CAPÍTULO III
MIGUEL STROGOFF
La puerta del gabinete imperial se abrió poco después, y el ujier anunció al general Kissoff.
—¿Ese correo? —preguntó vivamente el zar.
—Está aquí, señor —respondió el general Kissoff.
—¿Has encontrado al hombre que hacía falta?
—Me atrevo a asegurárselo a Su Majestad.
—¿Estaba de servicio en el palacio?
—Sí, señor.
—¿Lo conoces?
—Personalmente, y en varias ocasiones ha cumplido con éxito misiones difíciles.
—¿En el extranjero?
—En la propia Siberia.
—¿De dónde es?
—De Omsk. Es siberiano.
—¿Tiene sangre fría, inteligencia, valor?
—Sí, señor; tiene todo lo necesario para triunfar allí donde otros quizá fracasarían.
—¿Qué edad tiene?
—Treinta años.
—¿Es un hombre vigoroso?
—Señor, puede soportar hasta los límites extremos el frío, el hambre, la sed, la fatiga.
—¿Tiene un cuerpo de hierro?
—Sí, señor.
—¿Y un corazón...?
—Un corazón de oro.
—¿Se llama...?
—Miguel Strogoff.
—¿Está dispuesto a partir?
—Espera en la sala de guardias las órdenes de Su Majestad.
—Que entre —dijo el zar.
Unos instantes después, el correo Miguel Strogoff entraba en el gabinete imperial.
Miguel Strogoff era alto y vigoroso, de hombros anchos y pecho amplio. Su poderosa cabeza presentaba los hermosos rasgos de la raza caucásica.
Sus miembros, sólidamente articulados, eran otros tantos resortes dispuestos mecánicamente para ejecutar de la mejor manera los trabajos que requerían fuerza.
Aquel joven apuesto y robusto, bien plantado, no habría sido fácil de mover contra su voluntad, pues, cuando apoyaba los dos pies en el suelo, parecía que hubieran echado raíces en él.
Su cabeza, cuadrada por arriba y de frente ancho, estaba cubierta por una abundante cabellera rizada que se escapaba en bucles cuando se ponía la gorra moscovita.
Cuando su rostro, habitualmente pálido, llegaba a alterarse, solo era por un latido más rápido del corazón, por efecto de una circulación más activa que le llevaba el rubor arterial.
Sus ojos eran de un azul oscuro, con una mirada recta, franca, inalterable, y brillaban bajo un arco superciliar cuyos músculos, ligeramente contraídos, daban testimonio de un elevado valor, «ese valor sin cólera de los héroes», según la expresión de los fisiólogos.
Su poderosa nariz, de anchas fosas nasales, dominaba una boca simétrica, con los labios ligeramente prominentes del hombre generoso y bondadoso.
Miguel Strogoff tenía el temperamento del hombre decidido, que toma rápidamente una determinación, que no se muerde las uñas en la incertidumbre, que no se rasca la oreja ante la duda, que no da vueltas en un mismo sitio presa de la indecisión.
Sobrio tanto en los gestos como en las palabras, sabía permanecer inmóvil como un soldado ante su superior; pero, cuando caminaba, su porte revelaba una gran soltura, una notable precisión de movimientos, lo que demostraba a la vez la confianza y la viva voluntad de su espíritu.
Era uno de esos hombres cuya mano parece estar siempre «llena de los cabellos de la ocasión», una figura un tanto forzada, pero que los retrata de un solo trazo.
Miguel Strogoff vestía un elegante uniforme militar, parecido al de los oficiales de cazadores a caballo en campaña: botas, espuelas, pantalón semiceñido, pelliza ribeteada de piel y adornada con galones amarillos sobre fondo marrón. Sobre su amplio pecho brillaban una cruz y varias medallas.
Miguel Strogoff pertenecía al cuerpo especial de correos del zar y tenía rango de oficial entre aquellos hombres de élite.
Lo que se percibía especialmente en su manera de andar, en su fisonomía, en toda su persona, y lo que el zar reconoció sin dificultad, era que se trataba de «un ejecutor de órdenes».
Poseía, por tanto, una de las cualidades más recomendables en Rusia, según la observación del célebre novelista Turguénev, una cualidad que conduce a los puestos más elevados del Imperio moscovita.
En verdad, si había un hombre capaz de llevar a buen término aquel viaje de Moscú a Irkutsk, a través de una región invadida, de superar los obstáculos y desafiar toda clase de peligros, ese hombre era, entre todos, Miguel Strogoff.
Circunstancia muy favorable para el éxito de sus proyectos: Miguel Strogoff conocía admirablemente el país que iba a atravesar y comprendía sus diversos idiomas, no solo porque ya lo había recorrido, sino porque era de origen siberiano.
Su padre, el viejo Piotr Strogoff, muerto diez años atrás, vivía en la ciudad de Omsk, situada en el gobierno de ese nombre, y su madre, Marfa Strogoff, seguía viviendo allí.
Había sido allí, en medio de las salvajes estepas de los gobiernos de Omsk y Tobolsk, donde el temible cazador siberiano había criado a su hijo Miguel «a las duras», según la expresión popular.
La verdadera profesión de Piotr Strogoff era la de cazador.
Tanto en verano como en invierno, lo mismo bajo calores abrasadores que bajo fríos que a veces superaban los cincuenta grados bajo cero, recorría la llanura endurecida, los matorrales de alerces y abedules, los bosques de abetos, tendiendo sus trampas, acechando la caza menor con el fusil y la mayor con la horquilla o el cuchillo.
La caza mayor no era otra que el oso siberiano, animal temible y feroz cuya talla iguala a la de sus congéneres de los mares helados.
Piotr Strogoff había matado más de treinta y nueve osos; es decir, que el cuadragésimo había caído bajo sus golpes, y bien sabido es, si hemos de creer las leyendas cinegéticas de Rusia, ¡cuántos cazadores tuvieron la fortuna de llegar hasta el trigésimo noveno oso y sucumbieron ante el cuadragésimo!
Piotr Strogoff había, pues, superado el número fatal sin haber recibido siquiera un arañazo.
Desde aquel momento, su hijo Miguel, que tenía once años, no dejó de acompañarlo en sus cacerías, llevando la «ragatina», es decir, la horquilla, para ayudar a su padre, armado únicamente con el cuchillo.
A los catorce años, Miguel Strogoff había matado su primer oso completamente solo —lo cual no era nada—; pero, después de desollarlo, había arrastrado la piel del gigantesco animal hasta la casa paterna, distante varias verstas —lo cual demostraba en el muchacho una fuerza poco común—.
Aquella vida le había aprovechado y, llegado a la edad adulta, era capaz de soportarlo todo: el frío, el calor, el hambre, la sed, la fatiga.
Era, como el yakuto de las regiones septentrionales, un hombre de hierro.
Sabía pasar veinticuatro horas sin comer, diez noches sin dormir y procurarse un refugio en plena estepa, allí donde otros se habrían consumido a la intemperie.
Dotado de sentidos de extrema agudeza, guiado por un instinto de Delaware en medio de la llanura blanca, cuando la niebla ocultaba todo horizonte, incluso cuando se encontraba en el país de las altas latitudes, donde la noche polar se prolonga durante largos días, encontraba el camino allí donde otros no habrían podido orientar sus pasos.
Conocía todos los secretos de su padre. Había aprendido a orientarse por indicios casi imperceptibles: las agujas de hielo que sobresalían, la disposición de las pequeñas ramas de los árboles, las emanaciones que llegaban desde los últimos confines del horizonte, las huellas de hierba aplastada en el bosque, sonidos vagos que atravesaban el aire, detonaciones lejanas, el paso de los pájaros por la atmósfera brumosa, mil detalles que son otros tantos jalones para quien sabe reconocerlos.
Además, curtido en las nieves como el damasco en las aguas de Siria, tenía una salud de hierro, como había dicho el general Kissoff, y, lo que no era menos cierto, un corazón de oro.
La única pasión de Miguel Strogoff era su madre, la vieja Marfa, que nunca había querido abandonar la antigua casa de los Strogoff, en Omsk, a orillas del Irtysh, allí donde el viejo cazador y ella habían vivido tanto tiempo juntos.
Cuando su hijo la dejó, lo hizo con el corazón encogido, pero prometiéndole que volvería siempre que pudiera, promesa que cumplió siempre escrupulosamente.
Se había decidido que, a los veinte años, Miguel Strogoff entraría al servicio personal del emperador de Rusia, en el cuerpo de correos del zar.
El joven siberiano, audaz, inteligente y celoso de su buena conducta, tuvo primero ocasión de distinguirse especialmente durante un viaje al Cáucaso, en medio de una región difícil, levantada por algunos inquietos sucesores de Shamyl; más tarde, durante una importante misión que lo llevó hasta Petropávlovsk, en Kamchatka, en el extremo límite de la Rusia asiática.
Durante aquellas largas expediciones desplegó unas cualidades maravillosas de sangre fría, prudencia y valor, que le valieron la aprobación y la protección de sus superiores, y progresó rápidamente.
En cuanto a los permisos que le correspondían por derecho después de aquellas lejanas misiones, jamás dejó de dedicarlos a su anciana madre, aunque estuviera separado de ella por miles de verstas y aunque el invierno hiciera intransitables los caminos.
Sin embargo, y por primera vez, Miguel Strogoff, que acababa de estar muy ocupado en el sur del Imperio, no había vuelto a ver a la vieja Marfa desde hacía tres años, ¡tres siglos!
Ahora bien, su permiso reglamentario iba a serle concedido en unos días y ya había preparado su partida hacia Omsk cuando se produjeron las circunstancias que conocemos.
Así pues, Miguel Strogoff fue conducido ante el zar sin saber en absoluto qué esperaba de él el emperador.
El zar, sin dirigirle la palabra, lo observó durante unos instantes con mirada penetrante, mientras Miguel Strogoff permanecía absolutamente inmóvil.
Después, sin duda satisfecho con aquel examen, el zar regresó junto a su escritorio y, haciendo una señal al gran jefe de policía para que se sentara, le dictó en voz baja una carta que solo contenía unas pocas líneas.
Una vez redactada la carta, el zar la volvió a leer con extrema atención y luego la firmó, después de anteponer a su nombre estas palabras: «Byt po sémou», que significan «Así sea» y constituyen la fórmula sacramental de los emperadores de Rusia.
La carta fue introducida entonces en un sobre, que quedó cerrado con el sello de las armas imperiales.
El zar se levantó y dijo a Miguel Strogoff que se acercara.
Miguel Strogoff avanzó unos pasos y volvió a quedarse inmóvil, dispuesto a responder.
El zar lo miró una vez más directamente a los ojos. Luego, con voz breve:
—¿Tu nombre? —preguntó.
—Miguel Strogoff, señor.
—¿Tu grado?
—Capitán del cuerpo de correos del zar.
—¿Conoces Siberia?
—Soy siberiano.
—¿Naciste...?
—En Omsk.
—¿Tienes familia en Omsk?
—Sí, señor.
—¿Qué familia?
—Mi anciana madre.
El zar interrumpió por un instante su serie de preguntas. Luego, mostrando la carta que tenía en la mano:
—Aquí tienes una carta —dijo— que te encargo a ti, Miguel Strogoff, que entregues personalmente al gran duque y a nadie más que a él.
—La entregaré, señor.
—El gran duque está en Irkutsk.
—Iré a Irkutsk.
—Pero tendrás que atravesar un país levantado en armas por los rebeldes, invadido por los tártaros, a quienes les interesará interceptar esta carta.
—Lo atravesaré.
—Tendrás que desconfiar sobre todo de un traidor, Iván Ogareff, que quizá se cruce en tu camino.
—Desconfiaré de él.
—¿Pasarás por Omsk?
—Es mi camino, señor.
—Si ves a tu madre, corres el riesgo de ser reconocido. ¡No debes ver a tu madre!
Miguel Strogoff vaciló un segundo.
—No la veré —dijo.
—¡Júrame que nada podrá hacerte confesar quién eres ni adónde vas!
—Lo juro.
—Miguel Strogoff —prosiguió entonces el zar, mientras entregaba el pliego al joven correo—, toma esta carta, de la que depende la salvación de toda Siberia y quizá la vida del gran duque, mi hermano.
—Esta carta será entregada a Su Alteza el gran duque.
—¿Así que pasarás de todos modos?
—Pasaré, o me matarán.
—¡Necesito que vivas!
—Viviré y pasaré —respondió Miguel Strogoff.
El zar pareció satisfecho con la seguridad sencilla y serena con que Miguel Strogoff le había respondido.
—Ve, pues, Miguel Strogoff —dijo—, ve por Dios, por Rusia, por mi hermano y por mí.
Miguel Strogoff hizo el saludo militar, abandonó inmediatamente el gabinete imperial y, unos instantes después, el Palacio Nuevo.
—Creo que has tenido buena mano, general —dijo el zar.
—Así lo creo, señor —respondió el general Kissoff—, y Su Majestad puede estar seguro de que Miguel Strogoff hará todo cuanto puede hacer un hombre.
—Es un hombre, en efecto —dijo el zar.