MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO VIII #2
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CAPÍTULO VIII #2

—¿Y sigue funcionando hasta Kolyván?

—Eso lo ignoro, pero, por ejemplo, puedo asegurarle que funciona de Kazán a París.

—¿Ha enviado un despacho... a su prima...?

—Con entusiasmo.

—¿Así que se ha enterado...?

—Mire, mi querido amigo, por hablar como los rusos —respondió Alcide Jolivet—, yo soy de buena pasta y no quiero ocultarle nada. Los tártaros, con Féofar Kan a la cabeza, han rebasado Semipalátinsk y descienden por el curso del Irtysh. ¡Sáquele provecho!

¡Cómo! ¡Una noticia tan grave, y Harry Blount no la conocía, mientras que su rival, que probablemente la había obtenido de algún habitante de Kazán, acababa de transmitirla a París!

¡El periódico inglés se había quedado atrás!

Por eso Harry Blount, cruzando las manos a la espalda, fue a sentarse en la parte posterior del vapor, sin añadir una palabra.

Hacia las diez de la mañana, la joven livonia, después de salir de su camarote, subió a cubierta.

Miguel Strogoff se acercó a ella y le tendió la mano.

—Mira, hermana —le dijo después de llevarla hasta la proa del Cáucaso.

Y, en efecto, el paisaje merecía que se lo contemplara con cierta atención.

El Cáucaso llegaba en aquel momento a la confluencia del Volga y el Kama. Allí iba a abandonar el gran río, después de haberlo descendido durante más de cuatrocientas verstas, para remontar el Kama, el importante río, a lo largo de cuatrocientas sesenta verstas (490 kilómetros).

En aquel lugar, las aguas de las dos corrientes mezclaban sus tonalidades, ligeramente diferentes, y el Kama, prestando a la orilla izquierda el mismo servicio que el Oká había prestado a su orilla derecha al atravesar Nizhni Nóvgorod, la saneaba aún más con su límpido afluente.

El Kama se abría entonces ampliamente, y sus orillas boscosas eran encantadoras.

Algunas velas blancas animaban sus hermosas aguas, impregnadas de rayos solares.

Las laderas, pobladas de álamos temblones, alisos y, en ocasiones, grandes robles, cerraban el horizonte con una línea armoniosa que la deslumbrante luz del mediodía confundía en algunos puntos con el fondo del cielo.

Pero aquellas bellezas naturales no parecían capaces de apartar, ni siquiera por un instante, los pensamientos de la joven livonia.

Ella no veía más que una cosa: el objetivo que debía alcanzar, y el Kama no era para ella sino un camino más fácil para llegar hasta él.

Sus ojos brillaban con extraordinaria intensidad mientras miraba hacia el este, como si quisiera atravesar con la mirada aquel horizonte impenetrable.

Nadia había dejado su mano en la de su compañero y, poco después, volviéndose hacia él:

—¿A qué distancia estamos de Moscú? —le preguntó.

—¡A novecientas verstas! —respondió Miguel Strogoff.

—¡Novecientas de las siete mil! —murmuró la joven.

Era la hora del almuerzo, anunciada por algunos repiques de la campana.

Nadia siguió a Miguel Strogoff al restaurante del vapor.

No quiso probar aquellos entremeses que se servían aparte: caviar, arenques cortados en pequeñas rodajas y aguardiente de centeno anisado, destinados a estimular el apetito, según una costumbre común a todos los países del norte, tanto en Rusia como en Suecia o Noruega.

Nadia comió poco, quizá como una pobre muchacha cuyos recursos eran muy escasos.

Miguel Strogoff creyó, pues, que debía conformarse con el menú que bastaría para su compañera: un poco de koulbat, especie de pastel hecho con yemas de huevo, arroz y carne picada, coles rojas rellenas de caviar y té como única bebida.

La comida no fue, por tanto, ni larga ni costosa, y menos de veinte minutos después de haberse sentado ambos a la mesa, Miguel Strogoff y Nadia volvían juntos a la cubierta del Cáucaso.

Entonces se sentaron en la parte posterior y, sin más preámbulos, Nadia, bajando la voz para que solo él pudiera oírla:

—Hermano —dijo—, soy hija de un exiliado. Me llamo Nadia Fédor. Mi madre murió en Riga hace apenas un mes, y voy a Irkutsk para reunirme con mi padre y compartir su exilio.

—Yo mismo voy a Irkutsk —respondió Miguel Strogoff—, y consideraré un favor del cielo entregar a Nadia Fédor, sana y salva, en manos de su padre.

—¡Gracias, hermano! —respondió Nadia.

Miguel Strogoff añadió entonces que había obtenido un podaroshna especial para Siberia y que, por lo que respectaba a las autoridades rusas, nada podría impedirle continuar su camino.

Nadia no preguntó nada más. Solo veía una cosa en aquel encuentro providencial con aquel joven sencillo y bondadoso: el medio de llegar hasta su padre.

—Tenía un permiso que me autorizaba a ir a Irkutsk —le dijo—; pero el decreto del gobernador de Nizhni Nóvgorod vino a anularlo, y sin ti, hermano, no habría podido salir de la ciudad donde me encontraste y en la que, sin duda, habría muerto.

—¿Y sola, Nadia —respondió Miguel Strogoff—, te atrevías a aventurarte por las estepas de Siberia?

—Era mi deber, hermano.

—Pero ¿no sabías que el país, sublevado e invadido, se había vuelto casi intransitable?

—La invasión tártara no se conocía cuando salí de Riga —respondió la joven livonia—. ¡Fue solo en Moscú donde me enteré de la noticia!

—Y, a pesar de ello, ¿continuaste tu camino?

—Era mi deber.

Aquella palabra resumía todo el carácter de la valerosa joven. Lo que consideraba su deber, Nadia nunca vacilaba en hacerlo.

Entonces habló de su padre, Wassili Fédor.

Era un médico respetado de Riga. Ejercía su profesión con éxito y vivía feliz entre los suyos.

Pero, una vez demostrada su vinculación con una sociedad secreta extranjera, recibió la orden de partir hacia Irkutsk, y los gendarmes que le llevaron aquella orden lo condujeron sin demora más allá de la frontera.

Wassili Fédor apenas tuvo tiempo de abrazar a su mujer, que ya se encontraba muy enferma, y a su hija, que quizá iba a quedar sin apoyo; luego, llorando por aquellos dos seres a los que amaba, partió.

Desde hacía dos años vivía en la capital de Siberia oriental y allí había podido seguir ejerciendo su profesión de médico, aunque apenas le proporcionaba ingresos.

No obstante, quizá habría sido feliz, tanto como puede serlo un exiliado, si su mujer y su hija hubieran estado junto a él.

Pero la señora Fédor, ya muy debilitada, no habría podido abandonar Riga.

Veinte meses después de la partida de su marido, murió en brazos de su hija, a la que dejaba sola y casi sin recursos.

Nadia Fédor pidió entonces al Gobierno ruso autorización para reunirse con su padre en Irkutsk y la obtuvo fácilmente.

Le escribió que partía. Apenas disponía de lo necesario para aquel largo viaje y, sin embargo, no dudó en emprenderlo.

¡Hacía lo que podía!... Dios haría el resto.

Mientras tanto, el Cáucaso remontaba la corriente del río.

Había llegado la noche y el aire se impregnaba de una deliciosa frescura.

Miles de chispas escapaban de la chimenea del vapor, alimentada con leña de pino, y al murmullo de las aguas que se quebraban bajo su proa se mezclaban los aullidos de los lobos que, en la oscuridad, infestaban la orilla derecha del Kama.