MIGUEL STROGOFF CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

DESCENDIENDO POR EL VOLGA

Poco antes del mediodía, la campana del vapor atraía al embarcadero del Volga a una gran afluencia de gente, pues allí estaban tanto los que partían como los que habrían querido partir.

Las calderas del Cáucaso habían alcanzado la presión suficiente.

Por su chimenea ya no escapaba más que un humo ligero, mientras el extremo del tubo de escape y la tapa de las válvulas se coronaban de vapor blanco.

Ni que decir tiene que la policía vigilaba la partida del Cáucaso y se mostraba implacable con aquellos viajeros que no reunían las condiciones necesarias para abandonar la ciudad.

Numerosos cosacos iban y venían por el embarcadero, dispuestos a prestar ayuda a los agentes, pero no tuvieron que intervenir y todo transcurrió sin resistencia.

A la hora señalada, sonó el último toque de campana, se soltaron las amarras, las poderosas ruedas del vapor batieron el agua con sus paletas articuladas y el Cáucaso se deslizó rápidamente entre las dos ciudades que forman Nizhni-Nóvgorod.

Miguel Strogoff y la joven livonia habían embarcado en el Cáucaso.

Su embarque se había efectuado sin dificultad alguna.

Ya lo sabemos: la podaroshna, extendida a nombre de Nicolás Korpanoff, autorizaba a aquel comerciante a llevar consigo un acompañante durante su viaje por Siberia.

Eran, por tanto, un hermano y una hermana quienes viajaban bajo la protección de la policía imperial.

Ambos, sentados en la popa, contemplaban cómo se alejaba la ciudad, tan profundamente alterada por el decreto del gobernador.

Miguel Strogoff no había dicho nada a la joven ni le había hecho ninguna pregunta.

Esperaba a que ella hablara, si le apetecía hacerlo.

Ella tenía prisa por haber dejado atrás aquella ciudad en la que, sin la providencial intervención de aquel protector inesperado, habría quedado prisionera.

No decía nada, pero su mirada daba las gracias por ella.

El Volga, el Rha de los antiguos, está considerado el río más importante de toda Europa, y su curso no tiene menos de cuatro mil verstas (4.

300 kilómetros). Sus aguas, bastante insalubres en su curso superior, se ven modificadas en Nizhni-Nóvgorod por las del Oká, afluente de corriente rápida que desciende desde las provincias centrales de Rusia.

Se ha comparado con bastante acierto el conjunto de los canales y ríos rusos con un gigantesco árbol cuyas ramas se ramifican por todas las partes del Imperio.

El Volga forma el tronco de ese árbol y tiene por raíces setenta desembocaduras que se abren en abanico sobre el litoral del mar Caspio.

Es navegable desde Rzhev, ciudad del gobierno de Tver, es decir, a lo largo de la mayor parte de su curso.

Los barcos de la Compañía de Transportes entre Perm y Nizhni-Nóvgorod recorren con bastante rapidez las trescientas cincuenta verstas (373 kilómetros) que separan esta ciudad de Kazán.

Es cierto que estos vapores no tienen más que descender por el Volga, cuya corriente añade aproximadamente dos millas a su propia velocidad.

Pero, cuando llegan a la confluencia del Kama, un poco más abajo de Kazán, se ven obligados a abandonar el río para entrar en el curso de este otro, que deben remontar hasta Perm.

Así pues, hechas todas las cuentas y aunque su máquina fuera potente, el Cáucaso no debía de alcanzar más de dieciséis verstas por hora.

Reservando una hora de parada en Kazán, el viaje de Nizhni-Nóvgorod a Perm debía durar, por tanto, unas sesenta o sesenta y dos horas.

Por lo demás, aquel vapor estaba muy bien acondicionado y los pasajeros, según su condición o sus recursos, ocupaban en él tres clases distintas.

Miguel Strogoff había tenido la precaución de reservar dos camarotes de primera clase, de modo que su joven compañera pudiera retirarse al suyo y aislarse cuando le apeteciera.

El Cáucaso estaba abarrotado de pasajeros de todas las categorías.

Un cierto número de comerciantes asiáticos habían considerado conveniente abandonar inmediatamente Nizhni-Nóvgorod.

En la parte del vapor reservada a la primera clase se veían armenios con largas túnicas y tocados con una especie de mitras; judíos, reconocibles por sus gorros cónicos; ricos chinos con su traje tradicional, una túnica muy amplia, azul, violeta o negra, abierta por delante y por detrás y cubierta por una segunda túnica de mangas anchas cuyo corte recordaba al de las vestiduras de los popes; turcos, que todavía llevaban el turbante nacional; indios, con gorro cuadrado y un simple cordón a modo de cinturón, algunos de los cuales, designados más especialmente con el nombre de shikarpuris, tenían en sus manos todo el comercio de Asia central; y, por último, tártaros, calzados con botas adornadas con pasamanería multicolor y con el pecho cubierto de bordados.

Todos aquellos comerciantes habían tenido que amontonar en la bodega y sobre la cubierta sus numerosos equipajes, cuyo transporte debía de resultarles caro, pues, según el reglamento, solo tenían derecho a veinte libras de peso por persona.

En la proa del Cáucaso se agrupaban pasajeros más numerosos, no solo extranjeros, sino también rusos, a quienes el decreto no prohibía regresar a las ciudades de la provincia.

Había allí mujiks, tocados con gorros o gorras, vestidos con una camisa de pequeños cuadros bajo su amplia pelliza, y campesinos del Volga, con el pantalón azul metido dentro de las botas, camisa de algodón rosa ceñida con una cuerda y gorra plana o gorro de fieltro.

Algunas mujeres, vestidas con vestidos de algodón estampado de flores, llevaban delantales de colores vivos y pañuelos de dibujos rojos sobre la cabeza.

Eran principalmente pasajeros de tercera clase, a quienes, muy afortunadamente, la perspectiva de un largo viaje de regreso no preocupaba.

En suma, aquella parte de la cubierta estaba muy abarrotada.

Por eso, los pasajeros de popa apenas se aventuraban entre aquellos grupos tan mezclados, cuyo lugar estaba señalado en la parte delantera de las cajas de las ruedas.

Sin embargo, el Cáucaso avanzaba a toda la velocidad de sus paletas entre las orillas del Volga.

Se cruzaba con numerosos barcos a los que los remolcadores ayudaban a remontar el río y que transportaban toda clase de mercancías hacia Nizhni-Nóvgorod.

Después pasaban trenes de madera, largos como aquellas interminables hileras de sargazos del Atlántico, y barcazas cargadas hasta casi hundirse, con el agua llegando al borde de la borda.

Un viaje inútil ahora, puesto que la feria acababa de ser disuelta bruscamente en sus comienzos.

Las orillas del Volga, salpicadas por la estela del vapor, se coronaban de bandadas de patos que huían lanzando graznidos ensordecedores.

Un poco más lejos, sobre aquellas llanuras secas, bordeadas de alisos, sauces y álamos temblones, se dispersaban algunas vacas de un rojo oscuro, rebaños de ovejas de lana parda y numerosos grupos de cerdos y lechones blancos y negros.

Algunos campos, sembrados de un alforfón escaso y de centeno, se extendían hasta el fondo del paisaje, donde se alzaban colinas medio cultivadas que, en conjunto, no ofrecían ningún punto de vista notable.

En aquellos paisajes monótonos, el lápiz de un dibujante en busca de algún lugar pintoresco no habría encontrado nada que reproducir.

Dos horas después de la partida del Cáucaso, la joven livonia, dirigiéndose a Miguel Strogoff, le dijo:

—¿Vas a Irkutsk, hermano?

—Sí, hermana —respondió el joven—. Los dos seguimos el mismo camino. Por tanto, por donde yo pase, pasarás tú.

—Mañana, hermano, sabrás por qué he abandonado las orillas del Báltico para ir más allá de los montes Urales.

—No te pregunto nada, hermana.

—Lo sabrás todo —respondió la joven, cuyos labios esbozaron una triste sonrisa—. Una hermana no debe ocultarle nada a su hermano. Pero hoy no podría... ¡El cansancio, la desesperación me habían dejado sin fuerzas!

—¿Quieres descansar en tu camarote? —preguntó Miguel Strogoff.

—Sí... sí... y mañana...

—Ven, entonces...

Vaciló antes de terminar la frase, como si hubiera querido rematarla con el nombre de su compañera, que aún ignoraba.

—Nadia —dijo ella, tendiéndole la mano.

—Ven, Nadia —respondió Miguel Strogoff—, y dispón sin cumplidos de tu hermano Nicolás Korpanoff.

Y condujo a la joven al camarote que habían reservado para ella en el salón de popa.

Miguel Strogoff regresó a la cubierta y, ávido de las noticias que quizá pudieran modificar su itinerario, se mezcló con los grupos de pasajeros, escuchando, pero sin intervenir en las conversaciones.

Por otra parte, si la casualidad hacía que alguien le preguntara algo y se viera obligado a responder, se presentaría como el comerciante Nicolás Korpanoff, a quien el Cáucaso llevaba de regreso hasta la frontera, pues no quería que nadie sospechara que un permiso especial lo autorizaba a viajar por Siberia.

Los extranjeros que transportaba el vapor no podían hablar, evidentemente, más que de los acontecimientos del día, del decreto y de sus consecuencias.

Aquellos pobres hombres, apenas repuestos de las fatigas de un viaje a través de Asia central, se veían obligados a regresar, y si no exteriorizaban abiertamente su cólera y su desesperación era porque no se atrevían.

Un miedo mezclado con respeto los contenía.

Era posible que hubiera inspectores de policía encargados de vigilar a los pasajeros y embarcados en secreto a bordo del Cáucaso, y más valía guardar silencio: la expulsión, después de todo, era todavía preferible al encarcelamiento en una fortaleza.

Así pues, en aquellos grupos o bien se guardaba silencio, o bien las palabras se intercambiaban con tal circunspección que apenas podía obtenerse de ellas alguna información útil.