MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XIII #2
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CAPÍTULO XIII #2

Se cambiaron rápidamente los caballos. Sin embargo, y por primera vez, el iemschik puso algunas dificultades para partir, afirmando que destacamentos tártaros recorrían la estepa y que viajeros, caballos y carruajes serían un buen botín para aquellos salteadores.

Miguel Strogoff solo consiguió vencer la resistencia del iemschik a fuerza de dinero, pues, en aquella circunstancia, como en tantas otras, no quiso hacer uso de su podaroshna.

El último ukase, transmitido por el hilo telegráfico, era conocido en las provincias siberianas, y un ruso, precisamente por estar especialmente exento de obedecer sus disposiciones, habría llamado sin duda la atención pública, algo que el correo del zar debía evitar por encima de todo.

En cuanto a las vacilaciones del iemschik, quizá aquel bribón estuviera especulando con la impaciencia del viajero.

¡Quizá también tuviera motivos reales para temer alguna desgracia!

Por fin, el tarentass partió y avanzó con tanta diligencia que, a las tres de la tarde, ochenta verstas más adelante, llegaba a Koulatsinskoë. Una hora después se encontraba a orillas del Irtysh. Omsk ya no estaba más que a unas veinte verstas.

El Irtysh es un río ancho y una de las principales arterias de Siberia, cuyas aguas corren hacia el norte de Asia. Nace en los montes Altái, se dirige oblicuamente del sureste al noroeste y desemboca en el Obi, después de un recorrido de cerca de siete mil verstas.

En aquella época del año, la de la crecida de los ríos de toda la cuenca siberiana, el nivel de las aguas del Irtysh era excesivamente elevado.

Por consiguiente, la corriente, muy violenta y casi torrencial, hacía bastante difícil cruzar el río.

Ni siquiera un nadador excelente habría podido atravesarlo y, aun con un transbordador, cruzar el Irtysh no estaba exento de peligro.

Pero aquellos peligros, como cualesquiera otros, no podían detener ni por un instante a Miguel Strogoff y Nadia, decididos a afrontarlos, fueran cuales fuesen.

Sin embargo, Miguel Strogoff propuso a su joven compañera que fuera él quien cruzara primero el río, embarcándose en el transbordador con el tarentass y el tiro, pues temía que el peso de aquella carga hiciera menos seguro el transbordador.

Después de dejar los caballos y el carruaje en la otra orilla, volvería a buscar a Nadia.

Nadia se negó. Aquello supondría un retraso de una hora, y no quería que, por su propia seguridad, se produjera un retraso.

El embarque se realizó no sin dificultades, pues las orillas estaban parcialmente inundadas y el transbordador no podía acercarse lo suficiente a ellas.

Sin embargo, después de media hora de esfuerzos, el barquero había conseguido subir al transbordador el tarentass y los tres caballos. Miguel Strogoff, Nadia y el iemschik embarcaron entonces, y se hicieron a la corriente.

Durante los primeros minutos, todo marchó bien.

La corriente del Irtysh, quebrada aguas arriba por un largo saliente de la orilla, formaba un remanso que el transbordador atravesó fácilmente.

Los dos barqueros empujaban con largas pértigas que manejaban con gran destreza; pero, a medida que se internaban en el río, el fondo del cauce descendía y pronto les quedó muy poco donde apoyar el hombro.

El extremo de las pértigas apenas sobresalía un pie de la superficie del agua, lo que hacía que su manejo resultara penoso e insuficiente.

Miguel Strogoff y Nadia, sentados en la parte trasera del transbordador y siempre temerosos de que se produjera algún retraso, observaban con cierta inquietud las maniobras de los barqueros.

—¡Atención! —gritó uno de ellos a su compañero.

El grito estaba motivado por el nuevo rumbo que el transbordador acababa de tomar con extrema rapidez.

Se encontraba entonces sometido directamente a la corriente y descendía velozmente por el río.

Había que servirse de las pértigas para conseguir que el transbordador cruzara oblicuamente la corriente.

Para ello, apoyando el extremo de sus pértigas en una serie de muescas dispuestas bajo la borda, los barqueros consiguieron hacerlo virar, y poco a poco fue acercándose a la orilla derecha.

Sin duda, podía calcularse que alcanzaría aquella orilla cinco o seis verstas aguas abajo del punto de embarque, pero, después de todo, eso poco importaba, siempre que hombres y animales desembarcaran sin sufrir ningún accidente.

Los dos barqueros, hombres vigorosos y, además, estimulados por la promesa de una buena paga, no dudaban de que conseguirían llevar a buen término aquella difícil travesía del Irtysh.

Pero no contaban con un incidente que eran incapaces de prevenir, y ni su celo ni su habilidad habrían podido hacer nada en aquellas circunstancias.

El transbordador se encontraba en medio de la corriente, aproximadamente a igual distancia de ambas orillas, y descendía a una velocidad de dos verstas por hora cuando Miguel Strogoff se levantó y miró atentamente río arriba.

Entonces divisó varias barcas que la corriente arrastraba a gran velocidad, a lo que se sumaba la fuerza de los remos con que estaban equipadas.

El rostro de Miguel Strogoff se contrajo de pronto y se le escapó una exclamación.

—¿Qué ocurre? —preguntó la joven.

Pero, antes de que Miguel Strogoff tuviera tiempo de responderle, uno de los barqueros exclamó con voz aterrorizada:

—¡Los tártaros! ¡Los tártaros!

Eran, en efecto, barcas cargadas de soldados que descendían rápidamente por el Irtysh y que, en cuestión de minutos, debían de haber alcanzado el transbordador, demasiado cargado para poder huir de ellas.

Los barqueros, aterrorizados por aquella aparición, lanzaron gritos desesperados y abandonaron sus pértigas.

—¡Ánimo, amigos! —exclamó Miguel Strogoff—. ¡Ánimo! ¡Cincuenta rublos para vosotros si alcanzamos la orilla derecha antes de que lleguen esas barcas!

Reanimados por aquellas palabras, los barqueros reanudaron la maniobra y continuaron cruzando oblicuamente la corriente, pero pronto resultó evidente que no podrían evitar el abordaje de los tártaros.

¿Pasarían estos de largo sin molestarlos? ¡Era poco probable! ¡Más bien había que temerlo todo de aquellos salteadores!

—No tengas miedo, Nadia —dijo Miguel Strogoff—, pero prepárate para cualquier cosa.

—Estoy preparada —respondió Nadia.

—¿Incluso para arrojarte al río cuando te lo diga?

—Cuando me lo digas.

—Confía en mí, Nadia.

—¡Confío en ti!

Las barcas tártaras se encontraban ya a una distancia de cien pies. Transportaban un destacamento de soldados de Bujará, que iban a intentar un reconocimiento sobre Omsk.

El transbordador se encontraba todavía a dos longitudes de embarcación de la orilla.

Los barqueros redoblaron sus esfuerzos. Miguel Strogoff se unió a ellos y agarró una pértiga, que manejó con una fuerza sobrehumana.

Si conseguía desembarcar el tarentass y lanzarlo al galope con su tiro, tendría alguna posibilidad de escapar de aquellos tártaros, que no iban a caballo.

Pero ¡todos aquellos esfuerzos iban a resultar inútiles!

—¡Saryn na kitchou! —gritaron los soldados de la primera barca.

Miguel Strogoff reconoció aquel grito de guerra de los piratas tártaros, al que solo se debía responder tendiéndose boca abajo.

Y como ni los barqueros ni él obedecieron aquella orden, se produjo una violenta descarga y dos de los caballos resultaron heridos de muerte.

En aquel momento se produjo un choque... Las barcas habían abordado el transbordador por el costado.

—¡Ven, Nadia! —exclamó Miguel Strogoff, dispuesto a arrojarse por la borda.

La joven iba a seguirlo cuando Miguel Strogoff, alcanzado por un golpe de lanza, fue precipitado al río. La corriente se lo llevó, su mano se agitó un instante sobre las aguas y desapareció.

Nadia lanzó un grito, pero, antes de que tuviera tiempo de arrojarse tras Miguel Strogoff, fue agarrada, arrebatada y depositada en una de las barcas.

Un instante después, los barqueros habían sido muertos a golpes de lanza y el transbordador quedó a la deriva, mientras los tártaros continuaban descendiendo por el curso del Irtysh.