CAPÍTULO X #2
En efecto, el tarentás, inmóvil, se encontraba entonces en una curva del camino por la que irrumpía la ráfaga.
Había, por tanto, que mantenerlo de frente al viento; de lo contrario, al recibirlo de costado, habría volcado inevitablemente y se habría precipitado en un profundo abismo que bordeaba el camino por la izquierda.
Los caballos, rechazados por las ráfagas, se encabritaban, y su conductor no conseguía calmarlos.
A las palabras amistosas habían sucedido en su boca los calificativos más insultantes.
Nada servía. Las pobres bestias, cegadas por las descargas eléctricas, aterrorizadas por los incesantes estallidos de la tormenta, comparables a detonaciones de artillería, amenazaban con romper los tirantes y escapar. El iemschik ya no era dueño de su tiro.
En aquel momento, Miguel Strogoff, saltando de un brinco fuera del tarentás, acudió en su ayuda. Dotado de una fuerza extraordinaria, consiguió, no sin esfuerzo, dominar a los caballos.
Pero la furia del huracán redoblaba entonces.
En aquel punto, el camino se ensanchaba en forma de embudo y dejaba que la ráfaga se precipitara por él, como lo habría hecho en aquellas mangas de ventilación tendidas al viento a bordo de los vapores.
Al mismo tiempo, una avalancha de piedras y troncos de árboles comenzaba a rodar desde lo alto de los taludes.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Miguel Strogoff.
—¡Tampoco nos quedaremos! —exclamó el iemschik, completamente aturdido, mientras se afianzaba con todas sus fuerzas contra aquel espantoso desplazamiento de las masas de aire—. ¡El huracán no tardará en arrojarnos al fondo de la montaña, y por el camino más corto!
—¡Toma el caballo de la derecha, cobarde! —respondió Miguel Strogoff—. ¡Yo respondo del de la izquierda!
Un nuevo embate de la ráfaga interrumpió a Miguel Strogoff.
El conductor y él tuvieron que agacharse hasta el suelo para no ser derribados; pero el vehículo, a pesar de sus esfuerzos y de los de los caballos, a los que mantenían firmes frente al viento, retrocedió varias longitudes y, de no ser por un tronco de árbol que lo detuvo, se habría precipitado fuera del camino.
—¡No tengas miedo, Nadia! —gritó Miguel Strogoff.
—No tengo miedo —respondió la joven livonia, sin que su voz traicionara la menor emoción.
Los truenos habían cesado un instante y la espantosa ráfaga, después de franquear la curva, se perdía en las profundidades del desfiladero.
—¿Quieres bajar? —dijo el iemschik.
—¡No, hay que subir! ¡Hay que pasar esta curva! ¡Más arriba estaremos al abrigo del talud!
—¡Pero los caballos se niegan!
—¡Haz como yo y tira de ellos hacia delante!
—¡La ráfaga va a volver!
—¿Obedecerás?
—¡Tú lo quieres!
—¡Lo ordena el Padre! —respondió Miguel Strogoff, que invocaba por primera vez el nombre del emperador, ese nombre todopoderoso entonces sobre las tres partes del mundo.
—¡Adelante, mis golondrinas! —exclamó el iemschik, sujetando el caballo de la derecha, mientras Miguel Strogoff hacía lo mismo con el de la izquierda.
Los caballos, sujetos de aquel modo, reanudaron penosamente el camino.
Ya no podían desviarse hacia los lados, y el caballo de varas, al no verse ya tironeado por los flancos, pudo mantenerse en el centro del camino.
Pero hombres y animales, azotados por las ráfagas mientras se mantenían en pie, apenas daban tres pasos sin perder uno, y a veces dos.
Resbalaban, caían y volvían a levantarse.
Con semejante traqueteo, el vehículo corría un grave riesgo de desarmarse.
Si la capota no hubiera estado sólidamente asegurada, el tarentás se habría quedado sin ella al primer embate.
Miguel Strogoff y el iemschik tardaron más de dos horas en remontar aquel tramo del camino, de no más de media versta de longitud, que estaba tan directamente expuesto al azote de la ráfaga.
El peligro no estaba entonces solamente en aquel formidable huracán que luchaba contra el tiro y sus dos conductores, sino, sobre todo, en aquella granizada de piedras y troncos rotos que la montaña sacudía y arrojaba sobre ellos.
De pronto, uno de aquellos bloques apareció, en el resplandor de un relámpago, moviéndose con rapidez creciente y rodando en dirección al tarentás.
El iemschik lanzó un grito.
Miguel Strogoff, de un vigoroso latigazo, quiso hacer avanzar al tiro, pero este se negó.
¡Unos pocos pasos más y el bloque habría pasado por detrás!...
En una vigésima de segundo, Miguel Strogoff vio a la vez el tarentás alcanzado y a su compañera aplastada. Comprendió que ya no tenía tiempo de sacarla viva del vehículo.
Pero entonces, arrojándose hacia atrás y encontrando en aquel peligro inmenso una fuerza sobrehumana, con la espalda apoyada contra el eje y los pies firmemente clavados en el suelo, hizo retroceder unos pies al pesado vehículo.
Al pasar, el enorme bloque rozó el pecho del joven y le cortó la respiración como lo habría hecho una bala de cañón, mientras trituraba los pedernales del camino, que centellearon al recibir el golpe.
—¡Hermano! —había exclamado Nadia, aterrorizada, pues había visto toda la escena a la luz del relámpago.
—¡Nadia! —respondió Miguel Strogoff—. ¡Nadia, no temas nada!...
—¡No era por mí por quien podía temer!
—¡Dios está con nosotros, hermana!
—Conmigo, desde luego, hermano, puesto que te puso en mi camino —murmuró la joven.
El impulso dado al tarentás por el esfuerzo de Miguel Strogoff no debía perderse.
Fue aquel impulso el que permitió a los caballos, enloquecidos, recuperar su dirección inicial.
Arrastrados, por así decirlo, por Miguel Strogoff y el iemschik, remontaron el camino hasta un estrecho puerto orientado de sur a norte, donde quedarían protegidos de los embates directos de la tormenta.
El talud de la derecha formaba allí una especie de resalte, debido a la saliente de una enorme roca que ocupaba el centro de un remolino.
El viento no arremolinaba allí, y el lugar ofrecía un refugio seguro, mientras que en la periferia de aquel ciclón ni hombres ni caballos habrían podido resistir.
Y, en efecto, algunos abetos, cuyas copas sobresalían por encima de la cresta de la roca, fueron descabezados en un abrir y cerrar de ojos, como si una guadaña gigantesca hubiera segado el talud al ras de sus ramas.
La tormenta estaba entonces en toda su furia. Los relámpagos llenaban el desfiladero y los truenos no cesaban. El suelo, estremecido bajo aquellos golpes furiosos, parecía temblar, como si todo el macizo de los Urales estuviera sometido a una vibración general.
Por fortuna, el tarentás había podido quedar, por así decirlo, resguardado en una profunda oquedad que la ráfaga solo azotaba de refilón.
Pero no estaba tan protegido como para que algunas corrientes oblicuas, desviadas por las salientes del talud, no lo alcanzaran a veces con violencia.
Entonces chocaba contra la pared de roca, hasta el punto de hacer temer que se hiciera añicos.
Nadia tuvo que abandonar el lugar que ocupaba allí. Miguel Strogoff, después de buscar a la luz de uno de los faroles, descubrió una excavación abierta por el pico de algún minero, y la joven pudo acurrucarse en ella mientras esperaban a que pudiera reanudarse el viaje.
En aquel momento —era la una de la madrugada— comenzó a llover, y pronto las ráfagas, formadas por agua y viento, adquirieron una violencia extrema, sin conseguir, sin embargo, apagar los fuegos del cielo. Esta complicación hacía imposible partir.
Por tanto, por grande que fuera la impaciencia de Miguel Strogoff —y se comprende que lo fuera—, tuvo que dejar pasar lo peor de la tormenta.
Además, había llegado al propio puerto por el que atravesaba el camino de Perm a Ekaterimburgo, y ya no tenía más que descender por las pendientes de los montes Urales; pero descender en aquellas condiciones, sobre un terreno surcado por los mil torrentes de la montaña, en medio de los remolinos de aire y agua, era jugarse la vida, era correr hacia el abismo.
—Esperar es grave —dijo entonces Miguel Strogoff—, pero sin duda nos evitará retrasos mayores.
La violencia de la tormenta me hace esperar que no durará mucho.
Hacia las tres, comenzará a reaparecer la luz del día, y el descenso, que no podemos arriesgar en la oscuridad, será, si no fácil, al menos posible después de la salida del sol.
—Esperemos, hermano —respondió Nadia—, pero si retrasas la partida, ¡que no sea para ahorrarme una fatiga o un peligro!
—Nadia, sé que estás decidida a afrontarlo todo, pero, al ponernos en peligro a los dos, arriesgaría más que mi vida, más que la tuya: faltaría a la tarea, al deber que ante todo tengo que cumplir.
—¡Un deber!... —murmuró Nadia.
En aquel momento, un violento relámpago rasgó el cielo y pareció, por así decirlo, hacer desaparecer la lluvia.
Inmediatamente resonó un seco estampido.
El aire se llenó de un olor sulfuroso, casi asfixiante, y un grupo de grandes pinos, alcanzado por la descarga eléctrica a veinte pasos del tarentás, ardió como una gigantesca antorcha.
El iemschik, derribado al suelo por una especie de sacudida de retroceso, se levantó por fortuna sin heridas.
Después, cuando los últimos truenos se perdieron en las profundidades de la montaña, Miguel Strogoff sintió que la mano de Nadia se apoyaba con fuerza sobre la suya y la oyó murmurar estas palabras al oído:
—¡Gritos, hermano! ¡Escucha!