Mierda, me enamoré de ti Capítulo Extra - El día que la vi por primera vez
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Capítulo Extra - El día que la vi por primera vez

Richard Benedetti

Nunca olvidaré ese día. Yo tenía apenas diez años y ya empezaba a creer que lo entendía todo de la vida: los regaños de mamá, la disciplina de papá, la seriedad de Noah que siempre parecía más adulto de lo que era. Todo era ordenado, predecible, hasta que apareció ella.

Mika.

La recuerdo entrando como si la casa fuera suya, con los zapatos llenos de lodo y la sonrisa más descarada que jamás había visto. Nadie la detuvo; ni los regaños de las tías ni la mirada de papá pudieron con esa niña que parecía un torbellino de verano.

—¿Quién es esa? —pregunté bajito, jalando la manga de Noah.

—Es Mika… —contestó él con desdén—. No la soporto, siempre se mete en problemas.

No la soportaba, pero yo no podía apartar los ojos de ella.

Su risa era ruidosa, contagiosa, casi insolente. Saltó sobre el sofá como si fuera un trampolín, hizo rodar un cojín y, en cuestión de segundos, convirtió la sala en un campo de batalla improvisado. Yo no sabía si admirarla o asustarme. Lo único que entendí fue que ese caos tenía algo hipnótico.

Me acerqué con la excusa más tonta.

—Oye, ¿y tú siempre entras a las casas ajenas como si fueran tuyas? —le solté, medio serio, medio curioso.

Ella me miró con descaro, arqueando una ceja que parecía demasiado expresiva para una niña de su edad.

—¿Y tú siempre eres tan mandón aunque nadie te haya dado permiso? —me devolvió la frase, con una sonrisita pícara.

Sentí un golpe extraño en el pecho. No era miedo, no era enojo. Era como si alguien me hubiera dado un empujón hacia adelante y, de repente, supiera que ya no había vuelta atrás.

—Vas a volver loco a mi hermano —dije, señalando a Noah, que ya bufaba con fastidio.

—Ese es el plan —rio Mika, dejando escapar una carcajada que llenó todo el lugar.

Y entonces lo supe. Que ese torbellino iba a ser la perdición de mi hermano, sí… pero también mi propio secreto. Porque aunque nunca lo admitiría en voz alta, en ese instante me enamoré a primera vista de ella.

No fue un enamoramiento dulce ni de cuentos. Fue algo más salvaje, más peligroso, como el presentimiento de que la vida iba a ponerse de cabeza, y yo no podía esperar a verlo.

Me quedé mirándola mientras seguía destrozando el orden de la sala con la naturalidad de quien no conoce los límites. Noah cruzó los brazos, visiblemente irritado, y soltó un resoplido.

—¿Puedes dejar de hacer ruido? —le dijo con voz de mando, como si fuera el dueño de la casa.

Mika se detuvo un segundo, giró hacia él y ladeó la cabeza con descaro.

—¿Y tú quién eres para mandarme? ¿El papá?

Yo solté una carcajada ahogada, porque la cara de mi hermano era digna de un retrato. Noah, a sus ocho años, ya tenía esa rigidez de adulto en miniatura.

—Soy Noah, y esta es mi casa. —Señaló alrededor con aire de superioridad.

—Pues yo soy Mika, y ahora también es mi casa —contestó ella, lanzándose de nuevo sobre el sofá, dejando que sus coletas rebotaran mientras reía como si no existiera nadie más en el mundo.

—¡No lo es! —gritó Noah, rojo de la rabia.

Me acerqué más, cruzándome de brazos como si fuera juez de esa discusión improvisada.

—Noah, tranquilo… —le dije, aunque por dentro disfrutaba la escena—. Se ve que ella puede hacer lo que quiera.

—¡Tú cállate, Richard! —me fulminó con la mirada.

Mika me señaló con el dedo, sonriendo victoriosa.

—Me caes bien, Richard. Tú sí entiendes cómo funcionan las cosas.

—¿Y cómo funcionan? —pregunté, curioso.

—Fácil —dijo, encogiéndose de hombros—. Si no te diviertes, ¿para qué estás vivo?

Noah se llevó la mano a la frente como si le pesara el mundo entero.

—Eres insoportable, Mika. No entiendo por qué vienes aquí.

Ella dio un brinco y quedó frente a él, demasiado cerca para la paciencia de mi hermano.

—Porque me gusta ver cómo te enojas. Pones una cara muy chistosa —le dijo, estirándole una mejilla con sus dedos pequeños.

Noah la apartó de un manotazo suave, pero estaba más rojo que un tomate. Yo no sabía si reírme o sentir pena por él. Lo único que sabía era que algo en esa niña era diferente. Un brillo en los ojos, un aire de libertad que no se podía domesticar.

Me mordí el labio, tratando de disimular lo que sentía. Y pensé, sin atreverme a decirlo: si este es el tipo de mujer que vuelve loco a mi hermano… entonces también es el tipo de mujer que me va a perseguir a mí para siempre.

Todavía tenía presente la risa de aquella niña que convirtió mi sala en un campo de batalla. Esa imagen, guardada desde mis diez años, volvió como un latido inesperado cuando crucé las puertas del castillo Benedetti en pleno invierno.

La nieve cubría los jardines como un manto interminable y el aire helado se mezclaba con el calor acogedor del interior.

Noah, con sus diecisiete años recién cumplidos, caminaba cabizbajo a mi lado.

Era un joven alto, ya con ese porte de hombre que buscaba ganarle la carrera al tiempo, pero la tristeza seguía marcándole los ojos.

Leah lo había destrozado. Y aunque nunca lo admitiría frente a los demás, yo sabía que su corazón seguía sangrando en silencio.

—Tienes que dejarla atrás, Noah —le dije en voz baja mientras subíamos los escalones de mármol—. Stanford te espera, y créeme, hay un mundo entero de chicas dispuestas a curarte ese vacío.

Él me miró de reojo, sin responder. Sus manos en los bolsillos parecían aferrarse a lo poco que le quedaba de fuerza. Jeremy y Mónica entraron detrás de nosotros, riéndose de alguna broma interna, como si fueran inmunes al peso de los dramas ajenos.

Y entonces la vi.

Mika.

Descendía la escalera principal como si fuera la dueña del castillo, con un abrigo blanco que contrastaba con su cabello oscuro.

Tenía diecisiete años, la misma edad que Noah, pero lo que me golpeó fue la diferencia.

Ya no era la niña que saltaba sobre sofás ni la que llenaba la sala de mi casa con lodo y carcajadas.

Ahora era una mujer en construcción: segura, chispeante, con una belleza feroz que parecía anunciar tormentas.

Me quedé quieto, congelado en medio del salón, mientras Noah murmuraba algo que no escuché.

—Miren a los Benedetti… —dijo ella al vernos, con esa voz que aún guardaba el descaro de antaño pero ahora más grave, más definida—. Ya hasta parecen caballeros de verdad.

Jeremy soltó una carcajada inmediata.

—¿Y tú? —le respondió, arqueando una ceja—. Yo recuerdo a una niña que casi incendia un sofá.

—No cantes victoria —contestó Mika con picardía—. Si me dejan sola cinco minutos, todavía puedo hacerlo.

El grupo rio, incluso Mónica, aunque Noah no parecía inmutarse. Sus ojos estaban puestos en otra figura que apareció tras Mika: Sara. Ella entró cargando unos libros, con su cabello suelto y una calma natural que contrastaba con todo el ruido del lugar.

—Hola, Noah —dijo con dulzura, clavando sus ojos en él.

Él se tensó al escuchar su nombre, pero fue la primera vez en semanas que vi a mi hermano sonreír, aunque fuera apenas una mueca leve. Mika notó el gesto y me lanzó una mirada rápida, llena de malicia.

Se acercó a mí, inclinándose con esa confianza peligrosa.

—Parece que alguien encontró medicina para su corazón roto… —susurró con voz divertida.

Yo la observé de reojo. Esa cercanía me devolvió al recuerdo de mis diez años, a esa primera vez en que entendí lo que significaba que alguien te sacudiera el mundo con solo existir.

—Y parece que tú sigues siendo el mismo caos de siempre —le respondí, en voz baja.

Ella sonrió, con la misma chispa de niña, pero ahora encarnada en un cuerpo y una presencia que me resultaban irresistibles.

—¿Y tú sigues siendo el mismo niño que se enamoró a primera vista?

El corazón me dio un vuelco. Y no tuve el valor de contestar.

Las risas de Jeremy y Mónica aún resonaban en el pasillo cuando todos se fueron a sus habitaciones.

Cale, con su silencio habitual, los despidió con un gesto breve antes de perderse en la penumbra del ala este del castillo.

El aire olía a madera antigua y a vino recién servido; la fiesta en la fraternidad había sido el desahogo que Noah necesitaba, y Sarah no lo dejó ni un segundo, protegiendo con palabras suaves ese corazón herido.

Yo debería haberme ido a dormir. Debería haber seguido la rutina que todos siguieron. Pero entonces la vi.

Mika se escabulló hacia una sala lateral, apenas iluminada por el fuego de una chimenea encendida. Cerró la puerta sin mirar atrás, como si me estuviera esperando. Y sin pensarlo dos veces, la seguí.

—¿Qué haces aquí sola? —pregunté al entrar, dejando que la puerta se cerrara tras de mí.

Ella estaba junto a la chimenea, quitándose lentamente el abrigo blanco que había llevado toda la tarde. Sus movimientos eran lentos, casi teatrales, como si supiera que yo no podía apartar la mirada.

—Pensé que nadie me iba a seguir —respondió con una media sonrisa—. Aunque contigo… siempre es distinto.

Me acerqué un poco, sintiendo el calor del fuego mezclarse con el calor que me provocaba verla así.

—Siempre has sabido cómo llamar mi atención —confesé.

Ella rio suavemente, con esa risa que me perseguía desde que éramos niños. Solo que ahora no sonaba a travesura: sonaba a desafío.

—¿Tu atención? —repitió, levantando la vista hacia mí—. No, Richard… lo que siempre he querido es provocar lo que estás sintiendo ahora mismo.

Tragué saliva. Ella avanzó un paso, acortando la distancia entre nosotros.

—¿Y qué estoy sintiendo? —pregunté, aunque mi voz traicionaba que ya lo sabía.

Mika inclinó la cabeza, tan cerca que podía ver el reflejo de las llamas en sus ojos oscuros.

—Deseo —susurró, sin rodeos—. Y lo peor es que no vas a hacer nada por detenerlo.

Me quedé en silencio, atrapado entre el orgullo de no ceder tan rápido y la verdad de que ella tenía razón. Desde esa primera vez en que la vi saltar en mi sofá, había sabido que Mika iba a ser mi condena. Y ahora, con diecisiete años, lo confirmaba.

—No juegues conmigo —dije al fin, casi en un ruego.

Ella sonrió con descaro, como si acabara de ganar una partida invisible.