MIGUEL STROGOFF PRIMERA PARTE #2
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PRIMERA PARTE #2

De aquellos dos hombres, uno era inglés y el otro francés; ambos, altos y delgados: este, moreno como los meridionales de Provenza; aquel, pelirrojo como un caballero de Lancashire.

El anglonormando, ceremonioso, frío, flemático, parco en movimientos y palabras, parecía hablar o gesticular únicamente al impulso de un resorte que actuaba a intervalos regulares.

Por el contrario, el galo-romano, vivaz, impetuoso, se expresaba a la vez con los labios, los ojos y las manos, empleando veinte maneras de dar a conocer su pensamiento, mientras que su interlocutor parecía no disponer más que de una sola, inmutablemente estereotipada en su cerebro.

Estas diferencias físicas habrían llamado fácilmente la atención del menos observador de los hombres; pero un fisonomista, al observar con cierta atención a aquellos dos extranjeros, habría determinado con claridad el contraste fisiológico que los caracterizaba, diciendo que, si el francés era «todo ojos», el inglés era «todo oídos».

En efecto, el aparato óptico del uno se había perfeccionado extraordinariamente con el uso.

La sensibilidad de su retina debía de ser tan instantánea como la de esos prestidigitadores capaces de reconocer una carta con solo un rápido movimiento al cortar la baraja, o simplemente por la disposición de una carta que para cualquier otro habría pasado inadvertida.

Aquel francés poseía, pues, en el más alto grado lo que se denomina «memoria visual».

El inglés, por el contrario, parecía especialmente constituido para escuchar y oír.

Cuando su aparato auditivo había sido impresionado por el sonido de una voz, ya no podía olvidarla, y diez o veinte años después la habría reconocido entre mil.

Sus orejas no tenían, ciertamente, la facultad de moverse como las de los animales provistos de grandes pabellones auditivos; pero, puesto que los sabios han constatado que los oídos humanos solo son «más o menos» inmóviles, habría sido lícito afirmar que los del susodicho inglés, al erguirse, retorcerse e inclinarse, parecían buscar los sonidos de una manera que un naturalista habría podido percibir a simple vista.

Conviene señalar que aquella perfección de la vista y del oído servía maravillosamente a ambos hombres en su profesión, pues el inglés era corresponsal del Daily-Telegraph, y el francés, corresponsal del....

De qué periódico o periódicos, no lo decía, y cuando se lo preguntaban, respondía jocosamente que mantenía correspondencia con «su prima Madeleine».

En el fondo, aquel francés, bajo su apariencia ligera, era muy perspicaz y muy sutil.

Aunque hablaba un poco a tontas y a locas, quizá para ocultar mejor su afán de averiguar cosas, jamás revelaba sus intenciones.

Su misma locuacidad le servía para guardar silencio, y quizá fuera más reservado, más discreto que su colega del Daily-Telegraph.

Y si ambos asistían a aquella fiesta, ofrecida en el Palacio Nuevo durante la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas y para mayor edificación de sus lectores.

Ni que decir tiene que aquellos dos hombres estaban apasionados por su misión en este mundo; les encantaba lanzarse como hurones tras la pista de las noticias más inesperadas, y nada los asustaba ni los hacía retroceder cuando se trataba de alcanzar su objetivo.

Poseían la imperturbable sangre fría y el auténtico valor de los profesionales.

Verdaderos jinetes de aquel steeple-chase, de aquella cacería de información, saltaban las vallas, cruzaban los ríos, franqueaban los obstáculos con el ardor incomparable de esos corredores de pura sangre que quieren llegar «los primeros» o morir.

Además, sus periódicos no les escatimaban el dinero, el elemento de información más seguro, rápido y perfecto que se conocía hasta entonces.

Hay que añadir también, en honor de ambos, que ni uno ni otro miraban ni escuchaban jamás por encima de los muros de la vida privada, y que solo intervenían cuando estaban en juego intereses políticos o sociales.

En una palabra, ejercían lo que desde hacía algunos años se llamaba «el gran reportaje político y militar».

Solo que, como se verá al seguirlos de cerca, la mayoría de las veces tenían una manera singular de considerar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, pues cada uno tenía «su manera particular» de verlos y valorarlos.

Pero, en fin, como se entregaban a su labor con todo empeño y no se escatimaban en ninguna circunstancia, habría sido de mala educación reprochárselo.

El corresponsal francés se llamaba Alcide Jolivet.

Harry Blount era el nombre del corresponsal inglés.

Acababan de encontrarse por primera vez en aquella fiesta del Palacio Nuevo, de la que se les había encargado informar para sus respectivos periódicos.

La disparidad de sus caracteres, unida a cierta rivalidad profesional, debía de hacerlos bastante poco simpáticos el uno al otro.

Sin embargo, no se evitaban y procuraban más bien tantearse mutuamente acerca de las noticias del día.

Al fin y al cabo, eran dos cazadores que cazaban en el mismo territorio, en las mismas reservas.

Lo que uno dejara escapar podía abatirlo ventajosamente el otro, y hasta su propio interés exigía que estuvieran al alcance de la vista y del oído del otro.

Aquella noche, pues, ambos estaban al acecho. En efecto, algo se respiraba en el ambiente.

«Aunque no sea más que un paso de patos —se decía Alcide Jolivet—, ¡bien merece un tiro!»

Así pues, los dos corresponsales se vieron llevados a conversar durante el baile, unos instantes después de la salida del general Kissoff, y lo hicieron tanteándose un poco.

—¡De verdad, señor, esta pequeña fiesta es encantadora! —dijo amablemente Alcide Jolivet, que creyó conveniente iniciar la conversación con aquella frase eminentemente francesa.

—Ya he telegrafiado: «¡Espléndida!» —respondió fríamente Harry Blount, empleando aquella palabra, especialmente consagrada para expresar la admiración de cualquier ciudadano del Reino Unido.

—Sin embargo —añadió Alcide Jolivet—, he creído conveniente señalar al mismo tiempo a mi prima....

—¿Su prima? —repitió Harry Blount con tono de sorpresa, interrumpiendo a su colega.