MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XII #3
34%

CAPÍTULO XII #3

—Además, es posible que nos encontremos de nuevo dentro de unos días en Omsk —añadió Harry Blount.

—Es posible, en efecto —respondió Miguel Strogoff—, puesto que me dirijo allí directamente.

—Pues bien, ¡buen viaje, señor Korpanoff! —dijo entonces Alcide Jolivet—. ¡Y que Dios le libre de las télègues!

Los dos corresponsales tendían la mano a Miguel Strogoff, con intención de estrechársela de la manera más cordial posible, cuando se oyó fuera el ruido de un carruaje.

Casi al mismo tiempo, la puerta de la casa de postas se abrió bruscamente y apareció un hombre.

Era el viajero de la berlina, un individuo de porte militar, de unos cuarenta años, alto y robusto, de facciones marcadas y anchos hombros, con un espeso bigote que se unía a unas patillas rojizas.

Vestía un uniforme sin distintivos. Un sable de caballería colgaba de su cintura y llevaba en la mano un látigo de mango corto.

—¡Caballos! —exigió con el aire imperioso de un hombre acostumbrado a mandar.

—Ya no tengo caballos disponibles —respondió el jefe de la posta, inclinándose.

—Los necesito ahora mismo.

—Es imposible.

—¿Y qué caballos son esos que acaban de enganchar al tarentass que he visto a la puerta de la posta?

—Pertenecen a este viajero —respondió el jefe de la posta, señalando a Miguel Strogoff.

—¡Que los desenganchen! —dijo el viajero en un tono que no admitía réplica.

Miguel Strogoff se adelantó entonces.

—Esos caballos están reservados por mí —dijo.

—¡Me da igual! Los necesito. ¡Vamos! ¡Deprisa! ¡No tengo tiempo que perder!

—Yo tampoco tengo tiempo que perder —respondió Miguel Strogoff, que quería mantener la calma y se contenía a duras penas.

Nadia estaba junto a él, también serena, pero secretamente inquieta ante una escena que habría sido mejor evitar.

—¡Basta! —repitió el viajero.

Luego, dirigiéndose al jefe de la posta:

—¡Que desenganchen ese tarentass! —exclamó con gesto amenazador—. ¡Y que enganchen los caballos a mi berlina!

El jefe de la posta, sumamente apurado, no sabía a quién obedecer y miraba a Miguel Strogoff, que evidentemente tenía derecho a resistirse a las injustas exigencias del viajero.

Miguel Strogoff vaciló un instante. No quería hacer uso de su podaroshna, que habría llamado la atención sobre él; tampoco quería, al ceder los caballos, retrasar su viaje y, sin embargo, no quería entablar una lucha que pudiera comprometer su misión.

Los dos periodistas lo observaban, dispuestos, por lo demás, a apoyarlo si recurría a ellos.

—Mis caballos se quedarán con mi carruaje —dijo Miguel Strogoff, sin elevar la voz más de lo que correspondía a un simple comerciante de Irkutsk.

El viajero se acercó entonces a Miguel Strogoff y, poniéndole bruscamente una mano en el hombro:

—¡Así que es eso! —dijo con voz estentórea—. ¿No quieres cederme tus caballos?

—No —respondió Miguel Strogoff.

—¡Pues bien, serán para aquel de los dos que consiga partir primero! ¡Defiéndete, porque no tendré contigo ninguna consideración!

Y, al decir esto, el viajero desenvainó rápidamente el sable y adoptó una posición de combate.

Nadia se había lanzado delante de Miguel Strogoff.

Harry Blount y Alcide Jolivet se acercaron a él.

—No voy a batirme —dijo simplemente Miguel Strogoff, quien, para contenerse mejor, cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿No vas a batirte?

—No.

—¿Ni siquiera después de esto? —exclamó el viajero.

Y, antes de que pudieran impedírselo, el mango de su látigo golpeó el hombro de Miguel Strogoff.

Ante aquel insulto, Miguel Strogoff palideció terriblemente.

Sus manos se alzaron abiertas, como si fueran a aplastar a aquel hombre brutal.

Pero, mediante un esfuerzo supremo, consiguió dominarse.

Un duelo significaba más que un retraso: ¡podía significar el fracaso de su misión!

... ¡Más valía perder unas horas!... ¡Sí!

Pero ¡había que tragarse aquella afrenta!

—¿Te batirás ahora, cobarde? —repitió el viajero, añadiendo la grosería a la brutalidad.

—¡No! —respondió Miguel Strogoff, que no se movió, pero miró al viajero directamente a los ojos.

—¡Los caballos, y ahora mismo! —dijo entonces este. Y salió de la sala.

El jefe de la posta lo siguió inmediatamente, no sin encogerse de hombros después de mirar a Miguel Strogoff con aire poco aprobador.

El efecto que aquel incidente produjo en los periodistas no podía ser favorable a Miguel Strogoff.

Su decepción era evidente. ¡Aquel robusto joven se dejaba golpear de aquella manera y no exigía una reparación por semejante insulto!

Se limitaron, pues, a saludarlo y se retiraron, mientras Alcide Jolivet decía a Harry Blount:

—¡Nunca habría creído semejante cosa de un hombre que abre en canal a los osos de los Urales con tanta limpieza! ¿Será verdad, entonces, que el valor tiene sus momentos y sus formas? ¡Esto es incomprensible! Aunque, después de todo, quizá a nosotros nos falte haber sido siervos alguna vez.

Un instante después, el ruido de las ruedas y el restallido de un látigo indicaban que la berlina, enganchada con los caballos del tarentass, abandonaba rápidamente la casa de postas.

Nadia, impasible, y Miguel Strogoff, todavía estremecido, se quedaron solos en la sala de la posta.

El correo del zar, con los brazos aún cruzados sobre el pecho, se había sentado. Parecía una estatua. Sin embargo, un rubor que desde luego no debía de ser el de la vergüenza había sustituido a la palidez en su rostro varonil.

Nadia no dudaba de que solo razones formidables podían haber llevado a un hombre semejante a tragarse una humillación semejante.

Así pues, acercándose a él, tal como él se había acercado a ella en la comisaría de policía de Nizhni Nóvgorod:

—¡Tu mano, hermano! —dijo.

Y, al mismo tiempo, con un gesto casi maternal, su dedo enjugó una lágrima que estaba a punto de brotar del ojo de su compañero.