MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO VII #2
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CAPÍTULO VII #2

Pero si Miguel Strogoff no consiguió enterarse de nada por aquel lado, si incluso más de una vez las bocas se cerraron a su paso —pues nadie lo conocía—, sus oídos no tardaron en verse atraídos por los estallidos de una voz a la que poco le importaba que la oyeran o no.

Aquel hombre de voz alegre hablaba en ruso, pero con acento extranjero, y su interlocutor, más reservado, le respondía en la misma lengua, que tampoco era la suya de origen.

—¿Cómo? —decía el primero—. ¿Cómo es posible que esté usted en este barco, querido colega, usted a quien vi en la fiesta imperial de Moscú y de quien apenas llegué a distinguir el rostro en Nizhni-Nóvgorod?

—Yo mismo —respondió el segundo con tono seco.

—Pues bien, francamente, no esperaba que me siguiera usted inmediatamente, ¡y tan de cerca!

—No le sigo, señor; ¡le precedo!

—¿Me precede? ¡Me precede! Digamos que avanzamos a la par, al mismo paso, como dos soldados en un desfile, y, por el momento al menos, convengamos, si le parece, en que ninguno adelantará al otro.

—Yo le adelantaré, por el contrario.

—Ya veremos cuando estemos en el teatro de la guerra; pero, hasta entonces, ¡qué demonios!, seamos compañeros de viaje. Más adelante tendremos tiempo y ocasión de ser rivales.

—Enemigos.

—¡Enemigos, sea! Tiene usted, querido colega, una precisión en sus palabras que me resulta particularmente agradable. Con usted, al menos, ¡uno sabe a qué atenerse!

—¿Y qué tiene eso de malo?

—Nada. Por eso, a mi vez, le pediré permiso para precisar nuestra situación respectiva.

—Precise.

—Va usted a Perm... ¿como yo?

—Como usted.

—Y probablemente se dirigirá de Perm a Ekaterimburgo, puesto que es el camino mejor y más seguro para atravesar los montes Urales.

—Probablemente.

—Una vez cruzada la frontera, estaremos en Siberia, es decir, en plena invasión.

—¡Lo estaremos!

—Pues bien, entonces, pero solo entonces, será el momento de decir: «Cada uno por sí mismo y Dios por...».

—¡Dios por mí!

—¡Dios por usted solo! ¡Muy bien! Pero, puesto que tenemos por delante unos ocho días de tregua y puesto que, con toda seguridad, las noticias no van a llover por el camino, seamos amigos hasta el momento en que volvamos a ser rivales.

—Enemigos.

—¡Sí! Tiene razón, ¡enemigos! Pero, hasta entonces, actuemos de común acuerdo y no nos devoremos unos a otros. Además, le prometo guardarme para mí todo lo que pueda ver...

—Y yo, todo lo que pueda oír.

—¿Está dicho?

—Está dicho.

—¿Su mano?

—Aquí la tiene.

Y la mano del primer interlocutor, es decir, cinco dedos bien abiertos, estrechó vigorosamente los dos dedos que el segundo le tendía con toda flema.

—Por cierto —dijo el primero—, esta mañana he podido telegrafiar a mi prima el texto mismo del decreto a las diez y diecisiete minutos.

—Y yo lo he enviado al Daily-Telegraph a las diez y trece.

—¡Bravo, señor Blount!

—Muy amable, señor Jolivet.

—¡Ya habrá ocasión de devolvérmelo!

—¡Será difícil!

—¡Lo intentaremos, de todos modos!

Dicho esto, el corresponsal francés saludó familiarmente al corresponsal inglés, quien, inclinando la cabeza, le devolvió el saludo con toda la rigidez británica.

A aquellos dos cazadores de noticias no les afectaba el decreto del gobernador, puesto que no eran ni rusos ni extranjeros de origen asiático.

Por eso habían emprendido el viaje, y si habían salido juntos de Nizhni Nóvgorod era porque el mismo instinto los empujaba hacia delante.

Era, pues, natural que hubieran escogido el mismo medio de transporte y siguieran la misma ruta hasta las estepas siberianas.

Compañeros de viaje, amigos o enemigos, tenían por delante ocho días antes de que «se abriera la caza».

Y entonces, ¡que venciera el más hábil! Alcide Jolivet había tomado la iniciativa y, por fría que fuera la respuesta, Harry Blount la había aceptado.

Fuera como fuese, en la cena de aquel día, el francés, siempre abierto y hasta un poco locuaz, y el inglés, siempre reservado, siempre estirado, brindaban en la misma mesa mientras bebían un Clicquot auténtico, a seis rublos la botella, generosamente elaborado con la savia fresca de los abedules de los alrededores.

Al escuchar conversar así a Alcide Jolivet y Harry Blount, Miguel Strogoff se había dicho:

«Estos son dos curiosos e indiscretos que probablemente encontraré en mi camino. Me parece prudente mantenerlos a distancia».

La joven livonia no bajó a cenar. Dormía en su camarote, y Miguel Strogoff no quiso despertarla. Llegó, pues, la noche sin que ella hubiera vuelto a aparecer en la cubierta del Cáucaso.

El largo crepúsculo impregnaba entonces la atmósfera de una frescura que los pasajeros buscaron ávidamente después del calor sofocante del día.

Cuando la hora estuvo avanzada, la mayoría ni siquiera pensó en regresar a los salones o a los camarotes.

Tumbados en los bancos, respiraban con deleite un poco de aquella brisa que producía la velocidad del vapor.

El cielo, en aquella época del año y bajo aquella latitud, apenas debía oscurecer entre el atardecer y el amanecer, y dejaba al timonel toda la facilidad necesaria para orientarse entre las numerosas embarcaciones que descendían o remontaban el Volga.

Sin embargo, entre las once y las dos de la madrugada, como la luna era nueva, reinó una oscuridad casi completa. Casi todos los pasajeros de cubierta dormían entonces, y el silencio ya solo se veía interrumpido por el ruido de las paletas, que golpeaban el agua a intervalos regulares.

Una especie de inquietud mantenía despierto a Miguel Strogoff. Iba y venía, pero siempre por la parte posterior del vapor. En una ocasión, sin embargo, llegó a rebasar la cámara de máquinas. Se encontró entonces en la zona reservada a los viajeros de segunda y tercera clase.

Allí se dormía no solo en los bancos, sino también sobre los fardos, los bultos e incluso sobre las tablas de la cubierta.

Solo los marineros de guardia permanecían en pie en el castillo de proa.

Dos luces, una verde y otra roja, proyectadas por los fanales de estribor y de babor, enviaban algunos rayos oblicuos sobre los costados del vapor.

Había que prestar cierta atención para no pisar a los durmientes, tendidos caprichosamente aquí y allá.

Eran, en su mayoría, mujiks, acostumbrados a dormir sobre cualquier superficie dura y para quienes las tablas de una cubierta debían de ser suficientes.

Sin embargo, sin duda habrían recibido muy mal al torpe que los hubiera despertado de una patada.

Miguel Strogoff tenía, pues, cuidado de no tropezar con nadie. Al dirigirse así hacia el extremo del barco, no pretendía otra cosa que combatir el sueño con un paseo algo más largo.

Había llegado ya a la parte delantera de la cubierta y subía por la escala del castillo de proa cuando oyó hablar cerca de él.

Se detuvo. Las voces parecían proceder de un grupo de pasajeros, envueltos en chales y mantas, a los que era imposible distinguir en la oscuridad.

Pero a veces, cuando la chimenea del vapor, entre volutas de humo, se coronaba de llamas rojizas, unas chispas parecían recorrer el grupo, como si miles de lentejuelas se hubieran encendido de repente bajo un rayo de luz.

Miguel Strogoff iba a seguir adelante cuando oyó con mayor claridad ciertas palabras, pronunciadas en aquella lengua extraña que ya había llamado su atención durante la noche, en el recinto de la feria.

Instintivamente, pensó en escuchar. Protegido por la sombra del castillo, no podían verlo. En cuanto a distinguir a los pasajeros que conversaban, le resultaba imposible. Tuvo, pues, que limitarse a aguzar el oído.

Las primeras palabras que se intercambiaron no tenían ninguna importancia —al menos para él—, pero le permitieron reconocer con toda precisión las dos voces, una de mujer y otra de hombre, que había oído en Nizhni Nóvgorod.

Desde aquel momento, redobló su atención.

En efecto, no era imposible que aquellos gitanos, de quienes había captado un fragmento de conversación y que ahora habían sido expulsados junto con todos sus congéneres, se encontraran a bordo del Cáucaso.

Y bien le valió la pena escuchar, pues oyó con bastante claridad esta pregunta y esta respuesta, pronunciadas en lengua tártara:

«¡Dicen que un correo ha partido de Moscú rumbo a Irkutsk!

—Eso dicen, Sangarre, pero o ese correo llegará demasiado tarde o no llegará!»

Miguel Strogoff se estremeció involuntariamente al oír aquella respuesta, que se refería a él de manera tan directa. Intentó averiguar si el hombre y la mujer que acababan de hablar eran realmente aquellos de quienes sospechaba, pero la oscuridad era ya demasiado densa y no pudo conseguirlo.

Pocos instantes después, Miguel Strogoff, sin haber sido descubierto, había regresado a la parte posterior del vapor y, con la cabeza entre las manos, se sentó apartado de los demás. Se habría podido creer que dormía.

No dormía ni pensaba hacerlo. Reflexionaba sobre aquello, no sin cierta viva aprensión:

«¿Quién sabe de mi partida y quién tiene interés en saberlo?»