CAPÍTULO V #3
Por el contrario, Harry Blount, después de haber buscado en vano un lugar donde cenar, se había visto obligado a dormir al raso.
Había contemplado, pues, las cosas desde un punto de vista completamente distinto y meditaba un artículo fulminante contra una ciudad cuyos hoteleros se negaban a recibir a viajeros que no pedían otra cosa que dejarse desplumar «en lo moral y en lo físico».
Miguel Strogoff, con una mano en el bolsillo y sosteniendo con la otra su larga pipa de boquilla de madera de cerezo, parecía el hombre más indiferente y menos impaciente del mundo.
Sin embargo, por cierta contracción de los músculos de las cejas, un observador habría reconocido fácilmente que contenía a duras penas su impaciencia.
Desde hacía unas dos horas recorría las calles de la ciudad para regresar invariablemente al recinto de la feria.
Mientras circulaba entre los grupos, observaba que una verdadera inquietud se había apoderado de todos los comerciantes llegados de las regiones vecinas de Asia.
Las transacciones se resentían visiblemente.
Que saltimbanquis, volatineros y equilibristas armaran gran estrépito delante de sus puestos era comprensible, pues aquellos pobres diablos no tenían nada que arriesgar en una empresa comercial; pero los negociantes vacilaban en hacer tratos con los comerciantes de Asia central, cuyo país se hallaba perturbado por la invasión tártara.
Había también otro síntoma que no podía pasar inadvertido.
En Rusia, el uniforme militar aparece en cualquier ocasión.
Los soldados se mezclan de buen grado con la multitud y, precisamente en Nizhni-Nóvgorod, durante el período de la feria, los agentes de policía suelen contar con la ayuda de numerosos cosacos que, con la lanza al hombro, mantienen el orden en aquella aglomeración de trescientos mil extranjeros.
Pues bien, aquel día faltaban los militares, cosacos o de cualquier otra clase, en el gran mercado. Sin duda, ante la previsión de una partida repentina, habían sido acuartelados.
Sin embargo, si los soldados no se dejaban ver, no ocurría lo mismo con los oficiales.
Desde la víspera, los ayudantes de campo, saliendo del palacio del gobernador general, se lanzaban en todas direcciones.
Se producía, por tanto, un movimiento desacostumbrado que solo podía explicarse por la gravedad de los acontecimientos.
Los correos se multiplicaban por las carreteras de la provincia, tanto en dirección a Vladímir como hacia los montes Urales.
El intercambio de despachos telegráficos con Moscú y San Petersburgo era incesante.
La situación de Nizhni-Nóvgorod, no lejos de la frontera siberiana, exigía evidentemente serias precauciones.
No se podía olvidar que, en el siglo XIV, la ciudad había sido tomada dos veces por los antepasados de aquellos tártaros que la ambición de Féofar-Khan lanzaba a través de las estepas kirguises.
Otro personaje de alta categoría, no menos ocupado que el gobernador general, era el jefe de policía.
Él y sus inspectores, encargados de mantener el orden, recibir las reclamaciones y velar por el cumplimiento de los reglamentos, no tenían un momento de descanso.
Las oficinas de la administración, abiertas día y noche, se hallaban constantemente asediadas, tanto por los habitantes de la ciudad como por los extranjeros, europeos o asiáticos.
Pues bien, Miguel Strogoff se encontraba precisamente en la plaza central cuando corrió el rumor de que el jefe de policía acababa de ser requerido por un correo para acudir al palacio del gobernador general. Según se decía, un importante despacho llegado de Moscú motivaba aquel desplazamiento.
El jefe de policía se dirigió, pues, al palacio del gobernador y, en seguida, como por efecto de un presentimiento general, corrió la noticia de que iba a adoptarse alguna medida grave, fuera de toda previsión y de toda costumbre.
Miguel Strogoff escuchaba lo que se decía, con el fin de sacar provecho de ello, llegado el caso.
—¡Van a cerrar la feria! —exclamaba uno.
—¡El regimiento de Nizhni-Nóvgorod acaba de recibir la orden de partida! —respondía otro.
—¡Dicen que los tártaros amenazan Tomsk!
—¡Aquí viene el jefe de policía! —se gritó desde todas partes.
De pronto se había levantado un gran bullicio, que poco a poco se disipó, dando paso a un silencio absoluto. Todos presentían que el Gobierno estaba a punto de hacer alguna comunicación de gravedad.
El jefe de policía, precedido por sus agentes, acababa de abandonar el palacio del gobernador general. Lo acompañaba un destacamento de cosacos, que hacía retroceder a la multitud a fuerza de empellones, propinados con violencia y recibidos con paciencia.
El jefe de policía llegó al centro de la plaza y todos pudieron ver que llevaba un despacho en la mano.
Entonces, en voz alta, leyó la siguiente declaración:
«DECRETO DEL GOBERNADOR DE NIZHNI-NÓVGOROD.
«1.º Queda prohibido a todo súbdito ruso salir de la provincia, cualquiera que sea el motivo.
«2.º Se ordena a todos los extranjeros de origen asiático abandonar la provincia en el plazo de veinticuatro horas.»