MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

UNA PROVOCACIÓN

Geográficamente, Ekaterimburgo es una ciudad de Asia, pues está situada más allá de los montes Urales, en las últimas pendientes orientales de la cordillera.

Sin embargo, depende del gobierno de Perm y, por consiguiente, forma parte de una de las grandes divisiones de la Rusia europea.

Esta anomalía administrativa debe de tener alguna razón de ser.

Es como un pedazo de Siberia que hubiera quedado entre las fauces de Rusia.

Por aquella época, la población de Ekaterimburgo había aumentado considerablemente.

Rusos y siberianos, amenazados por la invasión tártara, habían afluido a la ciudad después de huir de las provincias ya invadidas por las hordas de Féofar-Khan, y principalmente del país kirguís, que se extiende al suroeste del Irtysh hasta las fronteras del Turquestán.

Así pues, si los medios de transporte habían escaseado para llegar a Ekaterimburgo, abundaban, por el contrario, para salir de la ciudad. En las circunstancias del momento, a los viajeros les importaba poco, en efecto, aventurarse por los caminos siberianos.

De este cúmulo de circunstancias resultó que Harry Blount y Alcide Jolivet encontraron fácilmente una télègue completa que sustituyera a la famosa media télègue que los había transportado como buenamente habían podido hasta Ekaterimburgo.

En cuanto a Miguel Strogoff, el tarentás le pertenecía, no había sufrido demasiado durante el viaje a través de los montes Urales y bastaba con engancharle tres buenos caballos para hacerlo avanzar rápidamente por el camino de Irkutsk.

Hasta Tiumén e incluso hasta Novo-Zaimskoë, aquel camino debía de ser bastante accidentado, pues todavía discurría por esas caprichosas ondulaciones del terreno que dan origen a las primeras pendientes de los Urales.

Pero, después de la etapa de Novo-Zaimskoë, comenzaba la inmensa estepa, que se extiende hasta las proximidades de Krasnoyarsk, a lo largo de un espacio de unas mil setecientas verstas (1. 815 kilómetros).

Como sabemos, los dos corresponsales tenían intención de dirigirse a Ishim, es decir, a seiscientas treinta verstas de Ekaterimburgo.

Allí debían atenerse a lo que dictaran los acontecimientos y después internarse por las regiones invadidas, juntos o por separado, según que su instinto de cazadores los lanzara por una pista o por otra.

Ahora bien, aquel camino de Ekaterimburgo a Ishim —que se dirige hacia Irkutsk— era el único que podía tomar Miguel Strogoff.

Solo que él, que no andaba detrás de las noticias y que, por el contrario, habría querido evitar el país devastado por los invasores, estaba firmemente decidido a no detenerse en ningún sitio.

—Señores —dijo, pues, a sus nuevos compañeros—, estaré encantado de hacer con ustedes una parte de mi viaje, pero debo advertirles que tengo muchísima prisa por llegar a Omsk, pues mi hermana y yo vamos allí a reunimos con nuestra madre.

¡Quién sabe siquiera si llegaremos antes de que los tártaros hayan invadido la ciudad!

Por tanto, solo me detendré en los relevos el tiempo necesario para cambiar de caballos, y viajaré día y noche.

—Nos proponemos hacer exactamente lo mismo —respondió Harry Blount.

—De acuerdo —prosiguió Miguel Strogoff—, pero no pierdan un instante. Alquilen o compren un vehículo cuyo...

—Cuyo tren trasero tenga a bien llegar a Ishim al mismo tiempo que el tren delantero —añadió Alcide Jolivet.

Media hora después, el diligente francés había encontrado, sin dificultad, por lo demás, un tarentás bastante parecido al de Miguel Strogoff, en el que él y su compañero se instalaron inmediatamente.

Miguel Strogoff y Nadia volvieron a ocupar su vehículo y, al mediodía, los dos tiros salieron juntos de la ciudad de Ekaterimburgo.

¡Nadia estaba por fin en Siberia y en aquel largo camino que conduce a Irkutsk!

¿Cuáles debían de ser entonces los pensamientos de la joven livonia?

Tres rápidos caballos la llevaban a través de aquella tierra del exilio, donde su padre estaba condenado a vivir, durante mucho tiempo quizá, y tan lejos de su país natal.

Pero apenas veía desfilar ante sus ojos aquellas largas estepas que, por un instante, le habían estado vedadas, pues su mirada iba más allá del horizonte, detrás del cual buscaba el rostro del exiliado.

Nada observaba del país que atravesaba a aquella velocidad de quince verstas por hora, nada de aquellas regiones de la Siberia occidental, tan diferentes de las regiones del este.

Allí, en efecto, había pocos campos cultivados y un suelo pobre, al menos en su superficie, pues en sus entrañas encerraba abundantes reservas de hierro, cobre, platino y oro.

De ahí que hubiera por todas partes explotaciones industriales, pero raramente establecimientos agrícolas.

¿Cómo encontrar brazos para cultivar la tierra, sembrar los campos y recoger las cosechas, cuando resulta más productivo remover el suelo a golpe de mina, a golpe de pico?

Allí, el campesino había dejado paso al minero.

El pico estaba en todas partes; la azada, en ninguna.

Sin embargo, el pensamiento de Nadia abandonaba a veces las lejanas provincias del lago Baikal y volvía entonces a su situación presente.

La imagen de su padre se desvanecía un poco y volvía a ver a su generoso compañero, primero en el camino de hierro de Wladimir, donde un designio providencial había hecho que se encontraran por primera vez.

Recordaba sus atenciones durante el viaje, su llegada a la casa de policía de Nizhni Nóvgorod, la cordial sencillez con que él le había hablado al llamarla hermana, su solicitud para con ella durante el descenso del Volga y, por último, todo lo que había hecho, en aquella terrible noche de tormenta a través de los montes Urales, para defender su vida poniendo en peligro la suya.

Nadia pensaba, pues, en Miguel Strogoff.

Daba gracias a Dios por haber puesto oportunamente en su camino a aquel valeroso protector, a aquel amigo generoso y discreto.

Se sentía segura junto a él, bajo su protección.

¡Un verdadero hermano no habría podido hacer más!

Ya no temía ningún obstáculo y se creía ahora segura de alcanzar su objetivo.

En cuanto a Miguel Strogoff, hablaba poco y reflexionaba mucho.

También él daba gracias a Dios por haberle concedido, en aquel encuentro con Nadia, además del medio de ocultar su verdadera identidad, la oportunidad de hacer una buena acción.

La serena intrepidez de la joven resultaba grata a su alma valerosa.

¡Cuánto habría deseado que fuera su hermana!

Sentía por su hermosa y heroica compañera tanto respeto como afecto.

Comprendía que era uno de esos corazones puros y excepcionales en los que se puede confiar.

Sin embargo, desde que pisaba suelo siberiano, comenzaban para Miguel Strogoff los verdaderos peligros.

Si los dos periodistas no se equivocaban, si Iván Ogareff había cruzado la frontera, había que actuar con la máxima cautela.

Las circunstancias habían cambiado, pues los espías tártaros debían de pulular por las provincias siberianas.

Si su anonimato quedaba al descubierto, si se reconocía su condición de correo del zar, ¡todo estaría perdido: su misión y quizá también su vida!

Miguel Strogoff sintió entonces con mayor intensidad el peso de la responsabilidad que recaía sobre él.

Mientras las cosas sucedían así en el primer vehículo, ¿qué ocurría en el segundo?

Nada fuera de lo corriente. Alcide Jolivet hablaba por frases; Harry Blount respondía con monosílabos.

Cada uno veía las cosas a su manera y tomaba notas de los escasos incidentes del viaje, incidentes que, por lo demás, fueron poco variados durante aquella travesía por las primeras provincias de la Siberia occidental.

En cada relevo, los dos corresponsales bajaban y se reunían con Miguel Strogoff. Cuando no había que comer en la casa de postas, Nadia no abandonaba el tarentás. Cuando había que desayunar o cenar, acudía a sentarse a la mesa; pero, siempre muy reservada, apenas intervenía en la conversación.

Alcide Jolivet, sin salirse nunca, por lo demás, de los límites de la más perfecta corrección, no dejaba de mostrarse atento con la joven livonia, a la que encontraba encantadora. Admiraba la silenciosa energía que mostraba en medio de las fatigas de un viaje realizado en condiciones tan duras.

Estas paradas forzosas no agradaban demasiado a Miguel Strogoff.

Por eso, en cada relevo, apremiaba la partida, espoleando a los maestros de postas, estimulando a los iemschiks y apresurando el enganche de los caballos al tarentás.

Después, una vez terminado rápidamente el almuerzo o la cena —demasiado rápidamente siempre para el gusto de Harry Blount, que era un comedor metódico—, se partía, y los periodistas también eran llevados como águilas, pues pagaban espléndidamente y, como decía Alcide Jolivet, «en águilas de Rusia».

Ni que decir tiene que Harry Blount no hacía el menor caso a la joven. Era uno de los pocos temas de conversación sobre los que no trataba de discutir con su compañero. Aquel honorable caballero no tenía por costumbre hacer dos cosas a la vez.

Y cuando Alcide Jolivet le preguntó una vez qué edad podía tener la joven livonia:

—¿Qué joven livonia? —respondió con la mayor seriedad del mundo, entornando los ojos.

—¡Pues la hermana de Nicolás Korpanoff, naturalmente!

—¿Es su hermana?

—¡No, su abuela! —replicó Alcide Jolivet, desconcertado ante semejante indiferencia—. ¿Qué edad le calcula usted?

—Si la hubiera visto nacer, lo sabría —respondió sencillamente Harry Blount, como quien no quería comprometerse.