MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

VIAJEROS EN APUROS

En efecto, durante aquella breve tregua se oían gritos hacia la parte superior del camino, a una distancia bastante cercana de la oquedad que servía de refugio al tarentás.

Eran como llamadas desesperadas, lanzadas evidentemente por algún viajero en apuros.

Miguel Strogoff aguzó el oído y escuchó.

El iemschik también escuchaba, pero sacudía la cabeza, como si le pareciera imposible responder a aquella llamada.

—¡Son viajeros que piden ayuda! —exclamó Nadia.

—¡Si solo cuentan con nosotros!... —respondió el iemschik.

—¿Y por qué no? —exclamó Miguel Strogoff—. Lo que ellos harían por nosotros en semejante circunstancia, ¿no debemos hacerlo nosotros por ellos?

—¡Pero no irá usted a poner en peligro el vehículo y los caballos!...

—Iré a pie —respondió Miguel Strogoff, interrumpiendo al iemschik.

—Te acompaño, hermano —dijo la joven livonia.

—No, quédate, Nadia. El iemschik permanecerá contigo. No quiero dejarlo solo...

—Me quedaré —respondió Nadia.

—Pase lo que pase, ¡no abandones este refugio!

—Me encontrarás aquí.

Miguel Strogoff estrechó la mano de su compañera y, tras franquear la curva del talud, desapareció enseguida en la oscuridad.

—Tu hermano se equivoca —dijo el iemschik a la joven.

—Tiene razón —respondió Nadia sencillamente.

Entretanto, Miguel Strogoff remontaba rápidamente el camino.

Si tenía gran prisa por acudir en auxilio de quienes lanzaban aquellos gritos de socorro, también sentía un gran deseo de saber quiénes podían ser aquellos viajeros a los que la tormenta no había impedido aventurarse por la montaña, pues no dudaba de que fueran los mismos cuya télègue precedía siempre a su tarentás.

La lluvia había cesado, pero la ráfaga redoblaba su violencia.

Los gritos, arrastrados por la corriente de aire, se hacían cada vez más claros.

Desde el lugar donde Miguel Strogoff había dejado a Nadia no se podía ver nada.

El camino era sinuoso y la luz de los relámpagos solo dejaba ver los salientes de los taludes que cortaban las revueltas del camino.

Las ráfagas, al quebrarse bruscamente contra todos aquellos ángulos, formaban remolinos difíciles de atravesar, y Miguel Strogoff necesitaba una fuerza extraordinaria para resistirlos.

Pero pronto resultó evidente que los viajeros cuyos gritos se oían ya no debían de estar lejos.

Aunque Miguel Strogoff todavía no podía verlos, bien porque hubieran sido arrojados fuera del camino, bien porque la oscuridad los ocultara a sus ojos, sus palabras, sin embargo, llegaban con bastante claridad a sus oídos.

Y esto fue lo que oyó, algo que no dejó de causarle cierta sorpresa:

—¡Zoquete! ¿Vas a volver?

—¡Haré que te den de latigazos con el knut en el próximo relevo!

—¿Me oyes, postillón del demonio? ¡Eh, tú, de allí!

—¡Así es como conducen en este país!...

—¡Y a esto lo llaman una télègue!

—¡Eh, bruto redomado! ¡Sigue huyendo y ni siquiera parece darse cuenta de que nos deja tirados en el camino!

—¡Tratarme así a mí! ¡A mí, un inglés acreditado! ¡Me quejaré a la cancillería y haré que lo ahorquen!

El que hablaba de aquel modo estaba verdaderamente furioso.

Pero, de pronto, a Miguel Strogoff le pareció que su segundo interlocutor se tomaba con resignación lo que estaba ocurriendo, pues una carcajada de lo más inesperada, en medio de semejante escena, resonó de repente y fue seguida de estas palabras:

—¡Pues no! ¡Decididamente, esto es demasiado divertido!

—¡Se atreve usted a reír! —respondió con tono bastante áspero el inglés.

—¡Claro que sí, querido colega, y de todo corazón, y es lo mejor que puedo hacer! ¡Le aconsejo que haga lo mismo! ¡Palabra de honor, esto es demasiado divertido, jamás se ha visto nada igual!...

En aquel momento, un violento trueno llenó el desfiladero de un estrépito espantoso, que los ecos de la montaña multiplicaron de manera grandiosa. Después, cuando se apagó el último retumbo, la voz alegre volvió a resonar:

—¡Sí, extraordinariamente divertido! ¡Esto, desde luego, no ocurriría en Francia!

—¡Ni en Inglaterra! —respondió el inglés.

En el camino, ampliamente iluminado entonces por los relámpagos, Miguel Strogoff divisó, a veinte pasos, a dos viajeros encaramados uno junto al otro en el asiento trasero de un vehículo singular, que parecía estar profundamente atascado en algún surco.

Miguel Strogoff se acercó a los dos viajeros, uno de los cuales continuaba riendo y el otro refunfuñando, y reconoció a los dos corresponsales de prensa que, embarcados en el Cáucaso, habían recorrido con él el camino de Nizhni Nóvgorod a Perm.

—¡Eh! ¡Buenos días, señor! —exclamó el francés—. ¡Encantado de verle en semejante circunstancia! Permítame que le presente a mi enemigo íntimo, el señor Blount.

El reportero inglés saludó y quizá iba a presentar, a su vez, a su colega Alcide Jolivet, conforme a las reglas de la cortesía, cuando Miguel Strogoff le dijo:

—No hace falta, señores; nos conocemos, puesto que ya hemos viajado juntos por el Volga.

—¡Ah, muy bien! ¡Perfecto! ¿Señor...?

—Nicolás Korpanoff, comerciante de Irkutsk —respondió Miguel Strogoff—. Pero ¿me contarán qué aventura, tan lamentable para uno como divertida para el otro, les ha ocurrido?

—Le dejo a usted juzgar, señor Korpanoff —respondió Alcide Jolivet—.

Imagínese que nuestro postillón se ha marchado con el tren delantero de su infernal vehículo, dejándonos tirados en el tren trasero de su absurdo carruaje.

¡La peor mitad de una télègue para dos, sin guía, sin caballos!

¿No es absolutamente, superlativamente divertido?

—¡Nada divertido! —respondió el inglés.

—¡Pero sí, colega! De verdad que no sabe usted ver el lado bueno de las cosas.

—Y, si me permite la pregunta, ¿cómo podremos continuar nuestro camino? —preguntó Harry Blount.

—Nada más sencillo —respondió Alcide Jolivet—. Va usted a engancharse a lo que nos queda de vehículo; yo tomaré las riendas, le llamaré «mi pequeña paloma», como un auténtico iemschik, ¡y usted avanzará como un verdadero caballo de posta!

—Señor Jolivet —respondió el inglés—, esta broma pasa de la raya y...

—Tranquilo, colega. Cuando esté usted rendido, le sustituiré, y tendrá derecho a llamarme caracol asmático o tortuga que desfallece si no le hago avanzar a un ritmo endiablado.

Alcide Jolivet decía todas aquellas cosas con tal buen humor que Miguel Strogoff no pudo evitar sonreír.

—Señores —dijo entonces—, hay algo mejor que hacer.

Hemos llegado aquí al puerto superior de la cadena de los Urales y, por consiguiente, ahora no tenemos más que descender por las pendientes de la montaña.

Mi carruaje está allí, quinientos pasos más atrás.

Les prestaré uno de mis caballos, lo engancharemos a la caja de su télègue y mañana, si no ocurre ningún accidente, llegaremos juntos a Ekaterimburgo.

—Señor Korpanoff —respondió Alcide Jolivet—, ¡esta es una propuesta que nace de un corazón generoso!

—Añadiré, señor —respondió Miguel Strogoff—, que si no les ofrezco subir a mi tarentás es porque solo tiene dos plazas y mi hermana y yo ya las ocupamos.

—¡Cómo no, señor! —respondió Alcide Jolivet—. Mi colega y yo, con su caballo y el tren trasero de nuestra media télègue, ¡llegaríamos hasta el fin del mundo!

—Señor —repuso Harry Blount—, aceptamos su amable ofrecimiento. En cuanto a ese iemschik...

—¡Oh! ¡Créame, no es la primera vez que le ocurre una aventura semejante! —respondió Miguel Strogoff.

—Pero entonces, ¿por qué no vuelve? ¡Sabe perfectamente que nos ha dejado atrás, el miserable!

—¡Él! ¡Ni siquiera se da cuenta!

—¡Cómo! ¿Ese buen hombre ignora que se ha separado una parte de su télègue de la otra?

—Lo ignora, y conduce su tren delantero a Ekaterimburgo con la mejor fe del mundo.

—¡Ya le decía yo que esto era de lo más divertido, colega! —exclamó Alcide Jolivet.

—Si quieren seguirme, señores —prosiguió Miguel Strogoff—, llegaremos hasta mi carruaje y...

—¿Y la télègue? —observó el inglés.

—¡No tema que salga volando, querido Blount! —exclamó Alcide Jolivet—. Está tan bien arraigada en el suelo que, si la dejáramos aquí, ¡la próxima primavera le saldrían hojas!

—Vamos, señores —dijo Miguel Strogoff—, y traeremos aquí el tarentás.

El francés y el inglés, bajando del asiento trasero, que de ese modo se había convertido en asiento delantero, siguieron a Miguel Strogoff.

Mientras caminaba, Alcide Jolivet, fiel a su costumbre, charlaba con su buen humor, que nada podía alterar.

—A fe mía, señor Korpanoff —dijo a Miguel Strogoff—, ¡nos saca usted de un buen apuro!

—No he hecho, señor —respondió Miguel Strogoff—, más que lo que habría hecho cualquier otro en mi lugar. Si los viajeros no se ayudaran unos a otros, ¡no quedaría más remedio que cerrar los caminos!

—Ya me devolverá el favor, señor. Si se interna usted mucho en las estepas, es posible que volvamos a encontrarnos, y...

Alcide Jolivet no preguntaba abiertamente a Miguel Strogoff adónde se dirigía, pero este, como no quería dar la impresión de ocultar nada, respondió enseguida:

—Voy a Omsk, señores.

—Y el señor Blount y yo —prosiguió Alcide Jolivet— vamos un poco más adelante, allí donde quizá haya alguna bala, pero, con toda seguridad, alguna noticia que atrapar.

—¿A las provincias invadidas? —preguntó Miguel Strogoff con cierto interés.

—Exactamente, señor Korpanoff, y es probable que allí no nos encontremos.

—En efecto, señor —respondió Miguel Strogoff—. No me gustan demasiado los disparos ni los golpes de lanza, y soy demasiado pacífico por naturaleza para aventurarme allí donde se combate.

—Lo siento, señor, lo siento, y verdaderamente no podremos sino lamentar separarnos tan pronto. Pero, al salir de Ekaterimburgo, quizá nuestra buena estrella quiera que volvamos a viajar juntos, aunque solo sea durante unos días.

—¿Se dirigen ustedes a Omsk? —preguntó Miguel Strogoff, después de reflexionar un instante.

—Todavía no lo sabemos —respondió Alcide Jolivet—, pero desde luego iremos directamente hasta Ishim y, una vez allí, actuaremos según los acontecimientos.