CAPÍTULO X
UNA TORMENTA EN LOS MONTES URALES
Esa era la frontera que Miguel Strogoff debía atravesar para pasar de Rusia a Siberia y, como ya se ha dicho, al tomar el camino que va de Perm a Ekaterimburgo, situada en la vertiente oriental de los montes Urales, había obrado con prudencia.
Era la ruta más fácil y segura, la que sirve para el tránsito de todo el comercio de Asia central.
La noche debía bastar para atravesar las montañas, si no se producía ningún accidente.
Por desgracia, los primeros truenos anunciaban una tormenta que las particulares condiciones de la atmósfera hacían temible.
La tensión eléctrica era tal que solo podía descargarse mediante una violenta descarga eléctrica.
Miguel Strogoff se ocupó de que su joven compañera estuviera instalada lo mejor posible.
La capota, que una ráfaga de viento habría arrancado fácilmente, quedó asegurada con mayor firmeza mediante unas cuerdas que se cruzaban por encima y por detrás.
Se duplicaron las correas de los caballos y, como precaución adicional, se rellenó de paja el refuerzo de los cubos de las ruedas, tanto para dar mayor solidez a estas como para amortiguar los golpes, difíciles de evitar en una noche oscura.
Por último, el tren delantero y el tren trasero, cuyos ejes estaban simplemente sujetos con clavijas a la caja del tarentás, quedaron unidos entre sí por un travesaño de madera fijado mediante pernos y tuercas.
Este travesaño hacía las veces de la barra curva que, en las berlinas suspendidas sobre cuellos de cisne, une ambos ejes.
Nadia volvió a ocupar su lugar en el fondo de la caja y Miguel Strogoff se sentó a su lado. Delante de la capota, completamente bajada, colgaban dos cortinas de cuero que, hasta cierto punto, debían proteger a los viajeros de la lluvia y de las ráfagas.
Dos grandes faroles habían sido fijados al lado izquierdo del asiento del iemschik y proyectaban oblicuamente unas luces pálidas, poco apropiadas para iluminar el camino.
Pero eran las luces de posición del vehículo y, aunque apenas disipaban la oscuridad, al menos podían evitar que otro coche que avanzara en sentido contrario chocara con ellos.
Como se ve, se habían tomado todas las precauciones, y ante aquella noche amenazadora era bueno que así fuera.
—Nadia, estamos preparados —dijo Miguel Strogoff.
—Partamos —respondió la joven.
Se dio la orden al iemschik y el tarentás se puso en marcha, remontando las primeras pendientes de los montes Urales.
Eran las ocho y el sol estaba a punto de ponerse.
Sin embargo, ya estaba muy oscuro, a pesar del crepúsculo, que se prolonga en esta latitud.
Enormes masas de vapor parecían hacer descender la bóveda del cielo, pero ningún viento las movía todavía.
No obstante, si permanecían inmóviles de un horizonte al otro, no ocurría lo mismo en dirección del cenit al nadir, y la distancia que las separaba del suelo disminuía visiblemente.
Algunas de aquellas franjas desprendían una especie de luz fosforescente y dibujaban ante los ojos arcos de sesenta a ochenta grados.
Sus capas parecían acercarse poco a poco al suelo y estrechaban su red, hasta el punto de que pronto abrazarían la montaña, como si algún huracán de las alturas las hubiera empujado de arriba abajo.
Además, el camino ascendía hacia aquellas grandes nubes, muy densas y casi llegadas ya al punto de condensación.
En poco tiempo, camino y vapores se confundirían y, si en aquel momento las nubes no se resolvían en lluvia, la niebla sería tan espesa que el tarentás ya no podría avanzar sin correr el riesgo de caer en algún precipicio.
Sin embargo, la cordillera de los montes Urales no alcanza una altura considerable.
La altitud de su cumbre más elevada no supera los cinco mil pies.
Allí se desconocen las nieves perpetuas y las que un invierno siberiano acumula en sus cimas se derriten por completo bajo el sol del verano.
Las plantas y los árboles crecen a cualquier altura.
Al igual que la explotación de las minas de hierro y cobre, la de los yacimientos de piedras preciosas requiere una cantidad considerable de trabajadores.
Por eso, los poblados llamados «zavody» se encuentran allí con bastante frecuencia, y el camino, abierto a través de los grandes desfiladeros, es fácilmente transitable para los vehículos de posta.
Pero lo que resulta fácil con buen tiempo y a plena luz ofrece dificultades y peligros cuando los elementos luchan violentamente entre sí y uno se ve atrapado en esa lucha.
Miguel Strogoff sabía, porque ya lo había experimentado, lo que era una tormenta en la montaña, y quizá consideraba, con razón, que aquel fenómeno meteorológico era tan temible como aquellos terribles temporales de nieve que durante el invierno se desencadenan allí con una violencia incomparable.
Al partir, todavía no llovía. Miguel Strogoff había levantado las cortinas de cuero que protegían el interior del tarentás y miraba hacia delante, mientras observaba también los lados del camino, que el resplandor vacilante de los faroles poblaba de siluetas fantásticas.
Nadia, inmóvil y con los brazos cruzados, miraba también, pero sin inclinarse, mientras su compañero, con medio cuerpo fuera de la caja, escrutaba a la vez el cielo y la tierra.
La atmósfera estaba absolutamente tranquila, pero reinaba una calma amenazadora.
Ni una molécula de aire se movía todavía.
Parecía que la naturaleza, medio asfixiada, hubiera dejado de respirar y que sus pulmones, es decir, aquellas nubes sombrías y densas, atrofiados por alguna causa, ya no pudieran funcionar.
El silencio habría sido absoluto de no ser por el chirrido de las ruedas del tarentás, que trituraban la grava del camino; el gemido de los cubos y de los ejes del vehículo; la respiración sonora de los caballos, a los que les faltaba el aliento, y el repiqueteo de sus cascos herrados sobre las piedras que centelleaban al golpearlas.
Por lo demás, el camino estaba completamente desierto.
El tarentás no se cruzaba con ningún peatón, ningún jinete ni vehículo alguno en aquellos estrechos desfiladeros de los Urales, durante aquella noche amenazadora.
Ni una hoguera de carbonero en los bosques, ni un campamento de mineros en las canteras en explotación, ni una cabaña perdida bajo la maleza.
Hacían falta razones de esas que no permiten ni vacilaciones ni retrasos para emprender el cruce de la cordillera en semejantes condiciones.
Miguel Strogoff no había vacilado. No podía permitírselo; pero entonces —y aquello empezaba a preocuparle seriamente—, ¿quiénes podían ser aquellos viajeros cuya télègue precedía a su tarentás y qué razones de peso tenían para mostrarse tan imprudentes?
Miguel Strogoff permaneció así un tiempo, atento a cuanto sucedía.
Hacia las once, los relámpagos comenzaron a iluminar el cielo y ya no cesaron.
A su rápida luz aparecía y desaparecía la silueta de los grandes pinos que se agrupaban en distintos puntos del camino.
Luego, cuando el tarentás se acercaba rozando el borde del camino, profundos abismos se iluminaban bajo el resplandor de las descargas eléctricas de las nubes.
De vez en cuando, un rodar más grave del vehículo indicaba que atravesaba un puente de troncos apenas desbastados, tendido sobre alguna grieta, y el trueno parecía retumbar debajo de él.
Además, no tardó el espacio en llenarse de zumbidos monótonos, que se hacían cada vez más graves a medida que ascendían hacia las alturas del cielo.
A aquellos diversos ruidos se mezclaban los gritos y las interjecciones del iemschik, unas veces halagando y otras reprendiendo a sus pobres animales, más fatigados por la pesadez del aire que por la dureza del camino.
Ni siquiera los cascabeles del caballo de varas conseguían ya animarlos y, por momentos, las patas les flaqueaban.
—¿A qué hora llegaremos a la cima del puerto? —preguntó Miguel Strogoff al iemschik.
—A la una de la madrugada... ¡si llegamos! —respondió este, sacudiendo la cabeza.
—Dime, amigo, no es tu primera tormenta en la montaña, ¿verdad?
—No, y ¡quiera Dios que esta no sea la última!
—¿Es que tienes miedo?
—No tengo miedo, pero te repito que has hecho mal en partir.
—Habría hecho peor en quedarme.
—¡Adelante, palomas mías! —replicó el iemschik, como un hombre que no estaba allí para discutir, sino para obedecer.
En aquel momento se oyó un estremecimiento lejano.
Era como un millar de silbidos agudos y ensordecedores que atravesaban la atmósfera, hasta entonces en calma.
A la luz de un deslumbrante relámpago, al que casi inmediatamente siguió un terrible estruendo de trueno, Miguel Strogoff divisó unos grandes pinos que se retorcían en una cumbre.
El viento se desencadenaba, pero todavía solo agitaba las capas altas del aire.
Algunos crujidos secos indicaron que ciertos árboles, viejos o mal arraigados, no habían podido resistir el primer embate de la ráfaga.
Una avalancha de troncos rotos atravesó el camino, después de rebotar violentamente contra las rocas, y fue a perderse en el abismo de la izquierda, a doscientos pasos por delante del tarentás.
Los caballos se habían detenido en seco.
—¡Adelante, lindas palomas! —gritó el iemschik, mezclando los restallidos de su látigo con los estruendos del trueno.
Miguel Strogoff tomó la mano de Nadia.
—¿Duermes, hermana? —le preguntó.
—No, hermano.
—Prepárate para todo. ¡Aquí está la tormenta!
—Estoy preparada.
Miguel Strogoff solo tuvo tiempo de cerrar las cortinas de cuero del tarentás.
La ráfaga llegaba como un rayo.
El iemschik, saltando de su asiento, se arrojó a la cabeza de los caballos para sujetarlos, pues un peligro inmenso amenazaba a todo el tiro.