CAPÍTULO V
UN DECRETO EN DOS ARTÍCULOS
Nizhni-Nóvgorod, Novgorod la Baja, situada en la confluencia del Volga y el Oká, era la capital del gobierno del mismo nombre.
Allí debía Miguel Strogoff abandonar la vía férrea, que por entonces no se prolongaba más allá de aquella ciudad.
Así pues, a medida que avanzaba, los medios de comunicación se volvían primero menos rápidos y después menos seguros.
La ciudad, bastante lúgubre de ordinario, presentaba, pues, una animación extraordinaria. Diez pueblos distintos de comerciantes, europeos o asiáticos, fraternizaban bajo la influencia de las transacciones comerciales.
Aunque la hora a la que Miguel Strogoff salió de la estación era ya avanzada, todavía había una gran concentración de gente en aquellas dos ciudades, separadas por el curso del Volga, que forman Nizhni-Nóvgorod y cuya parte más elevada, construida sobre una roca escarpada, está defendida por una de esas fortalezas que en Rusia reciben el nombre de «kreml».
Si Miguel Strogoff se hubiera visto obligado a permanecer en Nizhni-Nóvgorod, habría tenido alguna dificultad para encontrar un hotel o incluso una posada medianamente decente.
Todo estaba abarrotado. Sin embargo, como no podía partir inmediatamente, puesto que tenía que tomar el vapor del Volga, hubo de buscar algún alojamiento.
Pero antes quiso saber con exactitud la hora de salida y se dirigió a las oficinas de la Compañía, cuyos barcos cubrían el trayecto entre Nizhni-Nóvgorod y Perm.
Allí, para su gran disgusto, se enteró de que el Cáucaso —así se llamaba el vapor— no partía hacia Perm hasta el día siguiente, al mediodía. ¡Diecisiete horas de espera! Era mucho para un hombre con tanta prisa y, sin embargo, tuvo que resignarse. Y lo hizo, porque jamás se quejaba inútilmente.
Además, dadas las circunstancias, ningún coche, télèga o tarantás, ninguna berlina o calesa de posta, ni ningún caballo lo habría llevado más deprisa, ya fuera a Perm o a Kazán.
Más valía, pues, esperar la salida del vapor, vehículo más rápido que cualquier otro y que debía permitirle recuperar el tiempo perdido.
Así pues, ahí tenemos a Miguel Strogoff recorriendo la ciudad y buscando, sin preocuparse demasiado por ello, alguna posada donde pasar la noche.
Pero no era cosa que le quitara el sueño y, de no ser por el hambre que lo acuciaba, probablemente habría vagado hasta el amanecer por las calles de Nizhni-Nóvgorod.
Lo que se puso a buscar fue más bien una cena que una cama.
Y encontró ambas cosas en la posada que ostentaba el rótulo de la Ciudad de Constantinopla.
Allí el posadero le ofreció una habitación bastante aceptable, escasamente amueblada, pero en la que no faltaban ni la imagen de la Virgen ni los retratos de algunos santos, enmarcados en tela dorada.
Le sirvieron enseguida un pato relleno de picadillo agrio, cubierto de una espesa crema, pan de cebada, leche cuajada, azúcar en polvo mezclado con canela y una jarra de kvass, una especie de cerveza muy corriente en Rusia; y no necesitaba más para saciarse.
Así lo hizo, y mejor incluso que su vecino de mesa, quien, por ser un «viejo creyente» de la secta de los raskólniki y haber hecho voto de abstinencia, apartaba las patatas de su plato y se guardaba muy bien de endulzar el té.
Terminada la cena, Miguel Strogoff, en lugar de subir a su habitación, reanudó maquinalmente su paseo por la ciudad. Pero, aunque el largo crepúsculo todavía se prolongaba, la multitud comenzaba ya a dispersarse, las calles iban quedando poco a poco desiertas y cada cual regresaba a su casa.
¿Por qué Miguel Strogoff no se había acostado sencillamente, como corresponde después de pasar todo un día viajando en ferrocarril?
¿Pensaba acaso en aquella joven livonia que durante unas horas había sido su compañera de viaje?
Como no tenía nada mejor que hacer, pensaba en ella.
¿Temía que, perdida en aquella ciudad tumultuosa, pudiera verse expuesta a alguna insolencia?
Lo temía, y con razón. ¿Esperaba encontrarla y, llegado el caso, convertirse en su protector?
No. Encontrarla era difícil. Y en cuanto a protegerla... ¿con qué derecho?
«Sola —se decía—, sola en medio de aquellos nómadas.
¡Y los peligros presentes no son nada comparados con los que le reserva el futuro!
¡Siberia! ¡Irkutsk! Lo que yo voy a intentar por Rusia y por el zar, ella va a hacerlo, ella, para...
¿Para quién? ¿Para qué? ¡Tiene autorización para atravesar la frontera!
¡Y el país que se extiende más allá está en rebelión!
¡Bandas tártaras recorren las estepas!... »
Miguel Strogoff se detenía de vez en cuando y se ponía a reflexionar.
«Sin duda —pensó—, esa idea de viajar se le ocurrió antes de la invasión.
¡Quizá ella misma ignore lo que está sucediendo!
... Pero no; esos comerciantes han hablado delante de ella de los disturbios de Siberia...
y ella no pareció sorprendida... Ni siquiera pidió explicación alguna...
Pero entonces lo sabía, y, sabiéndolo, ¡se marcha!
... ¡Pobre muchacha!... ¡El motivo que la impulsa debe de ser muy poderoso!
Pero, por valiente que sea —y sin duda lo es—, sus fuerzas acabarán por abandonarla durante el viaje y, sin hablar de los peligros y los obstáculos, ¡no podrá soportar las fatigas de un viaje semejante!
... ¡Jamás conseguirá llegar a Irkutsk!»
Sin embargo, Miguel Strogoff continuaba caminando al azar, pero, como conocía perfectamente la ciudad, encontrar de nuevo el camino no podía ofrecerle ninguna dificultad.
Después de caminar durante aproximadamente una hora, fue a sentarse en un banco adosado a una gran barraca de madera que se alzaba, en medio de muchas otras, en una plaza muy espaciosa.
Llevaba allí cinco minutos cuando una mano se apoyó con fuerza sobre su hombro.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con voz áspera un hombre alto que no había visto acercarse.
—Descanso —respondió Miguel Strogoff.
—¿Piensas pasar la noche en este banco? —continuó el hombre.
—Sí, si me apetece —replicó Miguel Strogoff con un tono demasiado tajante para tratarse del simple comerciante que debía de ser.
—¡Acércate, para que podamos verte! —dijo el hombre.
Miguel Strogoff, recordando que ante todo debía ser prudente, retrocedió instintivamente.
—No hace falta que me veáis —respondió.
Y, con sangre fría, dejó una distancia de unos diez pasos entre él y su interlocutor.
Entonces le pareció, al observarlo atentamente, que tenía delante a una especie de gitano, de esos que se encuentran en todas las ferias y cuyo contacto, tanto físico como moral, resulta desagradable.
Luego, al mirar con mayor atención hacia la sombra que empezaba a espesarse, vio junto a la barraca un enorme carro, morada habitual y ambulante de aquellos zingaris o gitanos que pululan por Rusia allí donde haya algunos kopeks que ganar.
Sin embargo, el gitano había dado dos o tres pasos hacia delante y se disponía a dirigirse más directamente a Miguel Strogoff cuando se abrió la puerta de la barraca.
Una mujer, apenas visible, salió rápidamente y, en una lengua bastante áspera que Miguel Strogoff reconoció como una mezcla de mongol y siberiano, dijo:
—¡Otro espía! Déjalo estar y ven a cenar. El papluka espera.
Miguel Strogoff no pudo evitar sonreír ante el calificativo con que lo habían obsequiado, precisamente a él, que temía especialmente a los espías.
Pero el gitano respondió en la misma lengua, aunque con un acento muy diferente del de la mujer, unas palabras que significaban:
—Tienes razón, Sangarre. Además, mañana ya nos habremos marchado.
—¿Mañana? —replicó la mujer en voz baja, con un tono que denotaba cierta sorpresa.
—Sí, Sangarre —respondió el gitano—, mañana, y es el propio Padre quien nos envía... adonde queremos ir.
Dicho esto, el hombre y la mujer volvieron a entrar en la barraca, cuya puerta cerraron cuidadosamente.
«¡Bien! —se dijo Miguel Strogoff—. Si estos gitanos se empeñan en que no los entiendan cuando hablen delante de mí, ¡les aconsejo que empleen otra lengua!»
Como siberiano, y por haber pasado su infancia en la estepa, Miguel Strogoff, ya lo hemos dicho, entendía casi todas aquellas lenguas que se hablaban desde la Tartaria hasta el océano Glacial.
En cuanto al significado preciso de las palabras intercambiadas entre el gitano y su compañera, no se preocupó más por ello. ¿En qué podía interesarle?
Como ya era muy tarde, pensó entonces en regresar a la posada para descansar un poco.
Al marcharse, siguió el curso del Volga, cuyas aguas desaparecían bajo la oscura masa de innumerables barcos.
La orientación del río le permitió reconocer entonces el lugar que acababa de abandonar.
Aquel conjunto de carros y barracas ocupaba precisamente la espaciosa plaza donde se celebraba cada año el principal mercado de Nizhni-Nóvgorod, lo que explicaba la presencia, en aquel lugar, de aquellos feriantes y gitanos llegados de todos los rincones del mundo.
Una hora después, Miguel Strogoff dormía con un sueño algo agitado en una de aquellas camas rusas que a los extranjeros les parecen tan duras, y al día siguiente, 17 de julio, se despertaba ya a plena luz del día.