Capítulo Extra - El día que la vi por primera vez #2
—No estoy jugando. Solo quiero una noche, Richard. Una noche inolvidable. No soy de esas que buscan promesas ni cadenas, lo sabes.
Sentí un golpe en el pecho, una mezcla de ilusión y dolor. Porque mientras ella me dejaba claro que no quería pareja, yo ya me había rendido por completo.
—Una noche contigo no sería solo una noche —susurré, con la voz quebrada de sinceridad—. Sería el inicio de todo para mí.
Ella acarició mi mejilla con la yema de sus dedos, lenta, peligrosa.
—Entonces prepárate para perder, Benedetti… —dijo con un brillo retador en los ojos—. Porque yo no pienso dar más que eso.
La tensión se volvió insoportable. Cada palabra, cada roce, cada mirada era una hoguera. Y aun así, aunque ella me advirtiera que no quería nada más que una noche, yo sabía que iba a perseguirla, porque ya no podía volver atrás. Me había enamorado de Mika, y esa condena era la más dulce de todas.
La chispa en sus ojos era una invitación y una advertencia al mismo tiempo. No supe si retroceder o acercarme más, pero mi cuerpo decidió por mí: di un paso adelante, hasta que apenas un suspiro nos separaba.
—¿Por qué yo, Mika? —pregunté, intentando sonar firme, aunque mi voz temblaba—. Has tenido a medio mundo alrededor desde que éramos niños, y sin embargo, esta noche… me buscas a mí.
Ella ladeó la cabeza, jugando con un mechón de su cabello, como si disfrutara verme desarmado.
—Porque tú eres el único que siempre me ha mirado diferente —respondió, su tono suave pero cargado de intención—. No me miras como si fuera un desastre, ni como si fuera un juego… Tú me miras como si supieras que algún día iba a romperte en mil pedazos.
Me quedé sin aire. Era cierto. Desde niño había sabido que ella era mi debilidad.
—Y aun así estás aquí —añadí, casi con un hilo de voz.
Mika sonrió, esa sonrisa peligrosa que había marcado mi infancia.
—Porque quiero ver hasta dónde estás dispuesto a llegar por mí —susurró, inclinándose hacia mi oído—. Quiero saber si Richard Benedetti es tan valiente como presume.
Me estremecí al sentir su aliento en mi piel.
—No me provoques, Mika —dije con un suspiro contenido—. Sabes que no suelo perder.
—¿Ah, no? —se rio, apartándose apenas para mirarme a los ojos—. Pues conmigo vas a perder, Richard. Porque yo no juego a enamorarme… solo a quemar momentos.
—Eso dices ahora —repliqué, sintiendo cómo mi corazón latía a destiempo—. Pero te juro que esta noche… yo no voy a ser uno de tus recuerdos. Voy a ser lo que no puedas olvidar.
Ella soltó una carcajada suave, tan provocadora que me hizo apretar los puños.
—Eres un terco —dijo, tocándome el pecho con un dedo y dibujando un círculo lento sobre mi camisa—. Me gusta eso. Pero, ¿sabes qué? El terco siempre es el primero en caer.
Le tomé la mano, deteniendo ese juego en mi pecho, y nuestras miradas se encontraron con un brillo distinto, más serio.
—Ya caí, Mika —confesé sin reservas—. Caí la primera vez que entraste a mi casa con los zapatos llenos de lodo.
Ella parpadeó, sorprendida por mi sinceridad. Por un segundo, la máscara de seguridad se le resquebrajó, y vi algo más profundo en su mirada: una vulnerabilidad que ocultaba con chistes y sonrisas.
—No digas esas cosas… —susurró, apartando la vista como si temiera creerme.
—Las digo porque son verdad. —Me incliné hacia ella, bajando la voz—. Y porque no pienso dejarte escapar otra vez.
Mika me miró fijamente, sin apartarse esta vez. Su respiración se mezclaba con la mía, y en sus labios jugueteaba una sonrisa tensa, como si estuviera al borde de decidir si rendirse o escapar.
—Está bien —dijo al fin, con un brillo desafiante—. Una noche, Richard. Eso es lo único que te voy a dar. No pidas más.
Sonreí, sintiendo la victoria más amarga y más dulce al mismo tiempo.
—Una noche contigo… será suficiente para empezar —le respondí.
Y en ese instante, mientras el fuego de la chimenea iluminaba su rostro, comprendí que estaba perdido. Mika me había condenado desde niño, y esa noche iba a ser la prueba definitiva.
Mika me sostuvo la mirada, desafiante, como si esperara que retrocediera. Pero no lo hice.
—¿Una noche, eh? —le dije, con media sonrisa—. ¿Y piensas que voy a conformarme con tan poco?
—No es poco si sabes aprovecharlo —respondió, acercándose aún más hasta que nuestras frentes casi se tocaron.
Sentí el calor de su piel, el roce de sus labios a un suspiro de distancia. La tensión era insoportable, y no quise esperar más. La besé.
Al principio fue un choque de orgullo, de dos fuerzas que no querían ceder. Pero pronto se convirtió en un incendio. Sus labios se abrieron con un gemido contenido y mis manos se aferraron a su cintura, acercándola más, como si temiera que escapara.
—Richard… —susurró contra mi boca, empujándome levemente hacia atrás—. Esto no es amor, ¿lo entiendes?
La miré, con la respiración agitada.
—Dímelo otra vez —reté, con voz ronca.
Ella se mordió el labio inferior, con esa sonrisa peligrosa que me derribaba.
—Esto no es amor —repitió, aunque sus dedos ya se enredaban en mi camisa, desabrochando con torpeza los primeros botones—. Es deseo. Puro y simple.
Le tomé la mano, deteniendo su movimiento un instante.
—Tal vez para ti sea deseo… —susurré, acariciando su rostro—. Pero para mí, Mika, es el comienzo de todo.
No me contestó. Solo me besó con más fuerza, como si quisiera borrar mis palabras a golpes de pasión. Y yo lo permití, porque su manera de entregarse era tan honesta como sus advertencias.
El fuego de la chimenea iluminaba su silueta mientras mi chaqueta caía al suelo. Sus dedos ardientes recorrían mi espalda, y cada roce me hundía más en ese abismo donde ya no había marcha atrás.
—Quiero que lo recuerdes, Richard —murmuró contra mi oído, con la voz entrecortada por la intensidad—. Una sola noche… y nada más.
La levanté en brazos sin dejar de besarla, y ella rio entre jadeos, aferrándose a mi cuello.
—¿Siempre tan terco? —bromeó, con la respiración entrecortada.
—Siempre —le respondí, llevándola hacia el sofá junto a la chimenea—. Y esta noche voy a demostrarte que una sola noche conmigo no te bastará.
Ella arqueó una ceja, con esa chispa desafiante que me volvía loco.
—Eso lo veremos, Benedetti.
Y entonces, entre besos y caricias, nos dejamos caer juntos, perdidos en el calor del fuego y en el nuestro.
Cada palabra, cada roce, cada mirada fue una batalla y una rendición.
Y mientras sus labios reclamaban los míos con hambre, yo comprendí que, aunque ella insistiera en llamarlo deseo, para mí era la condena más dulce: me estaba enamorando perdidamente de Mika, sin remedio y sin retorno.
Abrí los ojos con la luz tenue de la chimenea apagándose. La sala estaba en silencio, el sofá frío a mi lado. Extendí la mano buscando su piel, pero solo encontré el vacío.
—Mika… —murmuré, incorporándome.
Nada.
Me levanté de golpe, recogiendo mi chaqueta del suelo. Caminé por el pasillo del castillo, revisé cada rincón como un tonto, convencido de que se había escondido para hacerme rabiar. Pero no. No estaba.
La encontré solo en el eco de mi memoria: su risa, sus labios, el calor de su cuerpo junto al mío.
Un par de horas después, con el amanecer colándose por las ventanas altas del castillo, marqué el número de Noah. Contestó con la voz cargada de sueño y un poco de molestia.
—¿Qué pasa, Richard? —dijo desde el otro lado de la línea.
—¿Dónde están? —pregunté directo, apretando la mandíbula.
Hubo un silencio breve antes de que respondiera.
—Ya nos fuimos. Yo estoy en New Jersey con Mónica, Jeremy y Sara… pero Mika y Cale regresaron a Denver, con la familia de su mamá. Tenían que terminar el año escolar allá.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y no pensaron en avisar?
Noah suspiró.
—Tú sabes cómo es Mika. No se despide.
Me dejé caer en la cama del cuarto, sosteniendo el teléfono contra mi oído.
—No, Noah. Yo la conozco demasiado bien.
No tardé en decidirme. Si estaba en Denver, allá iba yo. Tomé el primer vuelo disponible y, al llegar, el aire de la ciudad me recibió con una mezcla de frío y un peso extraño, como si estuviera entrando en territorio enemigo.
El barrio donde vivía con su familia materna era un contraste brutal con el caos libre que ella desprendía. Una casa impecable, cortinas blancas, un crucifijo enorme en la sala de estar. El ambiente olía a incienso y a normas estrictas.
Cuando la vi salir, con uniforme escolar y la mirada baja, comprendí lo que pasaba. Esa casa estaba diseñada para apagarla.
Me acerqué, ignorando las miradas de los vecinos.
—Mika —la llamé, con voz firme.
Ella levantó la cabeza, sorprendida. Por un instante, en sus ojos brilló el recuerdo de la noche anterior. Pero enseguida se cerró en sí misma.
—¿Qué haces aquí, Richard? —preguntó, cruzándose de brazos.
—Vine por ti. —Di un paso más cerca—. No pienso dejar que desaparezcas de mi vida como si nada.
Ella soltó una risa nerviosa, mirando alrededor, como si temiera que alguien los viera.