estival, daba proporciones gigantescas.

Eran principalmente juncos y butomos, que formaban una red inextricable, una tupida maraña impenetrable, salpicada de mil flores, notables por la viveza de sus colores, entre las cuales brillaban lirios e iris, cuyos perfumes se mezclaban con las cálidas brumas que se evaporaban del suelo.