PRIMERA PARTE #3
—Sí... mi prima Madeleine... ¡Con ella es con quien mantengo correspondencia! ¡A mi prima le gusta estar informada, y deprisa, y bien! Así que he creído conveniente indicarle que, durante esta fiesta, una especie de nube parecía haber oscurecido el semblante del soberano.
—A mí me ha parecido radiante —respondió Harry Blount, que quizá quería disimular lo que pensaba al respecto.
—Y, naturalmente, lo ha hecho «resplandecer» en las columnas del Daily-Telegraph.
—Precisamente.
—¿Recuerda, señor Blount —dijo Alcide Jolivet—, lo que sucedió en Zakret en 1812?
—Lo recuerdo como si hubiera estado allí, señor —respondió el corresponsal inglés.
—Entonces —prosiguió Alcide Jolivet—, sabe que, en medio de una fiesta ofrecida en su honor, anunciaron al emperador Alejandro que Napoleón acababa de cruzar el Niemen con la vanguardia francesa.
Sin embargo, el emperador no abandonó la fiesta y, pese a la extrema gravedad de una noticia que podía costarle el imperio, no dejó traslucir mayor inquietud....
—Que la que acaba de mostrar nuestro anfitrión cuando el general Kissoff le ha comunicado que acababan de cortarse los hilos telegráficos entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.
—¡Ah! ¿Conoce ese detalle?
—Lo conozco.
—En cuanto a mí, difícilmente podría ignorarlo, puesto que mi último telegrama ha llegado hasta Udinsk —observó Alcide Jolivet con cierta satisfacción.
—Y el mío solo hasta Krasnoyarsk —respondió Harry Blount con no menos satisfacción.
—Entonces también sabe que se han enviado órdenes a las tropas de Nikoláievsk.
—Sí, señor, al mismo tiempo que se telegrafiaba a los cosacos del gobierno de Tobolsk para que se concentrasen.
—Nada más cierto, señor Blount. Esas medidas también las conocía yo, y puede estar seguro de que mi amable prima sabrá algo de ellas mañana mismo.
—Exactamente como lo sabrán también los lectores del Daily-Telegraph, señor Jolivet.
—¡Ahí está! ¡Cuando uno ve todo lo que sucede...!
—¡Y cuando escucha todo lo que se dice...!
—Una campaña interesante de seguir, señor Blount.
—La seguiré, señor Jolivet.
—Entonces es posible que volvamos a encontrarnos en un terreno quizá menos seguro que el parquet de este salón.
—Menos seguro, sí, pero....
—¡Pero también menos resbaladizo! —respondió Alcide Jolivet, sujetando a su colega justo cuando este iba a perder el equilibrio al retroceder.
Y, dicho esto, los dos corresponsales se separaron bastante satisfechos, en definitiva, de saber que ninguno había dejado atrás al otro. En efecto, estaban igualados.
En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al gran salón.
Allí se alzaban varias mesas espaciosas, magníficamente dispuestas y cubiertas en abundancia de porcelanas preciosas y vajilla de oro.
Sobre la mesa central, reservada a los príncipes, las princesas y los miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de valor incalculable, procedente de los talleres de Londres, y alrededor de aquella obra maestra de orfebrería relucían, bajo el resplandor de las arañas, las mil piezas del servicio más admirable que hubiera salido jamás de las manufacturas de Sèvres.
Los invitados del Palacio Nuevo comenzaron entonces a dirigirse hacia las salas donde se serviría el banquete.
En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de regresar, se acercó rápidamente al oficial de los cazadores de la Guardia.
—¿Y bien? —le preguntó este con viveza, tal como había hecho la primera vez.
—Los telegramas ya no pasan de Tomsk, señor.
—¡Un correo, inmediatamente!
El oficial abandonó el gran salón y entró en una amplia estancia contigua. Era un gabinete de trabajo, amueblado con gran sencillez en roble viejo y situado en un ángulo del Palacio Nuevo. De las paredes colgaban algunos cuadros, entre ellos varios lienzos firmados por Horace Vernet.
El oficial abrió de golpe la ventana, como si le faltara oxígeno en los pulmones, y salió a respirar, en un amplio balcón, aquel aire puro que destilaba una hermosa noche de julio.
Ante sus ojos, bañada por los rayos de la luna, se dibujaba una fortaleza amurallada, en cuyo interior se alzaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal.
Alrededor de aquel recinto se distinguían tres ciudades distintas: Kitái-Gorod, Beloï-Gorod y Zemlianoï-Gorod, inmensos barrios europeos, tártaros o chinos, dominados por las torres, los campanarios, los minaretes y las cúpulas de trescientas iglesias, con sus verdes cúpulas coronadas por cruces de plata.
Un pequeño río, de curso sinuoso, reflejaba aquí y allá los rayos de la luna.
Todo aquel conjunto formaba un curioso mosaico de casas de colores diversos, engastado en un vasto marco de diez leguas.
Aquel río era el Moscova, aquella ciudad era Moscú, aquel recinto fortificado era el Kremlin, y el oficial de los cazadores de la Guardia que, con los brazos cruzados y el ceño pensativo, escuchaba vagamente el rumor que llegaba del Palacio Nuevo y se extendía sobre la antigua ciudad moscovita, era el zar.