MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XI #3
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CAPÍTULO XI #3

—¿No estás herida, hermana? —dijo Miguel Strogoff, precipitándose hacia la joven.

—No, hermano —respondió Nadia.

En aquel momento aparecieron los dos periodistas.

Alcide Jolivet se lanzó hacia la cabeza del caballo, y hay que reconocer que tenía buena mano, pues consiguió sujetarlo. Él y su compañero habían visto la rápida maniobra de Miguel Strogoff.

—¡Diablo! Para ser un simple comerciante, señor Korpanoff, ¡maneja usted de maravilla el cuchillo del cazador! —exclamó Alcide Jolivet.

—¡De maravilla, en efecto! —añadió Harry Blount.

—En Siberia, señores —respondió Miguel Strogoff—, ¡nos vemos obligados a hacer un poco de todo!

Alcide Jolivet miró entonces al joven.

Visto a plena luz, con el cuchillo ensangrentado en la mano, su elevada estatura, su aire decidido y un pie apoyado sobre el cuerpo del oso que acababa de abatir, Miguel Strogoff ofrecía una hermosa estampa.

—¡Un hombre de armas tomar! —se dijo Alcide Jolivet.

Se acercó entonces respetuosamente, con el sombrero en la mano, y saludó a la joven.

Nadia se inclinó ligeramente.

Alcide Jolivet se volvió entonces hacia su compañero:

—¡La hermana está a la altura del hermano! —dijo—. ¡Si yo fuera un oso, no me metería con esta pareja tan temible como encantadora!

Harry Blount, erguido como un palo, permanecía a cierta distancia, con el sombrero en la mano. La desenvoltura de su compañero no hacía sino acentuar todavía más su habitual rigidez.

En aquel momento reapareció el iemschik, que había conseguido alcanzar a sus dos caballos. Primero lanzó una mirada de pesar al magnífico animal que yacía en el suelo y que iba a verse obligado a abandonar a las aves de rapiña, y después se ocupó de volver a enganchar su tiro.

Miguel Strogoff le explicó entonces la situación de los dos viajeros y su intención de poner uno de los caballos del tarentás a su disposición.

—Como quieras —respondió el iemschik—. Solo que serán dos carruajes en lugar de uno...

—¡Bien, amigo! —respondió Alcide Jolivet, que comprendió la insinuación—. Te pagaremos el doble.

—¡Vamos, tortolitos! —gritó el iemschik.

Nadia había vuelto a subir al tarentás, que Miguel Strogoff y sus dos compañeros seguían a pie.

Eran las tres. La borrasca, que se encontraba ya en su fase decreciente, no se desencadenaba con tanta violencia por el desfiladero, y el camino se remontó rápidamente.

Con las primeras luces del alba, el tarentás alcanzó a la télègue, que estaba concienzudamente atascada en el barro hasta los cubos de las ruedas. Se comprendía perfectamente que un vigoroso tirón de su tiro hubiera provocado la separación de las dos partes.

Uno de los caballos laterales del tarentás fue enganchado con cuerdas a la caja de la télègue.

Los dos periodistas volvieron a ocupar su lugar en el banco de su singular vehículo, y los carruajes se pusieron inmediatamente en movimiento.

Por lo demás, ya no tenían más que descender por las pendientes de los Urales, lo que no ofrecía ninguna dificultad.

Seis horas después, los dos vehículos, uno detrás de otro, llegaban a Ekaterimburgo sin que ningún incidente desagradable hubiera marcado la segunda parte de su viaje.

El primer individuo que los periodistas vieron en la puerta de la casa de postas fue su iemschik, que parecía estar esperándolos.

Aquel digno ruso tenía muy buen aspecto y, sin el menor reparo, con una sonrisa en los ojos, se acercó a sus viajeros, les tendió la mano y reclamó su propina.

La verdad obliga a reconocer que la furia de Harry Blount estalló con una violencia muy británica, y, si el iemschik no se hubiera apartado prudentemente, un puñetazo, propinado con todas las reglas del boxeo, le habría pagado en plena cara su «na vodkou».

Alcide Jolivet, por su parte, al ver aquella cólera, se reía a más no poder, quizá como nunca se había reído.

—¡Pero si el pobre diablo tiene razón! —exclamaba—. ¡Está en su derecho, querido colega! ¡No es culpa suya que nosotros no hayamos encontrado la manera de seguirlo!

Y, sacando unos cuantos kopeks del bolsillo:

—Toma, amigo —dijo mientras se los entregaba al iemschik—. ¡Guárdatelos! Si no te los has ganado, ¡no es culpa tuya!

Esto redobló la irritación de Harry Blount, que quería arremeter contra el maestro de postas y llevarlo ante los tribunales.

—¡Un proceso, en Rusia! —exclamó Alcide Jolivet—. ¡Pero si las cosas no han cambiado, colega, no vería usted el final! ¿Acaso no conoce la historia de aquella nodriza rusa que reclamaba a la familia del niño que amamantaba doce meses de lactancia?

—No la conozco —respondió Harry Blount.

—Entonces, ¿tampoco sabe en qué se había convertido aquel niño cuando se dictó la sentencia que le daba la razón?

—¿Y qué era, si se puede saber?

—¡Coronel de húsares de la Guardia!

Y, ante aquella respuesta, todos estallaron en carcajadas.

En cuanto a Alcide Jolivet, encantado con su ocurrencia, sacó su cuaderno del bolsillo y anotó en él, sonriendo, aquella nota, destinada a figurar en el diccionario moscovita:

«Télègue, vehículo ruso de cuatro ruedas cuando parte y de dos ruedas cuando llega».