SINSERIDAD DE MIERDA #3
El fuego crepitaba, lanzando chispas que parecían pequeñas estrellas fugaces. El lago estaba inmóvil, como si escuchara todo lo que pasaba junto a él.
Richard, como no podía ser de otra forma, se frotó las manos con esa sonrisa que anunciaba travesura.
—Bueno, bueno... esto está demasiado tranquilo para mi gusto. ¿Qué tal si contamos historias de terror?
El grupo reaccionó como era de esperarse: Jeremy y Mónica se rieron, Cale negó con la cabeza, resignado, y yo... yo sentí ese escalofrío.
—¿Terror? ¿En serio, Richard? ¿Otra vez con eso?
Las risas explotaron. Mika se abrazó las rodillas.
—Yo paso. Sabes que odio esas cosas.
Richard no perdió la oportunidad.
—¡Pero si son los dos más miedosos! ¡Noah y Mika, la pareja del susto!
Todos rieron. Yo lo miré con esa mirada de ya verás.
Richard, siempre buscando su momento, se inclinó hacia Mika en un intento de acercamiento disimulado, pero claro, con Cale a su lado no había modo de disimular nada. Cale lo observaba como guardián, sin perder detalle.
Entonces se me ocurrió. La venganza perfecta.
Me incliné hacia el fuego, avivé las llamas con un tronco, y con voz tranquila, solté:
—Por cierto... ¿les conté lo que pasó entre Richard y Mika en el otro castillo?
El silencio fue inmediato. Mika se puso roja como las brasas.
—¡Noah!
Richard tartamudeó, elocuente por primera vez en su vida.
—Yo... eso...
Cale lo miró, los ojos entrecerrados, como un lobo a punto de saltar.
—¿Qué cosa, Richard?
Richard levantó las manos.
—¡Noah es un exagerado! ¡No pasó nada! ¡Nada... relevante!
Las carcajadas llenaron la noche. El hielo se rompió. Lo que la pelea había congelado, el fuego y las bromas lo derritieron.
Jeremy y Mónica volvieron a ser los tortolitos, abrazados, sonriéndose, compartiendo miradas que solo ellos entendían.
Mika, atrapada entre Richard y Cale, intentaba mantener el equilibrio mientras Cale hacía sutiles maniobras para poner distancia entre ella y Richard, sin éxito.
Yo, por fin, me acerqué a Sara.
—No pienso volver a dejar que alguien como Leah rompa lo que tenemos. Nunca más.
Ella me miró, y en su mirada estaba el perdón, la promesa, el amor. Nuestras manos se encontraron, los labios también, y los besos fueron el idioma de la noche.
Entonces Richard, como buen caos andante, alzó la vista y se quedó quieto.
—Chicos... miren el cielo.
Alzamos la cabeza. Estrellas fugaces cruzaban el firmamento, dejando estelas de luz que parecían pintar deseos.
—Pidan un deseo —dijo Richard, esta vez con la voz baja, casi reverente—. Y no lo digan. Que se cumpla en silencio.
El fuego, el lago, las estrellas... todo parecía en paz. Y en ese momento, el grupo que había estado a punto de romperse, se volvió a sentir como lo que siempre fue: familia.
El fuego del lago se apagó lentamente, dejando solo un aroma a leña quemada y el reflejo de las brasas en el lago quieto. Entre risas apagadas y cansancio, nos aseguramos de no dejar ni una chispa encendida. Richard, por una vez sensato, dijo:
—Nada de incendios forestales, chicos. No quiero terminar nuestras vacaciones en las noticias.
De regreso al castillo, cada uno tomó su camino. Pero no todos iban directo a dormir.
Yo vi, con estos ojos que se han de comer la tierra, cómo Richard y Mika se rezagaban, desviándose al pasillo que conducía a las habitaciones más alejadas. Las miradas, las sonrisas cómplices, las manos que se rozaban como si nadie los viera... pero yo los vi.
—Vaya... —pensé, con media sonrisa amarga—. El secreto de la noche.
Cale, tranquilo, creyendo que todo estaba en orden, caminó hacia su cuarto con aire de esta vez sí duermo en paz.
—Al menos hoy tengo la habitación para mí solo —se dijo a sí mismo.
Pero la noche guardaba sus propios secretos.
Richard y Mika
(El encuentro en la habitación)
La puerta se cerró tras ellos, y el silencio fue cómplice.
Richard se giró hacia Mika, los ojos más serios de lo habitual.
—Lo del otro castillo... fue un caos. Estábamos borrachos. No quiero eso esta vez. Esta vez quiero que sea real.
Mika, con el corazón latiendo en los ojos, respondió:
—Entonces haz que lo sea.
Y lo que siguió fue la verdad desnuda de dos que ya no querían esconderse de lo que sentían.
Noah y Sara (El reencuentro del alma)
Yo no podía dejar que la noche terminara así. No sin ella. Caminé hasta su habitación, toqué la puerta como quien toca un secreto.
—Sara... no dejes que esto termine así. No hoy. No después de todo.
La puerta se abrió. Sus ojos, cansados, dolidos, pero aún llenos de esa luz que era mi hogar.
Nos sentamos juntos, el silencio primero, luego las palabras.
Hablamos de nosotros, de cómo éramos en secundaria, de cómo habíamos crecido, cambiado, madurado.
El futuro se coló en la conversación.
—Y después de las vacaciones, el último partido. Las universidades... —dijo ella, su voz un hilo entre emoción y miedo.
—Quiero Stanford —le confesé, dejando el sueño salir de mi pecho—. Lo sé, es lejos. Pero es lo que deseo.
Ella sonrió, esa sonrisa que me hacía creer en los imposibles.
—Entonces será Stanford. Y yo estaré contigo, aunque sea desde lejos.
El beso fue promesa. El abrazo, refugio.