Mierda, me enamoré de ti Capítulo Extra - El día que la vi por primera vez #3
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Capítulo Extra - El día que la vi por primera vez #3

—¿Estás loco? Mi familia no tolera ni que llegue tarde de la escuela. Si me ven hablando contigo, me van a encerrar en un convento.

Me acerqué un poco más, bajando la voz.

—Que lo hagan. Que intenten lo que quieran. Yo no me canso de decirte lo mismo: me gustas, Mika. Desde siempre.

Ella apretó los labios, intentando aparentar dureza.

—No entiendes… —susurró—. Aquí no soy yo, Richard. Aquí soy lo que ellos quieren que sea. Y eso significa que no puedo estar contigo.

—Pues aprende esto —repliqué, mirándola directo a los ojos—: yo no quiero a la Mika que ellos inventaron. Yo quiero a la Mika que se rio en mi sofá a los diez años, la que incendió la fiesta en Italia, la que me volvió loco frente a una chimenea. Esa eres tú, y no voy a dejar de recordártelo.

Ella bajó la mirada, con los puños cerrados.

—¿Por qué eres tan terco? —preguntó en un murmullo.

—Porque me enamoré de ti —contesté sin rodeos—. Y no pienso soltar esa verdad aunque tú la niegues.

Por un segundo, vi sus ojos humedecerse. Pero enseguida dio media vuelta, alejándose hacia la puerta de la casa.

—Una noche, Richard —dijo sin mirarme—. Te lo advertí.

La vi desaparecer detrás de esa puerta, sabiendo que sus palabras eran un muro… pero también que sus ojos me habían dicho otra cosa.

Y mientras me quedaba solo en la calle, con el corazón ardiendo, supe que esa sería mi batalla: perseguirla una y otra vez, aunque el mundo entero me gritara que renunciara.

No me rendí. Aunque me cerrara la puerta en la cara, aunque me dijera que fue solo una noche, yo seguí buscándola. Denver se convirtió en un laberinto de excusas y escondites donde Mika y yo éramos cómplices silenciosos de algo que nadie debía descubrir.

A veces era en los pasillos de la escuela, donde fingía ignorarme frente a todos, pero me dejaba una nota doblada en mi bolsillo: “Medianoche. El parque viejo.” Otras veces eran escapadas nocturnas, donde nos encontrábamos a escondidas, ella con la adrenalina brillando en sus ojos y yo con el corazón dispuesto a entregarse más cada vez.

—Estás loco, Richard —me dijo una noche mientras subíamos a la azotea de un edificio viejo, riendo entre susurros—. Si mi familia supiera que estoy aquí contigo, me entierran viva.

—Que me entierren a mí también —respondí, tomándola de la mano—. Porque si esto es locura, quiero enloquecer a tu lado.

Ella se rio, esa risa libre que era su verdadera esencia. Pero después, siempre después, se ponía seria y me apartaba con suavidad.

—No te ilusiones. Yo no nací para enamorarme.

—Entonces invéntate otra razón para verme cada noche —le contestaba—, porque yo no pienso dejar de buscarte.

Todo parecía un juego prohibido hasta que llegó la noticia que partió todo en dos. La madre de Mika se había quitado la vida. Nadie entendía el porqué, nadie encontró una nota. Solo silencio, murmullos y un funeral lleno de lágrimas.

Recuerdo verla de lejos, con Cale a su lado, rígida como una estatua mientras los demás lloraban desconsolados. No derramó una lágrima. Su mirada estaba perdida, rota, y yo lo supe: estaba conteniendo un dolor que ningún abrazo podía aliviar.

Cuando logré acercarme, al salir del cementerio, ella me miró con esa dureza que usaba como armadura.

—No me sigas, Richard —dijo, con voz firme.

—No me pidas eso —le respondí, acercándome un paso—. ¿Por qué te empeñas en alejarme?

Ella tragó saliva, y por primera vez vi que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Porque mi padre la mató. —Su voz se quebró, pero no bajó el tono—. Tal vez no con un arma, pero fue su culpa. Sus engaños, sus golpes, sus palabras. Todo eso la empujó al suicidio.

Yo la escuché sin interrumpirla, sintiendo cómo me desgarraba cada palabra.

—Y yo no pienso repetir la historia —continuó, con la rabia contenida—. No voy a enamorarme de un hombre para terminar como ella. Prefiero ser libre, aunque sola, antes que acabar rota.

Me dolió, porque en su rechazo había verdad, miedo y heridas que yo no podía sanar. Pero aun así, no me moví.

—No soy tu padre —le dije, con voz temblorosa pero decidida—. Y no pienso hacerte daño. Mika, te juro que si hace falta me paso la vida entera demostrándotelo.

Ella negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

—No lo entiendes… —susurró—. No quiero necesitar a nadie.

—Pues quédate con tu libertad —repliqué, con lágrimas ardiéndome en los ojos—. Pero entiende esto: yo no voy a renunciar.

Hubo un silencio pesado entre nosotros, roto solo por su respiración agitada. Al final, se dio la vuelta y se fue, caminando rápido hacia donde la esperaba Cale.

La vi alejarse, con el viento levantando su abrigo negro, como si fuera un espectro escapando de mi alcance. Y en ese instante, apreté los puños y lo juré en silencio:

Voy a perseguirte siempre, Mika. Aunque me cierres las puertas, aunque me odies por insistir. Porque te amo, y no pienso rendirme hasta que cedas.

Ese fue el día en que entendí que nuestra historia apenas estaba comenzando, y que sería tan caótica y dolorosa como la risa de esa niña que un día me robó el corazón para no devolverlo nunca.