MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

POR ENCIMA DE TODO, EL DEBER.

Nadia había comprendido que un motivo secreto guiaba todos los actos de Miguel Strogoff, que este, por alguna razón que ella ignoraba, no era dueño de sí mismo, que no tenía derecho a disponer de su persona y que, en aquella circunstancia, acababa de sacrificar heroicamente al deber incluso el resentimiento que le había provocado una ofensa mortal.

Nadia no pidió, por lo demás, ninguna explicación a Miguel Strogoff. ¿Acaso la mano que le había tendido no respondía de antemano a todo cuanto él hubiera podido decirle?

Miguel Strogoff permaneció mudo durante toda aquella velada. Como el jefe de la posta no podía proporcionar caballos frescos hasta la mañana siguiente, tendría que pasar toda la noche en la posta. Nadia debía aprovecharla, pues, para descansar un poco, y prepararon una habitación para ella.

Sin duda, la joven habría preferido no separarse de su compañero, pero comprendía que este necesitaba estar solo y se dispuso a dirigirse a la habitación que le habían destinado.

Sin embargo, en el momento de retirarse, no pudo evitar despedirse de él.

—Hermano... —murmuró.

Pero Miguel Strogoff la detuvo con un gesto. Un suspiro hinchó el pecho de la joven, y esta salió de la sala.

Miguel Strogoff no se acostó. No habría podido dormir ni una hora. En el lugar que había alcanzado el látigo del brutal viajero sentía una especie de quemazón.

—Por la patria y por el Padre —murmuró finalmente al terminar su oración de la noche.

Sin embargo, sintió entonces una necesidad irresistible de saber quién era aquel hombre que lo había golpeado, de dónde venía y adónde se dirigía. En cuanto a su rostro, sus rasgos habían quedado grabados con tal precisión en su memoria que no temía poder olvidarlos jamás.

Miguel Strogoff mandó llamar al jefe de la posta.

Este, un siberiano de pura cepa, acudió inmediatamente y, mirando al joven con cierta altivez, esperó a que le hiciera preguntas.

—¿Eres de aquí? —le preguntó Miguel Strogoff.

—Sí.

—¿Conoces al hombre que se ha llevado mis caballos?

—No.

—¿No lo habías visto nunca?

—¡Nunca!

—¿Quién crees que es ese hombre?

—¡Un señor que sabe hacerse obedecer!

La mirada de Miguel Strogoff se clavó como un puñal en el corazón del siberiano, pero el jefe de la posta no bajó los párpados.

—¡Te permites juzgarme! —exclamó Miguel Strogoff.

—Sí —respondió el siberiano—, porque hay cosas que ni siquiera un simple comerciante puede recibir sin devolverlas.

—¿Los golpes de látigo?

—¡Los golpes de látigo, joven! ¡Tengo edad y fuerza suficientes para decírtelo!

Miguel Strogoff se acercó al jefe de la posta y le puso sus dos poderosas manos sobre los hombros.

Luego, con una voz singularmente serena:

—Vete, amigo mío, vete. ¡Te mataría!

Esta vez, el jefe de la posta había comprendido.

—Así me gusta más —murmuró.

Y se retiró sin añadir una palabra.

Al día siguiente, 24 de julio, a las ocho de la mañana, el tarentass estaba enganchado a tres vigorosos caballos. Miguel Strogoff y Nadia tomaron asiento en él, e Ichim, cuyo recuerdo ambos conservarían tan terrible, no tardó en desaparecer tras una curva del camino.

En las distintas postas donde se detuvo durante aquella jornada, Miguel Strogoff pudo comprobar que la berlina seguía adelantada en el camino de Irkutsk y que el viajero, tan apremiado como él, no perdía un solo instante al atravesar la estepa.

A las cuatro de la tarde, setenta y cinco verstas más adelante, en la estación de Abatskaia, hubo que atravesar el río Ichim, uno de los principales afluentes del Irtysh.

El paso fue algo más difícil que el del Tobol.

En efecto, la corriente del Ichim era bastante rápida en aquel lugar.

Durante el invierno siberiano, todos aquellos cursos de agua de la estepa quedan cubiertos por una capa de hielo de varios pies de espesor y pueden atravesarse fácilmente; el viajero pasa incluso sobre ellos sin advertirlo, pues su cauce ha desaparecido bajo la inmensa capa blanca que cubre uniformemente la estepa.

Pero en verano puede resultar muy difícil cruzarlos.

En efecto, se emplearon dos horas en atravesar el Ichim, lo que exasperó a Miguel Strogoff, tanto más cuanto que los barqueros le dieron inquietantes noticias sobre la invasión tártara.

Esto era lo que se contaba:

Algunos exploradores de Féofar-Khan habrían aparecido ya en ambas orillas del curso inferior del Ichim, en las regiones meridionales de la provincia de Tobolsk.

Omsk estaba gravemente amenazada. Se hablaba de un enfrentamiento que había tenido lugar entre las tropas siberianas y las tártaras en la frontera de las grandes hordas kirguisas, enfrentamiento que no había sido favorable a los rusos, demasiado débiles en aquel punto.

De ahí el repliegue de aquellas tropas y, como consecuencia, la huida general de los campesinos de la provincia.

Se contaban atrocidades horribles cometidas por los invasores: saqueos, robos, incendios, asesinatos.

Tal era el modo de hacer la guerra de los tártaros.

Por todas partes se huía de la vanguardia de Féofar-Khan.

Por eso, ante aquel despoblamiento de las ciudades pequeñas y las aldeas, el mayor temor de Miguel Strogoff era que llegaran a faltarle medios de transporte.

Tenía, pues, una prisa extrema por llegar a Omsk.

Quizá, al salir de aquella ciudad, pudiera adelantarse a los delatores tártaros que descendían por el valle del Irtysh y encontrar el camino libre hasta Irkutsk.

Era precisamente en aquel lugar, donde el tarentass acababa de cruzar el río, donde terminaba lo que en lenguaje militar se llamaba la «cadena del Ichim», una cadena de torres o pequeños fortines de madera que se extendía desde la frontera meridional de Siberia a lo largo de unas cuatrocientas verstas (427 kilómetros).

Antiguamente, aquellos fortines estaban ocupados por destacamentos de cosacos y protegían la región tanto de los kirguises como de los tártaros.

Pero, abandonados desde que el Gobierno de Moscú creyó que aquellas hordas habían quedado sometidas por completo, ya no podían prestar servicio alguno, precisamente cuando habrían resultado tan útiles.

La mayoría de aquellos fortines acababa de ser reducida a cenizas, y algunas columnas de humo que los barqueros señalaron a Miguel Strogoff, arremolinándose sobre el horizonte meridional, daban testimonio de la proximidad de la vanguardia tártara.

En cuanto el transbordador hubo depositado el tarentass y su tiro en la orilla derecha del Ichim, se reanudó a toda velocidad el camino por la estepa.

Eran las siete de la tarde. El cielo estaba muy cubierto. En varias ocasiones cayó una lluvia de tormenta, que tuvo el efecto de asentar el polvo y mejorar los caminos.

Miguel Strogoff había permanecido taciturno desde la posta de Ichim.

Sin embargo, seguía atento a evitar a Nadia las fatigas de aquella carrera sin tregua ni descanso, pero la joven no se quejaba.

Habría querido poner alas a los caballos del tarentass.

Algo le decía que su compañero tenía aún más prisa que ella por llegar a Irkutsk, ¡y cuántas verstas los separaban todavía!

También se le ocurrió pensar que, si Omsk estaba invadida por los tártaros, la madre de Miguel Strogoff, que vivía en aquella ciudad, correría peligros que debían de preocupar enormemente a su hijo, y que eso bastaba para explicar su impaciencia por llegar junto a ella.

Nadia creyó, pues, que en cierto momento debía hablarle de la anciana Marfa, del aislamiento en que podía encontrarse en medio de aquellos graves acontecimientos.

—¿No has recibido ninguna noticia de tu madre desde que comenzó la invasión? —le preguntó.

—Ninguna, Nadia. La última carta que me escribió mi madre es de hace ya dos meses, pero me traía buenas noticias. Marfa es una mujer enérgica, una valiente siberiana. A pesar de su edad, ha conservado toda su fortaleza moral. Sabe sufrir.

—¡Iré a verla, hermano! —dijo Nadia vivamente—. Puesto que me das este nombre de hermana, ¡soy hija de Marfa!

Y, como Miguel Strogoff no respondía, añadió:

—¿Es posible que tu madre haya podido abandonar Omsk?

—Es posible, Nadia —respondió Miguel Strogoff—, y hasta espero que haya llegado a Tobolsk.

La vieja Marfa odia a los tártaros. Conoce la estepa, no tiene miedo, y deseo que haya tomado su bastón y seguido las orillas del Irtysh.

No hay un solo lugar de la provincia que ella no conozca.

¡Cuántas veces recorrió todo el país con el anciano, y cuántas veces, siendo yo niño, los seguí en sus recorridos por el desierto siberiano!

Sí, Nadia, ¡espero que mi madre haya abandonado Omsk!

—¿Y cuándo la verás?

—La veré... a la vuelta.

—Sin embargo, si tu madre está en Omsk, ¿no te tomarás una hora para ir a abrazarla?

—¡No iré a abrazarla!

—¿No la verás?

—No, Nadia... —respondió Miguel Strogoff, cuyo pecho se henchía y que comprendía que no podría seguir respondiendo a las preguntas de la joven.

—¡Dices que no! ¡Ah, hermano! Si tu madre está en Omsk, ¿cómo puedes negarte a verla?

—¡Cómo, Nadia! ¡Me preguntas cómo! —exclamó Miguel Strogoff con una voz tan profundamente alterada que la joven se estremeció—. ¡Por las razones que me hicieron mostrarme paciente hasta la cobardía con el miserable de quien...!

No pudo terminar la frase.

—Cálmate, hermano —dijo Nadia con su voz más dulce—. Solo sé una cosa, o más bien no la sé, ¡la siento! Es que ahora un sentimiento domina toda tu conducta: el de un deber más sagrado, si es que puede haberlo, que el que une al hijo con la madre.

Nadia guardó silencio y, desde aquel momento, evitó cualquier tema de conversación que pudiera referirse a la particular situación de Miguel Strogoff. Había allí un secreto que debía ser respetado. Ella lo respetó.

Al día siguiente, 25 de julio, a las tres de la madrugada, el tarentass llegaba a la posta de Tioukalinsk, después de haber recorrido una distancia de ciento veinte verstas desde el paso del Ichim.